Por Rocío Valenzuela
4 marzo, 2016

Más vale tarde que nunca.

Todas las personas que tenemos una hermana sobreprotectora en la vida, sabemos que al principio no es fácil. Quieres volar y caerte por tu cuenta, para aprender lecciones propias, pero ella siempre está ahí señalándote el camino correcto para que no cometas el error que ya sabe, vas a hacer. Siempre buscando lo mejor para nosotros y sufriendo con cada falla.

Mi hermana es mayor que yo, siempre está una etapa más arriba, lo que siempre me ha causado admiración. Durante mi vida, he tratado de seguir sus pasos, pero no siempre es fácil: ha dejado la vara muy alta. He logrado aprender de ella mientras crecía, la vi caer y sufrir donde muchas veces saqué lecciones importantes de vida.

Fue sólo en el momento en que entré a la adolescencia y quise experimentar las cosas por mi misma, un poco más independiente de la mirada de mis padres, que me di cuenta que tenía una segunda madre. Una mucho más pequeña, joven y parecida a mi: mi querida hermana.

Constantemente estuvo encima mío evitando que me metiera en problemas de chicos, que no cumpliera con mis deberes académicos y que me preocupara de las cosas importantes. Siempre estuvo ahí para defenderme cuando alguien me molestaba y también para regañarme en público cuando hacía falta.

Recuerdo una vez que quise beber cerveza por primera vez y ella estaba en el mismo lugar que yo…cuando se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo se enfureció y juró contarle a nuestros padres. Cosa que en realidad nunca hizo. Pero sí les contó cuando me sorprendió fumando mi primer cigarrillo: tengo esa imagen grabada en mi mente como si fuera ayer.

Mis padres se reunieron con ella y me llamaron para una conversación familiar. “Lo que hizo tu hermana está muy bien, te está protegiendo”, dijeron. Pero yo sólo veía que me estaba traicionando por contar lo que había visto. Jamás pensé que era por mi bien.

Así sucedió también cuando perdí mi virginidad. Ya me creía demasiado grande para estar pidiendo permiso, ya era mayor de edad y creía saber todo lo que el mundo podría tener para mi. Nuevamente le dijo a mis padres y tuvimos la “conversación familiar”. Esa vez fue un poco más grave que un simple cigarrillo (que de por cierto, no pudo evitar que se convirtiera en un vicio hasta el día de hoy), esa vez no le hablé en mucho tiempo…sentí que la traición era demasiada. En vez de apoyarme nuevamente había ido como chismosa con mis padres.

Pero hoy lo entiendo. Tengo la edad suficiente para distinguir sobre el bien y el mal y sus matices. Para saber cuando algo puede ser dañino y para darme cuenta que a veces es necesario dar lecciones para aprender cuáles son los caminos. Hoy tengo claro que todo lo que ella hizo fue por mi bien, por ayudar a mis padres en la labor tan difícil como lo es criar a un hijo.

Querida hermana sobreprotectora: gracias por estar siempre mirando detenidamente mis pasos. Sin ti, no sería la mujer que soy hoy, y no habría aprendido que en la vida hay tiempos, y hay que apegarse a ellos porque no vale la pena adelantar la adultez, cuando la niñez es tan corta y por eso, te estaré eternamente agradecida.

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