¡Cualquiera se habría enojado!

El 21 de Junio de 1982, nació el Príncipe William, el esperado hijo de Carlos y Diana. Era el primer heredero y apenas comenzó a crecer, su padre admitió una cosa: quería que el segundo bebé fuese una niña… ese era su mayor deseo. Y no creo que esté haciendo ningún “spoiler” al mencionar esto enseguida… pero ya todos sabemos que las cosas no resultaron como él quiso.

En septiembre de 1983 Diana volvió a quedar embarazada, pero tristemente, perdió al bebé. Deseaban otro hijo con todo su corazón, y finalmente, en 1984, se enteraron de que nuevamente estaban esperando un pequeño.

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El 15 de septiembre del siguiente año, llegó el día. Ante el deseo de Carlos -y la clara noticia de que no se cumpliría- Diana prefirió mantener el secreto, sin decirle que sexo tendría su hijo.

Luego de nueve horas de parto sin anestesia, nació Harry. Y apenas Carlos lo vio, lanzó una broma que para muchos es graciosa, pero que a Diana, en su momento, no pareció causarle tanta risa.

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Cuando se encontró frente al pequeño, exclamó: ¡Oh Dios, es un niño!, para cerrar la frase con un: “¡y más encima tenía que tener el pelo rojo!”.

Lo que para él fue una inocente broma, para Diana fue casi un insulto, pues tanto su hermana mayor como su hermano pequeño eran pelirrojos, y por eso lo sintió casi como una ofensa a su familia.

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Okey, puede haber estado exagerando en ese momento, pero hay que entender que tras tantas horas de parto, nadie puede estar de buen humor.

Pero luego, independiente del humor de Diana, el chiste comenzó a perder su gracia ya que Carlos no dejaba de repetir: “estamos decepcionados, pensamos que sería una niña”.

Y si bien ese no fue el motivo de la separación de la pareja real, sí pasó justo en el momento en el que todo comenzó a decantar poco a poco. Antes del nacimiento de Harry, estuvieron muy unidos… pero luego, casi instantáneamente luego del parto, comenzaron a alejarse. Diana admitió que se encerró en ella misma, y que sabía que Carlos había regresado con su amante, Camilla Parker.

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Sí, el nacimiento de Harry fue de todo menos tranquilo… igual como su personalidad, ¿no?