Por Javiera Spröhnle
31 agosto, 2017

La dejé por un año y volví a consumirla. Ahora no puedo dejar otra vez.

En marzo del 2015 hice una «manda», si se me concedía lo que estaba pidiendo, dejaría el azúcar (refinada) por un año, sí… un año. Bastó que lo dijera en voz alta, como si nada, comentándoselo a una amiga, para que, como arte de magia, mi deseo se cumpliera. No alcancé a celebrar demasiado por que de inmediato recordé: NADA DE AZÚCAR POR UN AÑO. Muy dentro de mí, quería morir…

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Pasaron los días y resulta que mi deseo no solo se cumplió, sino que se superó a sí mismo con creces. No había forma, tenía que cumplir mi parte del trato: hasta pronto amiga azúcar. Así empezó el viaje.

Los primeros meses fueron los más difíciles. No había cumpleaños, junta, matrimonio, festivo ni evento social en el que no mirara todos los postres, cupcakes y demás delicias con cara de perro callejero. Sufría, en serio.

– Cabe destacar que antes de la famosa manda, yo era más o menos como un hormiga… es decir, donde había algo dulce, ahí estaba yo, atacando como manda, sin importar qué era ni la calidad. ¡Me encantaba! –

Pero, conforme pasaron los días, semanas y meses, se fue haciendo cada vez más fácil. Para suerte mía, al poco tiempo se puso de «moda» dejar el azúcar (no sé por qué la gente se tortura a propósito) y todas las marcas comenzaron a lanzar productos sin azúcar. Llegó un punto en que los supermercados instalaron un pasillo completo, única y exclusivamente de productos light sin azúcar. Mi paraíso. Podía saciar CASI todos mis antojos y sentía que lo que comía eran manjares para los dioses. 

Así, cumplí el año. Cuando llegó ese 22 de marzo del 2016, me sentía toda una ganadora, seguro quien haya llegado a la punta del Monte Everest me entenderá. Mi recompensa: un festín de todas las galletas que había anhelado comer durante un año: con chips de chocolate, de coco, rellenas de vainilla, de mantequilla, con cobertura, TODAS LAS QUE PUEDAS IMAGINAR. Comí dos y caí en coma, sobre dosis de azúcar.

Mentira, no se si eso existe. Pero, el dulce que sentía al fondo de la boca, en la lengua y paladar, eran insoportables. Las galletas estaban buenísimas, pero me hostigué mucho antes de poder probarlas todas. Pensé «genial, logré quitarme el gusto por el azúcar, me he hecho un hábito». Pues, qué equivocada estaba…

No pasó mucho tiempo para que volviera a ser el «mounstro de las galletas». Claro que, ya no la hormiga dulcera que era antes, al menos ahora comía productos seleccionados y no el primer chocolate de plástico que se me cruce. Pero bueno, dulcera al fin y al cabo.

Estoy a 3 meses de cumplir un año consumiendo azúcar y aquí les cuento cómo ha sido:

1. Nado feliz en un mar de pastelitos (y después me arrepiento)

¿Cómo explicar la felicidad que sentí cuando por fin pude ir a un restaurant y, al final de la velada, pedirme un volcán de chocolate con helado de vainilla? Impagable, ¡denme 6 por favor!

Al principio todo era magia, comía y comía y no engordaba nada. Sí, me dolía la panza de tanto en tanto, pero porque más que comer, me hundía en el azúcar y nadaba rebosante. Hasta que los kilos de más se empezaron a notar. Pensé «bueno, tengo que entrenar más solamente» ¡JA! ilusa, claro, cuando no comía azúcar entrenaba una semana y quedaba 10 puntos, pero ahora, ahora era otra la historia.

Recuerdos que buena sesión @ian.rojas.leiva @vicenteferrerp

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2. ¡Esa grasita no se va!

Pasé de tener un six pack bien marcado a tener una mini dona al rededor del ombligo, que por más abdominales que haga, ese nuevo inquilino no se va, ni se piensa ir.

Al principio no lo conecté con el consumo de azúcar (así como, hace un año no conecté mi pérdida de peso con el no-consumo de azúcar) pero luego recordé las conversaciones que tuve con mis tíos, ambos médicos, respecto al tema: «nada mas dañino para la salud, además que nada engorda tanto como el azúcar» y claro, yo la estaba consumiendo como si fuese agua.


3. ADICTA

Es ridículo, porque mientras más la comes, menos la puedes dejar. Maldito cuerpo insaciable. Cuando dejé de comerla, los primeros meses sufría por un pie de limón recién hecho, pero luego, ya prácticamente no pensaba en ella. Ahora que la como, no hay día que no se me antoje algo dulce. Es un – muy lamentable –  círculo vicioso.

Ups! Nose como, pero desaparecieron 2 bonbones.. jajajaja @veronicasegui #MejorRegalo #diadelosenamorados @oyarzundiego tiamo!

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4. Lenta y cansada…

Cuando paso esas semanas de consumo extremo y desmedido, realmente me siento más lenta y cansada. No tengo ánimo de pararme a hacer deporte y solo pensar en pararme de la cama a la ducha, me canso.


5. Los productos sin azúcar… ¡ya no me sirven!

Sí, los «manjares para los dioses» pasaron a tener sabor a nada, literal, nada. La idea de volver a elegir un brownie sin azúcar por sobre uno con azúcar, se ha vuelto francamente utópica.

Mesón dulce todo SIN AZUCAR #Cumpleaños22

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6. Bueno… ¡no todo es tan malo!

Me salió grasa que no logro eliminar, me duele la panza cuando la consumo en exceso, ando lenta y cansada… pero jamás ¡jamás! he dejado de gozar cuando me devoro una torta chocolate-frambuesa. El placer sigue siendo el mismo, con o sin un par de tallas de pantalón demás.

Y para terminar, el postre #shushi #niu #friends @danipicom @robertoapud

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Lo que aprendí y lo que reflexiono…

No hace falta ser experto para saber que el azúcar refinada aporta poco y nada a tu alimentación y nutrición diaria, con la que contienen los alimentos naturalmente, basta. Hoy la información sobre los beneficios y problemas que origina, están al alcance de un click y cuando estuve un año sin consumirla aprendí mucho de ello. He disfrutado este (casi un) año comiendo lo que se me plazca, en la cantidad que se me de la gana y no me arrepiento (total, este verano estaré trabajando así que nadie me verá en bikini). Pero, para ser sincera, extraño el auto-control que logré durante el año que no consumí azúcar, así como los beneficios fisiológicos que vi y sentí (six pack, vuelve a mí).

Full gym!

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La vida no se trata de solo gozar, pero tampoco de puro sacrificio. Todo hace bien, en su justa medida. No se trata de dejar de disfrutar todas esas cosas que te encantan y alegran el día, el punto es hacerlo con prudencia; porque como dije, la idea es sentirte feliz y sana… y si nos ponemos lentos y fofos, no estamos persiguiendo el objetivo. No tiene nada de malo darse un gusto una vez a la semana, hay que disfrutarlo. La clave está en no hacer del azúcar, parte fundamental de tu dieta diaria… sino ya sabemos las consecuencias (dona de grasa en el ombligo, cansancio, espinilla, muerte). Mal que mal, así como te creas hábitos, los puedes deshacer y crear nuevos… ¡eso sí que lo he demostrado!

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