Por Antonio Rosselot
8 noviembre, 2019

Un cojín muy esponjoso y muy morboso.

En incontables veces nos hemos referido a aquellos productos que se originan en lo más profundo del intelecto humano, teniendo que escarbar bastante en los conocimientos propios para identificar un problema general e idear una solución al respecto.

Pero hay veces en que todo se torna muy raro. No sabemos si los astros se alinearon o si hubo alguna manifestación sobrenatural que haya afectado la psiquis de estos productores, pero consideraron que era una buena idea hacer un enorme cojín con la forma de la pata de un cerdo ahumado.

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¿Por qué sabemos que está ahumado? Porque la parte de las pezuñas está más encorvada, tal como cuando el lechón sale del horno.

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Independiente de lo morboso que es este cojín, hay que reconocer que se ve absolutamente idéntico a una pata de cerdo: los detalles, la iluminación, la forma, los colores… me pongo incómodo con pensar en lo parecido que se ve.

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Y se pondrá peor, cuando se enteren de que este cojín está hecho en un 100% de suave felpa y relleno de algodón. No deja de generarnos sensaciones mixtas: el rechazo y las ganas de abrazar, el hambre y el asco, el shock visual y el valor del arte moderno.

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No sé en qué mundo se le podría regalar este cojín a alguien, pero la verdad es que se ve muy cómodo para abrazar y dormir una larga siesta. Sin embargo, no sería raro que despiertes encima de una bandeja y con una manzana en la boca, cual lechón de Navidad.

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Bueno, en verdad sí, sería raro. Pero nunca tan raro como este cojín.

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