Por Andrés Cortés
17 noviembre, 2017

Afortunadamente el amor y la determinación de los padres trajeron un cambio increíble.

Si bien ser un buen padre siempre es un reto, tener hijos con problemas conductuales siempre han que esta tarea se vuelva aún más compleja. El autismo es una condición realmente difícil de manejar, pues el lazo de comunicación que generalmente se establece entre padres e hijo de manera normal, en este caso no existe. Peor aún, cuando los dos hijos que tienes, padecen de autismo.

Así fue para la familia Montague, de Reino Unido. A los padres de Samuel y Jacob siempre se les dijo que su patología estaba «más allá» de la ayuda que le podían brindar las instituciones. Afortunadamente el amor y la determinación de los padres trajeron un cambio increíble.

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Cuando Samuel y Jacob tenían 2 y 4 años, fueron diagnosticados con autismo. Desde siempre mostraron muy pocas emociones y expresiones naturales de afecto hacia sus de sus padres y a medida que crecían, su comportamiento empeoró cada vez más.

En muchas oportunidades arrojaban su comida, rompían cosas e incluso intentaban huir de su hogar. Los padres, desesperados por la situación, construyeron altas vallas al rededor de la casa con el fin de mantener a los gemelos «seguros» adentro.

Los padres entendían que aplicar vallas y crear una especie de «prisión» no estaba bien. Luego de un tiempo decidieron probar un método experimental llamado «Son-Rise», el cual fue desarrollado por padres que tienen hijos con autismo severo.

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El método intenta comprender el autismo como un desorden social, reconociendo la dificultad que tienen los niños para expresarse y conectarse con las demás personas. A diferencia de otros programas que intentan cambiar las conductas problemáticas, el Son-Rise hace que los terapeutas participen de los comportamientos de los niños como una forma de normalizarlos.

Después de trabajar con terapeutas por un tiempo, los padres de Samuel y Jabob aseguran que han visto resultados increíbles; a medida que los niños demostraban mayor comodidad, los terapeutas lograron interactuar con los niños de una manera más cercana. Finalmente, lograron dirigir el contacto visual.

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Para estos padres, este pequeño gesto que para muchos es insignificante, les cambió la vida. Luego de emplear algunas técnicas por ellos mismos, los padres de Samuel y Jacob aseguran que su comportamiento comenzó a cambiar.

Al imitar a sus hijos, los niños comenzaron a imitarlos a ellos, lo que generó una profunda conexión entre ellos que hasta el momento era inexistente. Con el tiempo, todo llevó a una mayor interacción, comunicación verbal, abrazos y besos. Los padres aseguran que nunca han sido tan felices.

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Las historias como estas son increíbles y vale la pena conocerlas porque desafían lo que creíamos saber sobre el mundo que nos rodea. Más aún cuando se trata de autismo, pues es un desorden sumamente incomprendido y muy difícil de tratar. Pero esto muestra que con amor y dedicación, las cosas siempre pueden mejorar.

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