Por Laura Silva
11 febrero, 2016

Acostarse con chicos y huir era más fácil que involucrarse.

Desde muy pequeña crecí mirando esas películas  sobre princesas y finales felices. Parece que a la larga te van codificando para que tu corazón y mente encuentren lo más parecido que pueda haber a un príncipe azul. Soñé toda mi vida con ese hombre que no te alza la voz, se comunica y tiene ojos sólo para ti. De hecho, a medida que iba creciendo, cada vez que veía una película romántica me enamoraba del amor de los protagonistas y soñaba con un final feliz para mi.

Mientras me acercaba a la juventud, y comenzaban las interacciones con los demás adolescentes, cruces de miradas, palabras amables y conversaciones en fiestas me encontraba expectante: ¿Quién será el amor que mi vida tiene preparado para mi? ¿Será de esos que se conocen de toda la vida?

Pero la vida no pudo mantenerse a la par con mis estándares románticos y quedó al debe en mi temprana adolescencia. Me di cuenta que se trataba más de lo que era la vida en realidad, a lo que yo vivía en mis fantasías de finales felices y que sobrevivir esta etapa era algo que no todos lograban con éxito.

Al crecer me di cuenta que el matrimonio de mis padres, mi gran ejemplo, no era lo que yo creía y no tenía nada que ver con las películas que tanto me gustaban. Se separaron y comenzó una época tormentosa. Todo lo que había pensado saber, y que creía que era el amor y el romance, parecía existir dentro de una pantalla, sólo para la entretención de la gente. El «y vivieron juntos para siempre» se alejaba cada vez más de mi.

Esa chica que una vez había pensado en guardar su virginidad para el hombre que la mereciera y respetara, había desaparecido. Terminé perdiendo mi virginidad con un completo desconocido a mis 17 años, luego de una fiesta y unos tragos. No hubo sentimientos de por medio, flores, luz tenue ni mucho menos música romántica. Me convertí en una chica que prefería acostarse con chicos y huir, en vez de compartir tiempo y en realidad llegar a conocer a la otra persona.

Parecía la manera más fácil y segura de no salir herida. Muchas veces no recordaba el nombre del chico, o bien, no se lo había preguntado. Me hice una gran fama, la cual no nunca me importó. La necesidad que tenía de recibir atención estaba suplida por cariños de una noche, y no existía la posibilidad de que me rompieran el corazón a causa de un rechazo.

Los adolescentes más amables me encontraban un enigma: ¿Qué fue lo que le pasó a ella para ser así? ¿Cuál será su historia? Pero para otros, era una psicótica promiscua que no tenía sentimientos. Lo que no sabían, era que detrás de cada aventura nocturna, en mi cabeza me inventaba historias sobre cómo el chico que estaba conmigo me había cortejado y tratado con respeto y amor.

Logré que mis miedos tomaran control de mi a muy temprana edad, y me convertí en una persona completamente distinta a la que alguna vez había soñado ser. Permití que las malas pasadas de la vida me moldearan y me quitaran la esperanza de un futuro mejor, uno lleno de amor como el que quería. Olvidé conocerme en el momento en que me estaba formando, y por lo mismo, no pude enamorarme de la chica que yo era.

A mis 25 años y luego de muchas reflexiones, me doy cuenta de que mi historia recién comienza a escribirse. Que a pesar de haber perdido mi virginidad con un tipo del que no recuerdo ni su nombre, no se había llevado mi pureza. Y eso me hace sonreír. Aún puedo encontrar al hombre que me haga sentir princesa. 

No dejaré que mi pasado promiscuo defina mi futuro romántico: estoy esperando al hombre que siempre quise, aprendí de cada caída y fracaso cometido en el camino. Acepto quién fui para poder convertirme en quién quiero ser, y más que cualquier otra cosa, hoy me tomo en cuenta y me conozco a mi misma. Yo soy la que escribe esta historia, el resto son sólo espectadores. 

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