Por Alejandro Basulto
8 junio, 2021

Una mamá soltera que cada día trabaja desde su quiosco en Chasquipampa (Bolivia), que por mucho tiempo fue también el hogar en el que vivía junto a su pequeña de 4 años.

En un quiosco metálico ubicado en la calle 51 de Chasquipampa, en Bolivia, trabaja Maritza Mamani, su dueña. Quien cada día en la mañana acomoda las bolsas de papas fritas, unas de limones y otras eucalipto, junto a las demás mercadería que tiene, para dar inicio a su jornada laboral. En el mismo lugar donde hasta hace poco dormía con su hija de cuatro años, Maribel, quien al igual que ella, también es albina. Pasaron noches ahí asustadas y sin tener a donde ir. Abrazarse entre sí era su único refugio.

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Mientras Maritza trabaja en el quiosco, su pequeña niña luce su pelo blanco recogido con dos diminutas trenzas mientras juega con sus amigos. No dejan de sonreír en todo momento, al mismo tiempo que las mamás de todos esos pequeños los ven desde su puesto de trabajo. Entre ellas está precisamente Maritza, pensando preocupada en lo difícil que es criar una hija cuando también tiene que enfrentar una dura pobreza.

“Esta pobre Maritza sufre mucho; nosotros la conocemos desde que llevaba a la Maribel en brazos, bien pequeñita. Por todas partes iba vendiendo, era ambulante, pero siempre con su guagüita, nunca se separa de ella; en ese quiosco vivían las dos”

– dijo una las vendedoras que se encontraba al lado de esta madre albina a Página Siete

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En un momento Maritza estuvo cerca de tener un hogar en Ullau Ullau. Un cuarto en alquiler, por el cual pedían casi 36 dólares al mes, y como la mujer a cargo se compadeció de ella, se lo rebajó a 33 mensuales. Estaba un poco lejos de su lugar de trabajo, pero era mucho más barato que los de 71 y 115 dólares mensuales que le ofrecían en otros lugares. Sin embargo, cuando ya había encontrado una paz en ese arriendo, empezó a ser atemorizada por otras comerciantes debido a que había cambiado de rubro (de vender dulces a frutas) sin realizar los trámites correspondientes en el municipio. Fue entonces cuando decidió no salir del quiosco, permaneciendo ahí escondida con su hija, mientras temía ser detenida.

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“A la niña y a mí no nos llama la atención la comida; pueden pasar hasta tres días y no tenemos ganas de comer. La Maribel nunca pide comida, yo le doy casi a la fuerza, ¿será algún problema de salud por nuestra condición? ¿Alguien nos podrá orientar? (…) Maribel era blanca como yo, cuando nací (…) Yo llamaba igual la atención en mi pueblo, pero me daba vergüenza porque me decían que parecía una abuelita por mi pelo blanco, por eso me tapaba hasta la cabeza y no quería salir ni a la calle; mi mamá me insistía y me decía: ‘¿Qué hacemos hijita si Dios te mandó así?, ¿de qué tienes vergüenza? Yo me siento muy orgullosa por lo linda que eres’. Así me animaba a salir”.

– dijo Maritza

Hoy esta mujer albina tiene 22 años y el pelo negro. Se lo tiñó, posiblemente para pasar más desapercibida. Ella tuvo a Maribel cuando tenía 18 años, maravillando a todos en su nacimiento. Sin embargo, ambas actualmente están solas y Maritza de hecho tuvo que recuperarse sola del parto.  Además, previamente producto de su albinismo y de no tener la información sobre su condición y los cuidados que debe tener, la luz causó mucho daño en los ojos de Maritza, para así a los 15 años haber perdido gran parte de su vista. Afortunadamente, sus papás logrando trasladarla a La Paz, donde la inscribieron en el Instituto Boliviano de la Ceguera, donde adquirió independencia al aprender Braille y a moverse siendo no vidente.

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En ese mismo lugar conoció al hombre que la enamoraría y con quien tendría a Maribel. Pero en cuestión de poco tiempo, lo que parecía una historia de amor, terminó llena de violencia y abandono. Sufrió maltratos  y humillaciones por parte de él, y al verla su familia desprotegida y con problemas de visión, intentaron separarla de su hija, sin embargo, no pudieron. Incluso estando casi ciega, no dejó de luchar para estar al lado de Maribel.

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“Ella no tiene por qué sufrir, además, quien la tenga la va a querer un rato, no como yo, su mamá, que la voy a amar siempre. Además es mujercita y no se separa de mí (…) Cuando crezca le voy a contar cómo fue nuestra vida, lo que andábamos juntas, siempre juntas. Ella es como mi pareja, mi hermanita, mi amiga; es como mi ropa, mi joya. El amor que le tengo es único, sin ella no sería gente (…) La Maribel tiene un carácter bien fuerte, a veces es voluntariosa y grita, ojalá cambie; yo le recomiendo que no sea así; pero a veces también pienso que si es callada y humilde como yo se pueden aprovechar de ella, como lo hicieron conmigo; pero, pensándolo bien, prefiero que sea humilde y no haga daño a nadie”.

– contó Maritza

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Por suerte, al parecer sus noches más crudas y difíciles están cerca de tener su fin. Porque días atrás llegaron a su quiosco periodistas de Unitel con la intención de querer llevarla a su hogar. Ahí ella contó su historia, la misma que acá se resumió, conmoviendo a todos los presentes. Incluyendo a las autoridades, quienes pusieron en marcha un plan de apoyo para ambas. Alimentos, lentes para sus ojos, electrodomésticos, juguetes, ropa e incluso un pequeño horno les han sido obsequiados. La próxima meta de Maritza es la misma que ha tenido desde hace mucho tiempo: conseguir una casa, un terreno donde pueda instalarse con Maribel, para así salir adelante y vivir juntas y felices como madre e hija.

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