Por Lucas Rodríguez
22 noviembre, 2019

No era solo tu oficina la que estaba llena de personas que se deberían ir a lavar la boca con jabón.

Una de las costumbres más extrañas que hemos adoptado en este siglo, es la de reunir gente en un espacio iluminado con luces artificiales, repleto de cubículos y con computadores demandando nuestra atención durante la mayor parte del día. Juntar todo tipo de personas, muchas veces con personalidades muy distintas, a veces incluso incompatibles unas con otras, en un espacio reducido, no suena a una muy buena idea en el papel. Pero así se ha esparcido. A eso ya nos hemos acostumbrado.

Pero esto no significa que las personas hayamos aprendido a convivir como se debe en un espacio tan antinatural como una oficina. Todos tenemos a uno o más compañeros de oficina con un temperamento algo delicado. Es es que todos saben es mejor dejarlo tranquilo. Aunque en muchos casos, por mucho que se intenté esto, a veces son imposibles de ignorar. Me refiero a ese que expresa su rabia de maneras muy públicas y notorias.

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El furioso es una personaje clásico de las oficinas. Mientras que la mayoría de nosotros intentamos cumplir con nuestros trabajos en las metas que nos designaron, sin que se note demasiado que quizás no estamos del todo satisfechos, esa persona no tiene respeto por el ambiente. Simplemente, va a comenzar a gritar insultos apenas el computador se demore un segundo extra en abrirle una planilla de Excel o mandar un correo electrónico.

La ciencia no piensa muy distinto. Un estudio de 4com señala que las personas que trabajan en una oficina, dicen por lo menos 55 palabrotas a la semana. Teniendo en cuenta que son palabras que el resto debe oír, estamos hablando de un océano de mal vocabulario, vertido sobre un espacio reducido, y a veces, algo sometido a la presión.

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Por supuesto que hay personas que dicen más que otras, al mismo tiempo que algunos son más ruidosos que otros. Pero el promedio no miente: 55 divido en 7, nos deja en un promedio de casi ocho palabrotas al día. No sabemos si los dejáramos trabajar desde la casa usarían el mismo vocabulario. Aunque tampoco podemos decir lo contrario: las presiones de una oficina pueden fácilmente ser reemplazadas por los problemas domésticos, entre los que incluyo al gato paseándose sobre el teclado y borrando meses de trabajo con una pata apoyada sobre la tecla delete. 

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No es fácil convivir con el resto de las personas. Menos aun en un espacio pequeño y mal iluminado.

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