Por Valentinne Rudolphy
23 octubre, 2015

Eres más cauteloso a la hora de amar y de confiar

1. Te apegas demasiado a tus hermanos

Es con ellos con quien más compartes, y estés con un padre o con el otro, siempre andan juntos. El lazo siempre es fuerte, pero puede llegar a serlo aún más en quienes no tienen a sus padres juntos. Es quien está todo el día junto a ti, y han pasado por las mismas etapas, protegiéndose siempre entre ustedes.

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2. Te vuelves cauteloso a la hora de amar

Has visto en primera fila el dolor por el que pasaron tus padres. Aún si fue una separación en buenos términos, es un proceso difícil de ver, y de vivir. Eso te ha hecho fuerte y vulnerable a la vez. No deshechas la oportunidad de amar, aunque hay algunos que sí. Pero sí tienes cuidado con quienes se acercan a tu vida y cuáles son sus intenciones.

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3. Aprendes a apreciar la comunicación de la manera más difícil

No quieres volver a repetir los errores de otros. Bueno, nadie quiere. Y una de las claves para mejorar siempre y no caer en malos hábitos, es comunicarse. Hablar con el otro, saber cómo está, qué siente y que vive. Esto lo llevas tanto en tu familia, como amigos o pareja. Y puedes llegar a ser bastante exigente con este tema. Quieres demostrar tu preocupación, y sentirte conectado.

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4. Construyes muros de protección emocional

A veces las heridas son más grandes. Y te puede tardar un tiempo comprender el dolor de ver a tus padres separarse. Dependiendo de cómo se dio la situación, puedes llegar a encerrarte. A dejar que pocos sean tus personas de confianza. Necesitas tiempo y observación antes de llegar a confiar realmente. Necesitas que te demuestren que estarás segura.

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5. Somos mucho más críticos

El mismo hecho de haber vivido errores, te hace exigente. Cuestionas muchas cosas, en especial actitudes de otros. No te conformas fácilmente. Esto se puede transformar en un obstáculo, pero también puede servir a tu favor. No te debes estancar. Lo que has vivido te forjó, y la pena que puedes sentir, pasará.

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