Por Constanza Suárez
22 noviembre, 2018

“Acabas de cumplir 82 años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de 45 kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca», comenzaba la carta del filósofo André Gorz.

Meses antes de que encontraran al filósofo André Gorz y a su querida esposa Dorine muertos en su casa en Vosnon, Francia, él decidió dedicarle una carta. En ella escribía: “Acabas de cumplir 82 años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de 45 kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca«.

Las palabras llenas de admiración y amor incondicional dejaban entrever lo inevitable: el suicidio en conjunto. La enfermedad terminal de Dorine no les dejaba más opción para continuar el viaje juntos.

Carta a D. retrata el profundo amor entre el exponente de la ecología política y su esposa, que comenzó en 1947, cuando vio a Dorine por primera vez mientras jugaba póker, sin saber que el destino los volvería a juntar más tarde, esta vez para siempre.

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Su relación se desarrolló como un encuentro entre un «judío austriaco sin un centavo» -como él mismo se definió-, y una inglesa aventurándose por un continente que volvía a la vida tras el trauma de la posguerra.

Pero cuando Dorine cumplió 60 años, le detectaron una terrible enfermedad degenerativa, que no tenía cura. Gerhart Hirsch, su nombre real, decidió que era momento de dejar de trabajar para estar junto a ella en el duro momento, y atenderla a tiempo completo. «Me pregunté qué era lo accidental a lo que debía renunciar para concentrarme en lo esencial», reflexionó en su carta.

“Éramos tú y yo, hijos de la precariedad y del conflicto», le escribió Gorz. «Estábamos hechos para protegernos el uno al otro. Necesitábamos crear juntos, el uno para el otro, un lugar en el mundo que nos había sido originalmente negado. Pero, para ello, era necesario que nuestro amor fuera también un pacto para toda la vida”, continuó.

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Lo de ellos no era solo romántico, sino que fluctúa por lo intelectual también. Desde que comenzó la revista de prensa internacional Paris-Presse, y durante tres décadas, toda la documentación de sus artículos se la preparó Dorine. Sus casi 60 años de historia podrían ganarse un puesto entre los icónicos amores. Todo aquello lo plasmó en su carta. A pesar de aquello, sintió no haber escrito más sobre ella. “¿Por qué estás tan poco presente en lo que he escrito si nuestra unión ha sido lo más importante de mi vida?”, escribió.

Por eso también, aquellas líneas vaticinaron su final, Gorz sentía que no podía estar sin Dorine: “Recuerdo haber escrito a E. que, a fin de cuentas, sólo me importaba una cosa: estar contigo. Me resulta inimaginable seguir escribiendo si tú ya no estás. Tú eres lo esencial sin lo cual todo lo demás, por importante que me parezca mientras estás ahí, pierde su sentido y su importancia. Eso te decía en la dedicatoria de mi último escrito”.

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“Seremos lo que hagamos juntos”, añadió. Evidenció el deseo de no dejarla sola en la batalla, ni de soportar la existencia terrenal sin ella. “No quiero asistir a tu cremación, no quiero recibir tus cenizas en un recipiente». Así lo comprobó cuando el 22 de septiembre de 2007, ambos se inyectaron una sustancia letal que los llevó hasta la muerte. En la misma cama de siempre.

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