Por Francisco Armanet
10 octubre, 2017

“Trabajé haciendo excavaciones de tumbas en el cementerio. Después fumé mucha marihuana y me internaron”, confesó.

Ronda la misma bencinera en la intersección de dos concurridas calles de Santiago todos las mañanas y todas las tardes desde hace veinte años. A veces, cuando no hace frío, se aleja algunos kilómetros para escapar de la rutina; camina solo, sucio y desprolijo por el borde del río. De vez en cuando pasa la noche bajo el puente. Es el hombre de apariencia más llamativa del sector, pero nadie sabe su nombre, ni tampoco ha cruzado demasiadas palabras con él.

Cristóbal Küpfer

Antes del día en que hablamos, yo lo había visto varias veces. En una ocasión tuve que negarme a pasarle dinero, y en otra, cuando tenía para darle, le compré un sandwich y cigarros. Eso fue suficiente para que él me contara parte importante de su historia.

Con rapidez y determinación, dijo que se llamaba Hugo Escaida Retamales. Pronunció su nombre y apellidos con fuerza, como temiendo que yo fuera a ponerlos en duda. Vestía una chaqueta que alguna vez pudo haber sido amarilla, jeans rotos, y tenía el pelo hecho una masa mugrienta y grasosa.

Cristóbal Küpfer

Pero fue su olor lo que hizo que mantenerme junto a él fuera difícil. Se veía ansioso y le era imposible mantenerse quieto por más de cinco segundos. Fue cuando un trabajador de la bencinera le entregó una lata de cerveza, que Hugo tomó asiento y logró tranquilizarse. Las manos, sin embargo, no dejaban de temblarle.

Cristóbal Küpfer

-Tengo cuarenta años. -Dijo casi gritando. Luego bebió un sorbo largo de cerveza y se rió por primera vez desde que yo estaba ahí. No supe muy bien qué fue lo que le causó gracia, pero todo cambió desde que destapó la lata.

-¿Siempre te regalan de esas? -Le pregunté.

-Siempre, amigo mío. -Contestó. -A veces también me dan billetes, pero hay que andar con cuidado porque me asaltan mucho, me pegan y me roban.

-¿Quiénes?

-Pura gente joven, hombres jóvenes. Pero eso ya no importa, uno se acostumbra. Además, yo tengo una nieta.

-¿Cómo se llama ella?

-Ah, eso no lo sé. Nunca la he visto, pero el otro día supe que nació hace dos años.

-¿Y cuántos años tienes tú?

-Treintaicinco. -Dijo desviando la mirada.

-Pero, ¿no dijiste que tenías una nieta?

-Ah, bueno, sí. Tengo casi sesenta. Pero digo treintaicinco porque hay que parecer joven, ¿o no?

Me reí y le concedí el punto.

-Tienes razón, Hugo.

Cristóbal Küpfer

De un momento a otro, dejó de hacerse necesario que yo hiciera preguntas. Hugo comenzó a hablar sin detenerse, como si hace años que no mantuviera una conversación con alguien. Tal vez eso efectivamente era así.

-Es dura la vida en la calle, yo estoy aquí hace como veinte años. A veces duermo en los arbustos, o bajo el puente del río. Pero en invierno se pasa mucho frío.

Lo escuché con atención.

-De niño viví en la Alameda, mi papá era taxista y mis hermanos menores hoy son chóferes de micro, pero casi nunca los veo. Y bueno, yo nací un día de protestas, mi mamá casi me tuvo en el auto porque mi padre no podía avanzar de toda la congestión vehicular que había.

-Cuando joven trabajé en el cementerio, hacía excavaciones para las tumbas. Pero después fumé mucha marihuana y tuve que ir al doctor. Me internaron en un hospital psiquiátrico. Era muy aburrido, así que hice un hoyo y me escapé. No había para qué quedarse en ese lugar.

Cristóbal Küpfer

De pronto, Hugo terminó su cerveza y se puso de pie. Se alejó y me miró desde la distancia, como enfadado.

Cristóbal Küpfer

¿Qué pasó, amigo? -Le pregunté. Pero él se mantuvo en silencio hasta que, luego de casi un minuto, se puso a cantar.

No quiero que me digas, que no voy a olvidarte. No quiero que me digas, que no voy a olvidarte,  cantaba a gritos mientras la gente alrededor lo miraba. Pasó un niño con su madre, el pequeño se asustó y escondió la mirada.

Hugo se sentí a mi lado nuevamente.

-Mi hermana murió antes de ayer. -Dijo.

-¿Fuiste al funeral?

-No. Me avisaron después. Vino uno de mis hermanos que maneja micros, él me contó. Pero la vieja ya estaba muerta.

Nuevamente, lo noté inquieto. Y, antes de darme cuenta, Hugo se paró y caminó a mi alrededor.

Cristóbal Küpfer

-Me voy. Dijo. -Ahora quiero estar tranquilo.

Le agradecí la conversación, pero él no respondió nada. En vez, se alejó mientras cantaba.

No quiero que me digas, que no voy a olvidarte…

La canción, según investigué después, se llama “El amor y la felicidad”.