Por Elena Cortés
15 abril, 2017

Porque lo esencial a veces es invisible a los ojos…

Conforme vas creciendo le vas tomando cada vez más el peso al tiempo, y lo importante que es valorar cada instante por más pequeño que parezca. Esta sociedad nos ha hecho envolvernos en una rutina, y un agotamiento de monotonía al cual le «damos cara» cada que podemos para salvarnos de caer en depresión, o pensamientos negativos. Ha habido una cantidad infinita de veces en los cuales les he escrito, a través de mis notas, que cuando uno va a velocidad «de lunes a viernes trabajo, estudio», no aprecia ciertos instantes hermosos que pasan en todo momento a nuestro alrededor. Por ejemplo, cuando el viento «golpea los árboles» y los hace bailar, o cuando un perrito sale a jugar «con sus amigos» y brinca de tanta felicidad. Por eso yo decidí grabar ciertos momentos de mi día a día en cámara lenta para demostrarles todo lo que nos estamos perdiendo. 

Bien dicen que lo esencial es invisible a los ojos. Y créanme esta frase la he comprado a lo largo de mi vida una y otra vez.

Una tarde en Pto Montt, Chile/ Elena Cortés

Cuando estaba en el colegio, era bastante extrovertida, salía a jugar con mis amigos cada vez que podía, viajaba en familia y me encantaba quitarle la cámara análoga que tenía mi mamá en ese entonces para poder recordar los lugares que mis ojos vieron, y recordar cómo me sentí en aquel instante. Al entrar a la universidad, comenzó un poco el estrés. La presión social te dice que tienes que salir adelante, que este es tu momento, que aquí te vas a descubrir, y que aquí va a ser donde desarrolles habilidades específicas para el futuro. El tiempo empieza a agotarse, entras a tu primer trabajo y ya tienes turnos que se combinan con tus horarios de clase. Comienzas a enumerar tus gastos, en repartir y ahorrar el dinero, y sí, ya comienzas a sentir un poco de flojera por esa rutina del día a día que te agota.

Treeopolis/ Facebook

Cuando llega la etapa de ser adulto, trabajar y salir adelante, te despides de aquellas veces en las que dices «hoy no iré a clases, no importa, hoy dormiré», también comienzas a despegarte de las fiestas y los amigos. Tu cuerpo comienza a cansarse más, sobre todo en jornadas repartidas, de horarios un poco caóticos. Y así es cómo vas cayendo en la monotonía un poquito más.

Por ejemplo, ¿recuerdas aquel instante en que tomas un libro, lo hueles y te paseas por las páginas?

¡Es es un extasis… sólo escuchar ese sonido!

O cuando logras ir sentado en hora punta en el subterráneo:

¡Lo logré!

Pero, cuando vas parado también puedes disfrutar del momento, justo ese cuando viene un tren en dirección contraria y tu vista se ilumina de miles de luces y el sonido específico de los tranvías. 

Aún mejor… cuando te despiertas, tienes que apresurarte a llegar temprano a tu trabajo y notas que tu sombra te acompaña en aquella solitaria mañana:

O cuando estás rumbo a casa y los árboles comienzan a bailar al ritmo del aire:

Y cuando te das un «break», quieres saltar de felicidad, fallas en el intento, pero aún así es un momento maravilloso:

O simplemente te quedas observando la naturaleza a tu alrededor: 

Mucho mejor... cuando ves la conexión entre tu amiga y su gatita (Agatha, amor eterno para ti): 

O cuando tu novio se deja «ser» y baila feliz por la playa… para hacerte reír:

Y ya casi cuando se acaba la semana, las luces de colores bailan a tu alrededor:

Porque así vamos llegando al final, pero el universo siempre está despierto:

Aprecia cada instante de tu vida.

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