Por Andrea Araya Moya
20 julio, 2016

Sé que me cuidas y sonríes desde el cielo ❤.

Ya ha pasado más de un año desde que mi abuelo emprendió el vuelo y se convirtió en el ángel que nos cuida a todos. Un año desde que pude escucharlo y verlo por última vez. Era de esas personas ejemplares. De esas que siempre te recibían con una sonrisa y una buena conversación acompañada de miradas acogedoras y sabias palabras. Era un hombre excepcional. Un padre cariñoso y protector, y un abuelo increíble. Siempre nos dio lo mejor de sí mismo y es por eso que día tras día trato de agradecérselo de alguna manera, porque, aunque no esté aquí físicamente, sé que está en el cielo sonriéndonos y cuidándonos como siempre lo hizo. Y es por eso que quiero agradecerle.

Querido abuelo:

Cada día que pasa recuerdo que solías aconsejarme o darme alguna palabra de aliento cada vez que nos veíamos. Que siempre nos recibías con una sonrisa enorme y que no dudabas en conversar con nosotros sobre cualquier cosa, mientras nos mirabas siempre con esa expresión de cariño que aún vive en mi memoria por estos días.

Recuerdo cada cumpleaños. Siempre eras el primero en llamarme y, cuando contestaba el teléfono, me respondías cantándome los buenos deseos. Me dabas tu bendición y me decías que me deseabas lo mejor del mundo, que siempre fuera feliz, y terminabas la llamada diciéndome lo orgulloso que estabas de mí. Y así fue cada año. Y así fui recibiendo tu cariño siempre.

Recuerdo cada historia y cada anécdota que me contaste con lujo de detalles y siempre buscando la mejor manera de darme alguna enseñanza de vida, alguna lección o consejo que hoy en día comprendo y recuerdo cada vez que necesito esa palabra de aliento que siempre me dabas. Porque a veces se hace demasiado necesario escuchar esos sabios consejos que me dabas cada vez que te visitaba o hablábamos por teléfono y que hoy en día agradezco tanto.

Te gustaba jugar. Te gustaba divertirte y hacer reír a los demás. Recuerdo que cuando era pequeña siempre jugabas con nosotros, aún si eso significaba que tuvieses que correr para alcanzarnos… o correr de nosotros. Jamás te cansabas. Jamás dejabas de pasar un momento divertido con nosotros y, gracias a eso, hoy eres parte de las mejores memorias de mi infancia.

También recuerdo tu amor y entusiasmo por el agua. Cada vez que veías el mar, o un lago o una piscina, te lanzabas sin dudar por un segundo y te quedabas ahí hasta que tú quisieras, mostrándonos a todos que la edad nunca era impedimento para nada y que podías divertirte todo lo que tú quisieras, sobre todo cuando estabas con quienes amabas y cuando hacías lo que te gustaba. De hecho, una vez me enseñaste a nadar y créeme que lo recuerdo hasta hoy en día, sobre todo porque heredé el mismo entusiasmo por el agua que tú tenías.

Recuerdo que la última vez que te vi estabas tranquilo, incluso tomaste mi mano y tus ojos brillaron de alegría. Y hasta tuviste la energía para decirme que te irías volando, en tono de broma, a lo que yo te respondí que no, que tenías que irte caminando con nosotros a casa. Me miraste con cara de enojo, pero luego me sonreíste con cariño. En realidad jamás pensé lo cierto que sería, el que te irías volando y te convertirías en el ángel que guía mis pasos, me cuida y me da la fuerza cuando nadie más puede hacerlo.

Supongo que quizá esa fue tu manera de despedirte. De hacerme entender que no podías estar eternamente acá. Que tenía que ser fuerte y comprender que la vida tiene su ciclo, pero que siempre vale la pena si vives cada día como si fuese el último. Si tienes esa pasión por entregar amor cada día y por aprovechar el tiempo con las personas que más quieres.

Me enseñaste a ser responsable, comprometida, a no rendirme nunca y amar a quienes me rodean, pero, sobre todo, me enseñaste el valor que tiene la vida y que, pase lo que pase, siempre vas a tener la fortaleza para luchar por lo que quieres.

Gracias por haberme dado tantas de tus enseñanzas. Por haberme contado todas tus historias y por seguir dándome fuerzas cada día.

Gracias por ser mi abuelo, por ahora ser mi ángel que me cuida desde el cielo. Gracias por los consejos, las sonrisas, los cantos, los abrazos reconfortantes y las palabras de aliento.

Gracias por tantos momentos. Gracias por enseñarme a vivir… a vivir con amor.

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