Por Hugo Moreno
19 mayo, 2018

Por mucho tiempo dio la impresión que la suegra de Harry no tendría mucha cabida ni protagonismo en la boda de su hija.

No cabe duda que para una madre la boda de su hija es uno de los momentos más importantes de su vida. Por eso las lágrimas de Doria Ragland durante la ceremonia que unió para siempre (o eso esperamos) a su hija Meghan Markle con el príncipe Harry no debiesen extrañar demasiado. Pero si a la emoción natural, le sumamos los conflictos que la familia Markle protagonizó durante las últimas semanas, las críticas de la prensa y la opinión pública hacia su familia, y el hecho de que finalmente Meghan llegaría sola al altar, todo se torna bastante más complicado.

Y si no me creen, miren la cara de esta madre esperando a que su hija haga ingreso a la capilla St.George. ¿Emocionada? Sí ¿Compungida? Yo diría que también.

Y aquí otra, donde la vemos absolutamente sola:

Luego vino el momento donde los novios tomaron el absoluto protagonismo y Doria dejó caer más de un par de lágrimas. Pero éstas parecían ser cada vez más de felicidad:

Pero aún todo seguía bastante fracturado entre la suegra de Harry y la familia Real. Pero en ese momento el príncipe Carlos decidió demostrar que Doria Ragland, de 61 años, había sido oficialmente aceptada en su nueva familia. Suena raro, sí, pero finalmente esto ocurre en todas la familias. ¿O a nadie le pasó sentirse aparte del círculo íntimo del novio o novia? 

Primero le tomó la mano:

Luego caminaron, junto con Camilla Parker, señora de Carlos (la segunda tras Lady Di), hacia fuera de la capilla, donde Doria se encontraría por fin con su hija:

Aquí con Meghan. Y sin lágrimas (o las últimas de alegría). Con todos los temores vividos durante una intensa semana olvidados. Como corresponde. Como la suegra de Harry, nuera de Carlos y amiga de la Reina.

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