Por Lucas Rodríguez
4 febrero, 2019

Estudios recientes dicen que el segundo hijo pone demasiada presión sobre los padres. Parece que hay que empezar a prestar más atención a las amenazas de los hermanos mayores.

Levanten las manos todos los que son hermanos mayores. Fuimos los primeros en todo. El hijo con el que los padres aprendieron a criar seres humanos, el que tuvo que vivir los comienzos de sus carreras y cuando aun sentían la necesidad por salir de fiesta. 

Luego cuando llegó nuestro primer hermano, era imposible evitar la envidia. Los padres ya sabían qué hacer, cómo reaccionar, tenían más recursos y el agote por criarte a ti ya había terminado por extinguir su gusto por el trasnoche. Ese pequeño usurpador siempre lo tuvo más fácil. 

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Pero como siempre lo ha hecho, la ciencia está acá para devolver la balanza a un punto de estabilidad fraterna. Estudios novedosos realizados en Australia en baso a datos recopilados por el gobierno, siguió la salud mental de 20 mil adultos durante 16 años. No poco tiempo ni poca gente.

Los resultados encontraron una clara tendencia: los padres que tienen un segundo hijo, ven su salud mental afectada negativamente casi por regla. Al tener el primero hijo, en cambio, la felicidad y cambios cerebrales son más positivos, a pesar de que el cuerpo se ve expuesto a requerimientos y esfuerzos para los que no estaba acostumbrado. 

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Los efectos negativos se deberían a que los padres pondrían mucho esfuerzo y dedicación en criar a los hijos, lo que genera una cantidad enorme de stress (aun más si es que eres un persona inteligente que entiende todo lo que importa la crianza en el adulto que estás criando). El problema es que un segundo hijo dispara este mismo stress hacia las nubes, lo que no sería positivo para ningún cerebro, sin importar el instinto maternal que tengan.

El otro detalle es que este stress excesivo tiende a afectar mucho más a las mujeres que a los hombres. El mismo estudio señaló que esto tendría que ver más con la repartición de tareas: las mujeres tinden a hacerse cargo de la mayoría de las necesidades de los hijos. La solución a esto es simplemente empezar  dividir mejor las tareas hogareñas. 

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En conclusión, la clave para una vida familiar estable y poco dañina es la comunicación y el respeto.

 

 

 

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