Por Javiera Spröhnle
2 noviembre, 2017

Dos días antes de navidad cogió un rifle, lo puso bajo su mentón y jaló el gatillo. Ahora por fin volvió a sonreír.

Era el 2006 cuando un joven de 21 años llamado Andy Sandness, tocó fondo. Hace ya un tiempo estaba bebiendo demasiado y padecía una terrible y profunda depresión. Dos días antes de navidad cogió un rifle, lo puso bajo su mentón y jaló el gatillo…

Al instante, supo que había cometido un terrible error. Cuando llegó la policía, un oficial que era, también, su amigo, lo tomó entre sus brazos mientras Andy le rogaba: «¡Por favor, no me dejes morir! ¡No quiero morir!».

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Fue trasladado a la Cínica Mayo. Cuando despertó, su madre, quien siempre había sido una mujer muy fuerte, le tenía tomada la mano y en su mirada solo se veía tristeza. Andy no podía hablar, así que le escribió en una libreta: «lo siento». Ella simplemente respondió: «Te amo, está bien»…

El doctor Mardini, cirujano plástico especialista en reconstrucción facial, estaba de vacaciones para la fecha. Cuando regresó al trabajo, Andy le fue asignado como paciente. Apenas lo vio le hizo una promesa: «haré lo mejor que pueda para arreglar tu rostro; sólo necesito que seas fuerte y paciente».

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Le hicieron ocho cirugías en cuatro meses y medio, y aunque se avanzó demasiado, no se pudo lograr que el rostro de Andy se viera normal, el daño era demasiado: había perdido su nariz, mentón, pómulos y todos sus dientes.

Andy regresó a casa a Newcastle, Wyoming, y se puso a trabajar en un albergue, en los campos de petróleo y como aprendiz de electricista. Aunque sus amigos y familia lo acogieron, su calidad de vida no era la misma. Tuvo que aprender a adaptarse. Su boca era de una pulgada de ancho – demasiado pequeña para una cuchara – por lo que se resignó a comer la comida en pedacitos y luego chuparla hasta que pudiese tragarla. Llevaba una prótesis de nariz, para que no se viera el hueco que le había quedado, pero, se le caía constantemente, por lo que debía llevar pegamento a todos lados, para volver a pegarla. 

Todo eso hizo que su vida social se redujera a cero. La gente lo miraba en la calle, murmuraban, los niños lloraban al verlo y un par de veces sufrió de hostigamiento por su apariencia.

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Pero, en la primavera de 2012, recibió una llamada que cambiaba su vida:

El doctor Mardini le dijo que la Clínica Mayo iba a lanzar un programa de transplante de cara y que él podría ser el paciente ideal. El médico ya había comenzado a viajar a Francia, Boston y Cleveland para reunirse con médicos que habían hecho trasplantes, para aprender a realizar la cirugía. Andy estaba extremadamente feliz, pero el doctor calmó un poco su entusiasmo: «Piénsalo muy bien, sólo alrededor de dos docenas de trasplantes se han hecho en todo el mundo, debes comprender los riesgos y las secuelas». Pero Andy apenas podía contenerse: «¿Cuánto tiempo hasta que pueda hacer esto?» preguntó.

«Cuando te ves como yo, cada poco de esperanza que tienes, sólo saltas sobre ella… y esta sería la cirugía que me iba a llevar de vuelta a la normalidad»

Andy Sandness

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Cuatro años más tarde, en enero de 2016, el nombre de Andy fue añadido a la lista de espera de la United Network for Organ Sharing. Mardini calculó que se necesitarían hasta cinco años para encontrar el donante adecuado: un hombre con el tipo de sangre y tejidos correspondientes, aproximadamente del mismo tamaño que Andy, dentro de un rango de edad de 10 años y un tono de piel cercano….

Pero, sólo cinco meses después, Mardini recibió una llamada: podría haber un donante. Llamó a Andy, advirtiendo que era sólo una posibilidad. Al día siguiente, Mardini consiguió la última palabra: la familia del donante había dado el visto bueno.

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El donante era Calen «Rudy» Ross, un joven de 21 años que, al igual que Andy, había tenido un intento de suicidio… lamentablemente, exitoso. Pero, su tragedia le cambiaría la vida a otra persona. Su esposa, Lilly, de 19 años, dice que cuando le propusieron hacer el transplante, al principio tuvo miedo de algún día ir caminando por la calle y encontrarse con la cara de su marido; pero que, tenía 8 meses de embarazo y que algún día le gustaría poder contarle a su hijo, la historia de su padre y de cómo le salvó la vida a otra persona. Así que, accedió.

El doctor Mardini  cuenta que: «Nos dieron escalofríos cuando vimos lo cerca que estaban en el color del pelo, la piel… el aspecto general. Podría ser su primo». Estaba todo destinado.

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En la sala de operación, unos 60 cirujanos, enfermeras, anestesiólogos y otros se prepararon para lo que sería una maratón de 56 horas. La cirugía que comenzó poco antes de la medianoche del viernes terminó el lunes por la mañana.

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Una de las partes más intrincadas de la cirugía fue identificar las ramas del nervio facial en ambos hombres y estimularlas con una corriente eléctrica para determinar su función. Eso permitió a los médicos hacer las transferencias correctas, así que cuando Andy piensa en sonreír o cerrar los ojos, por ejemplo, esos movimientos realmente suceden. Después de que la cirugía terminó, Mardini proclamó que era «un milagro».

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Andy, que estuvo sedado durante varios días, no pudo ver el resultado inmediatamente. Su espejo de la habitación y teléfono celular fueron eliminados. Su padre, Reed, le decía: «Andy, nunca te he mentido. Vas a ser feliz cuando lo veas «.

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Cuando por fin se pudo observar, escribió en una hoja de papel «es mucho más de lo que imaginaba» y se la entregó al doctor Mardini, quien la leyó en voz alta para el resto del equipo, con la voz quebrada de la emoción. Le dijo: «no sabes lo que eso significa para nosotros».

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Lilly, por su parte, recibió fotos de Sandness antes y después del trasplante: «Estoy emocionado por que él que está recuperando su vida». Tanto ella como Sandness esperan encontrarse algún día. Por ahora, Andy sólo le ha escrito una carta de agradecimiento, en la que se refirió a las cosas favoritas de su donante: «Aún seguirá amando la caza, la pesca y los perros – a través de mí».

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Su transformación no es sólo visible. Después del fallido intento de suicidio dice que, cuando soñaba, todavía tenía su rostro viejo. Ahora, su nuevo rostro aparece en sus sueños.

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Hoy, Andy tiene 31 años y dice que no puede estar más feliz. Recuperó su vida, ya no se siente extraño y sólo planea volver a trabajar y conocer alguna buena chica con quien casarse y forma una familia.

Historia con un lindo final. 

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