Por Ghalia Naim
7 Diciembre, 2016

Las fiestas ya no son tan divertidas como antes. Eso es correcto.

Después de los 20 comenzamos a notar a grandes rasgos el paso del tiempo por nuestra vida. Pensamos y actuamos completamente distinto al pasado y nos convertimos en una persona bastante diferente de la que solíamos ser. Comienzan a preocuparte las cuentas, quieres independencia, estabilidad, cumplir objetivos y las fiestas no son tan divertidas como quedarse en casa viendo películas. Todo eso se resumen en una palabra: madurar. Y si te sientes identificado con los siguientes puntos, pues, ya no eres un niño:

1. Calidad, no cantidad

Dejaste de preocuparte por ser el centro de atención y tener mucha gente a tu alrededor. Ahora solo te preocupas por estar con los más cercanos y aprovechar el poco tiempo que tienes con ellos.


2. Compromisos importantes

Solo asistes o te comprometes con lo que puedes manejar y vas por una cosa a la vez. Eso de andar haciendo demasiados planes quedó en el pasado.


3. Prioridades

Lo primero, siempre. Si tienes algún compromiso no lo dejas atrás por ningún motivo y si es tu responsabilidad mucho menos. La diversión siempre puede esperar si se trata de cumplir tus prioridades.


4. Separas la vida personal de la laboral

Antes hacías amistad con todos, pero ahora te limitas a ser simpático, amable y respetuoso. No estás esperando caerle bien a todos y menos conseguir amigos en el trabajo, sin embargo, no te cierras a ello. Compartes algunas cosas de tu vida personal y te abres a cierta confianza, pero nunca mezclas por completo el trabajo con tu vida.


5. Te conoces

Sufres, ríes, lloras, etc. Haces lo mismo que antes y te pasan las mismas cosas porque sigues siendo tú (con defectos y todo). Lo que cambian son tus límites. Ya te conoces y sabes hasta dónde puedes tolerar ciertas situaciones, no tienes tanto miedo de perder o avanzar como antes porque si te caíste una vez, puedes caerte muchas más y volver a pararte.


6. Te importas tú, menos el resto

Si bien eres más recatada y ya no tienes esa actitud de “no me importan los demás y lo que piensen de mi”, ahora más que nunca eres libre en tu propia piel. Te conoces y descubriste tus capacidades, estás enfocado en las metas y lo que realmente deseas. Quizá ahora te importe un poco la reputación, pero sobre todo te interesa lo que tú mismo piensas de ti.

Si te sientes así, ¡maduraste!

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