Por Ignacio Mardones
7 diciembre, 2017

Sonó el teléfono en la otra pieza y él le dijo que iría a contestar, pero que por favor no se quitara la venda porque arruinaría la sorpresa.

Hay una historia graciosísima que ha estado circulando por las redes sociales que me gustaría compartir con ustedes, perfectamente puede ser ficción, pero me gustaría contarla para que piensen qué harían en una situación así…

Ella estaba de cumpleaños y para el almuerzo había comido tres platos enormes de porotos. Su novio le tenía una sorpresa preparada: cuando ella llegó del trabajo, él le vendó los ojos y la condujo hasta una pieza, donde la hizo sentarse frente a una mesa y esperar. Ella siguió sus órdenes y esperó paciente. En eso, sonó el teléfono en la otra pieza y él le dijo que iría a contestar, pero que por favor no se quitara la venda porque arruinaría la sorpresa.

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Ella le dijo que fuera a atender, que no se la quitaría y que se diera prisa. Ya los porotos que había comido estaban empezando a hacer efecto y le producían una fuerte presión en el estómago, además de dolor. Tan insoportable era la sensación que no encontró otra solución más que inclinarse hacia un lado de la silla y soltar un gas. Fue estruendoso, pero el olor que surgió fue aún peor… Ella lo describió como el aroma que se olería si es que un camión de fertilizantes atropellara a una mofeta enfrente de un basural.

Por esto, ella tomó la servilleta que había sobre la mesa y la movió para que la fetidez desapareciera un poco. Pero el dolor en el estómago todavía persistía, de modo que se volvió a inclinar, esta vez para el otro lado, y soltó tres gases más. Como el novio seguía en la otra habitación, se sentía confiada.

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Todo estuvo bien hasta que de repente escuchó que el novio colgaba el teléfono en la otra pieza. Para disminuir el olor, ventiló por última vez y esperó tranquila a que él llegara a quitarle la venda de los ojos. Escuchó sus pasos, él se acercó y alargó las manos para quitarle el pañuelo y dejarla ver la sorpresa que le tenía preparada…

El rostro de ella, que anteriormente era de relajo, cambió a una expresión de horror: alrededor suyo había una docena de amigos y familiares sentados para la cena de celebración. Cada uno de ellos se cubría la nariz con las manos…

¡Feliz cumpleaños!

Esto seguramente debe haber sido humillante para ella, pero si lo pensamos la gente que estaba sentada a eran sus padres, hermanos, colegas, primos, la gente más cercana… le dejo un par de preguntas que me quedaron con esta historia

¿Tenemos demasiado temor al ridículo? ¿Por qué nos avergonzamos tanto de cosas que todo hacemos? ¿Por qué nos avergonzamos tanto de nuestro cuerpo?

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