Por Andrés Cortés
18 diciembre, 2017

“Los niños LGBT necesitan padres como él. Si no tenemos eso, es más probable que suframos”, cuenta.

Siempre me sentí incómoda con mi padre. Yo no era como los otros hijos; era femenina, introvertida, y muchas veces mis relaciones eran con hombres. Cuando era pequeña era fácil convivir con él, pero conforme crecí, fue más difícil conectar como padre e hijo“, así comienza el testimonio de Diana Tourjée, una mujer transexual que cuenta cómo fue vivir en un cuerpo equívoco durante muchos años hasta que su padre se convirtió en un pilar luego de su transición.

A pesar de que nos encontramos en el término del 2017, año en donde mundialmente se han conseguido múltiples avances en materia LGBT+, aún existe discriminación hacia las personas homosexuales, transexuales o con una identidad de género que dista de la conocida heterosexualidad.

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Aunque mucha personas aún no lo entiendan, ser homosexual o ser trasgénero o transexual no es una opción que las personas escogen de manera deliberada. Sus gustos y orientación sexual y aunque aún al día de hoy algunas personas ofrecen “curas” para estos “males”, no hay nada más alejado de la realidad, pues no hay nada que curar. Ni tampoco hay un mal.

El único mal que existe en torno a todas iniciales que componen la sigla LGBT+, somos nosotros mismos, la sociedad que no los comprende con naturalidad y los critica sin saber por lo que han pasado. El relato de Diana Tourjée solo rectifica estas palabras.

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Siempre me sentí incómoda con mi padre. Yo no era como los otros hijos; era femenina, introvertida, y muchas veces mis relaciones eran con hombres. Cuando era pequeña era fácil convivir con él, pero conforme crecí, fue más difícil conectar como padre e hijo.

Cuando iba en quinto grado, los niños de mi salón empezaron a llamarme mariquita. Le pregunté a mi hermano qué significaba, y ahí fue que entendí que era gay. Mis compañeros se dieron cuenta antes que yo por mi manera de caminar, hablar, y vestirme. En este punto de mi vida fue que empecé a cambiar de ser una persona feliz a una adolescente que sufría de bullying de depresión.

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Nunca dije nada porque me daba pena, pero mis padres no se resistieron cuando les dije que me había unido a la Gay- Straight Alliance (Alianza Gay- Heterosexual) de mi escuela, y me dejaron ir sin problema a mi primera Marcha del Orgullo Gay cuando tenía 13. No fue necesario salir del clóset, ellos claramente me aceptaban.

Sin embargo, el mundo exterior, fue menos generoso.

Me acuerdo muy bien de un acontecimiento en particular: cuando tenía 14 años, una niñita me preguntó si era niño o niña. Sin pensar, le dije que era niña. Me gritó, “¡claro que no! y se echó a correr. Era muy común que me pasaran cosas así, pero que me pasara seguido no significa que fuera menos cruel.

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Casi terminando la preparatoria, me salí de la escuela. En cuanto pude me fui de casa; vivía solo en el pueblo donde crecí cuando tenía 17. No fue para alejarme de mi familia –simplemente necesitaba estar sola. Un año después, empaqué mi vida entera y mi mamá me llevó hasta Nueva York. Recuerdo que estaba parada en la cocina, en la casa de mis padres, y le dije a mi papá que me iría a vivir a Nueva York. Me daba miedo que se fuera a enojar; no tenía dinero y no tenía planeado seguir estudiando.

Pero mi papá me abrazó, y me dijo que me iba a apoyar –de hecho, me dijo que mi seguridad le parecía inspiradora. A lo mejor no le encantaba la idea de que su hijo menor se fuera a la metrópoli más grande de Estado Unidos, pero supongo que sabía que me tenía que ir. Desde que era pequeña soñaba con la ciudad, por instinto sabía que yo pertenecía ahí.

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Tan pronto como me fui de casa, me alejé mucho de mi familia. En Nueva York, podía desaparecerme todas las noches; me perdía en los bares, en las fiestas, y en mi departamento oscuro. Traté de adormecerme de diferentes maneras, y nunca hablé sobre mi salud mental con mi familia.

Pasé años negando quién era yo realmente. Durante ese tiempo, traté de convertirme en la imagen de lo que yo creía que era un hombre. Hice ejercicio para ponerme musculoso, traté de hacer mi voz más grave, y coleccionaba con vergüenza ropa de mujer, después me deshice de ella. Me había olvidado del adolescente travesti que se conocía a sí misma tan bien.

Pero después de que algunos de mis amigos me ayudaran a tener una vida más saludable, empecé a ser más honesta conmigo misma. Dejé de tratar de forzarme a ser un hombre.

A los 22, finalmente entendí que era transgénero.

Diana Tourjée

Todos los obstáculos en mi vida cayeron como fichas de domino milagrosamente, y alcancé un nivel de claridad que no había tenido desde que era niña. Me había tomado una década, pero finalmente estaba lista para enfrentarme a mí misma.

Le llamé a mi mamá y a mis hermanos. Fueron inmensamente comprensivos y alentadores, y eso me dio confianza, pero aún tenía miedo de hablarle a mi papá. Por supuesto sabía que me aceptaría; como siempre. Pero era su hijo, y me daba vergüenza. No podía predecir cual sería su reacción. Me contestó el teléfono y le dije: “Soy transgénero”. Le expliqué que estaba pasando por una transición para poder vivir mi vida como una mujer.

Me dijo que me amaba y después me dijo algo que jamás olvidaré: “No tengo expectativas de la persona que deberías ser”.

Empecé a llorar, pero no sé si se dio cuenta. Esas palabras han permanecido conmigo, y vuelvo a ellas con frecuencia, cuando siento que heridas del pasado se vuelven a abrir. Había tratado de ser un hombre toda mi vida, y saber que mi padre no esperaba eso de mí –que me amaba de cualquier forma– me hizo tener confianza, y me ayudó a darme cuenta de que no tenía absolutamente nada de que avergonzarme. Los niños LGBT necesitan padres como él. Si no tenemos eso, es más probable que suframos.

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Este es el honesto y crudo relato de Diana Tourjée quien narra cómo, desde la infancia y adolescencia se sintió distinta: femenina y con deseo de utilizar tacones y ropa de mujer. Junto a esto, la discriminación de sus compañeros de escuela que la forzaron a dejar el establecimiento.

El rol de la familia fue importante y si bien cuenta que recibió apoyo por parte de sus padres cuando entendieron que era homosexual, no fue lo mismo al contarles que realmente era transgénero. Incluso a ella misma le costó asumirlo y asumirse como tal.

Tomar esta decisión requiere de un valor incomprensible para la mayoría de nosotros. No se trata solamente de que es homosexual, de que “le gusta vestirse de chica” o que es “freak”. Diana, al igual que todos los transgénero y transexuales, se sienten mujer, porque finalmente lo son a pesar de que su apariencia física y su sexo pueda ser otro.

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Actualmente Diana ve a su padre 2 veces al año, “no soy muy buena para mantenerme en contacto” cuenta en una entrada de Vice, sitio en donde trabaja y escribió el relato que leímos.

A pesar de que nos encontremos ad portas del 2018, la discriminación sigue existiendo y haciendo la vida de personas homosexuales o con orientaciones (o identidades) sexuales distintas a la heteronorma que viven situaciones complejas y duras.

Es importante saber que los homosexuales, transgénero, transexuales y toda la gama LGBT+ son como cualquiera de nosotros. Muchas veces,  la sociedad lo olvida.

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