Por Felipe Costa
5 enero, 2021

Al llegar a la Isla de Itamaracá se dieron cuenta de que el paisaje estaba rodeado de botellas de vidrio como basura y al no contar con una casa propia, decidieron comenzar su proyecto aún sin tener conocimientos de construcción. Madre e hija trabajaron juntas durante la pandemia y lo lograron.

El sueño de la casa propia, en la actualidad, se ha vuelto todo un desafío en un mundo donde la demanda es cada vez más alta y los precios están por las nubes, en especial en grandes urbes. Teniendo esto en mente, una madre y su hija querían cumplir su deseo de al fin tener su propio hogar, pero su visión de futuro al ser algo particular, las impulsó a tomar una decisión admirable y ejemplar.

Globo

Edna y Gabrielly, son madre e hija respectivamente. Ambas abandonaron hace un tiempo la congestionada ciudad de Curitiba en Brasil, para irse a vivir a la Isla de Itamaracá. Lo que no tenían realmente planeado es que construirían su propia casa a base de miles de botellas de vidrio que encontrarían tiradas en la playa y en la arena, informa el Globo.

Al llegar, se percataron de que la isla tenía un panorama especial. Encontraban botellas por todas partes, botes, arenas y calles. Edna quien trabajó durante 18 años en reciclaje, decidió recolectarlas para reciclar.

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Fue entonces que se les ocurrió ocupar las botellas para construcción. No tenían experiencia alguna, pero si sabían el proceso previo, por lo que ambas iban juntando los envases de vidrio de la región y posteriormente los limpiaban cada uno para evitar desperdicios que comprometieran el armado de la casa.

Arduamente y durante la pandemia, se transformó en su proyecto madre e hija. Trabajando por 6 largos meses, todos los días, unas 8 horas, a base de ensayo y error, pues todo lo que sabían de construcción lo fueron aprendiendo en el camino. Iban juntando lotes de cuatro a seis botellas para armar los bloques y pegarlos con mortero. De a poco iba tomando forma.

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“La botella de vidrio, la tiras al piso, es infinita, no se descompone. Se juntó la necesidad de tener una residencia, de estar viviendo en Itamaracá y de tener este fuerte problema de basura aquí. Al ver la gente que intentaba solucionar este problema con la basura, se me ocurrió la idea de construir mi casa botella, para hablarle a la sociedad que esto no es basura”.

–Edna a Globo

De un total de 5000 botellas recolectadas, 4.298 terminaron en las paredes de la nueva casa. Aquello que parecía basura ahora era el ejemplo de que el reciclaje puede tomar distintas formas y que lo que falta es creatividad y ganas.

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Gabrielly y Edna apodaron su hogar como la Casa de Sal, una respuesta a la demanda de vivienda y ecología popular, con una visión de futuro. Ambas están seguras de que esta es una de las tantas formas que adoptarán las viviendas en de ahora en adelante.

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