Por Constanza Suárez
30 septiembre, 2020

La neozelandesa Joan Bellingham es una sobreviviente a la terapia electroconvulsiva que aún existe para personas homosexuales. “La incertidumbre de buscar reparación fue casi tan mala como el abuso. Mi esperanza es que nadie tenga que pasar por lo que yo pasé”, dijo.

Joan Bellingham es una de las muchas sobrevivientes que comparten sus historias como parte de la Comisión Real de Investigación de Abuso en el Cuidado, una comisión real establecida en 2018 por el gobierno de Nueva Zelanda para investigar los abusos cometidos por funcionarios de atención médica en hospitales estatales y religiosos entre 1950 y 1999.

Durante un testimonio filmado, publicado por el New Zealand Herald  en nombre de la comisión real, Bellingham dijo que pasó 12 años entrando y saliendo de un hospital, donde fue sometida a terapia electroconvulsiva (TEC) más de 200 veces para “curarla” de ser lesbiana.

“Soy lesbiana desde que tengo uso de razón. Nunca pensé en eso como algo que necesitaba esconder”, dijo a la cámara Bellingham. 

Su historia comenzó a los 18 años, cuando sus colegas la molestaban mientras estudiaba para convertirse en enfermera en el Hospital Burwood en Christchurch, Nueva Zelanda, en 1970. La peor amenaza fue su jefa, quien una vez le dijo: “Si crees que vas a ser enfermera, estás equivocada”. 

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A pesar de la tóxica homofobia que impregnaba el mundo durante ese tiempo, Bellingham dijo que nunca tuvo miedo de hablar abiertamente sobre su sexualidad. Como resultado, se convirtió en blanco de abusos y afirmaciones falsas de sus compañeras enfermeras, incluidas las acusaciones de que consumía y robaba drogas. 

Las cosas tomaron un giro oscuro cuando le dijeron que necesitaba tratamiento. La llevaron al Hospital Princess Margaret, un hospital público en Christchurch dirigido por la Junta de Salud del Distrito de Canterbury. La esperaba una experiencia terrible: entrar y saliar del hospital durante los próximos 15 años en contra de su voluntad. 

“No tenía mi ropa ni nada. No tenía otra opción en el asunto”, contó sobre el día en que se la llevaron por primera vez. Bellingham dijo que sus padres estaban preocupados, pero nunca cuestionaron la autoridad del médico porque era la de “Dios”.

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Nadie escuchó cuando le suplicó al personal que habían cometido un error y argumentó en contra de las afirmaciones de que sufría de un “trastorno neurótico de la personalidad”. En cambio, le dieron drogas a la fuerza para sedarla sin explicación.

Estos fármacos antipsicóticos “borraron el tiempo” en su cabeza, según el Otago Daily Times, y finalmente Bellingham comenzó a tener tendencias suicidas. Las notas médicas obtenidas por el periódico mostraron que le administraron “más de tres veces” la cantidad normal de estos medicamentos.

“La peor parte es que nunca sentí que se me hubiera dado una opción genuina, o que el médico me estuviera escuchando”, confesó la mujer. Además, Bellingham fue sometido a TEC más de 200 veces durante estos años. A veces, eran tan intensos que se quedaba ciega temporalmente.

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En un momento, los médicos la recluyeron sin baño cuando estaba muy sedada. Las enfermeras la castigaban cuando orinaba en el suelo. “Era como un zombi andante. Me sentí tan humillada. Sentí que no tenía ninguna razón para vivir. Me odiaba a mí misma”, contó. 

La última visita de Bellingham al hospital fue en 1982, pero el daño emocional, físico y mental ya estaba hecho. Como resultado de las ECT, Bellingham no recuerda eventos clave en su vida cuando tenía 20 años. También le diagnosticaron hepatitis C, que cree que provino de las varillas de ECT.

“La incertidumbre de buscar reparación fue casi tan mala como el abuso. Mi esperanza es que nadie tenga que pasar por lo que yo pasé”, relató.

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A lo largo de los años, ha intentado desesperadamente dar a conocer su historia, pero el único reconocimiento que recibió fue en 2012, cuando el hospital se disculpó y le pagó más de ocho mil dólares como pago reparatorio de “bienestar” y ayuda para sus honorarios legales, que según ella finalmente no sucedió. Y tampoco fue “suficiente”.

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