Por Antonio Rosselot
11 marzo, 2020

Nurman Farieka Ramdhany (25) recicla patas de pollo provenientes de mercados y restaurantes, para luego trabajarla a mano y hacer sus distinguidos zapatos que se ven similares a unos hechos con piel de cocodrilo o de serpiente.

La creatividad y las habilidades manuales no son para todos, digámoslo así. Hay personas que nacen pudiendo dibujar, diseñar y construir sin mayor dificultad, así como también las hay quienes simplemente no son capaces de plasmar ningún tipo de figura en un papel, tal como el redactor que les escribe.

Pero en este caso, un emprendedor indonesio encontró una manera ecológica, efectiva y bastante novedosa para armar zapatos: usando la piel de la planta de las patas de las gallinas, la que recibe directamente de mercados y restaurantes.

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Nurman Farieka Ramdhany tiene 25 años y está a cargo del negocio de los zapatos con piel de gallina. Después de un buen período de tiempo investigando el material con su padre, decidieron aventurarse haciendo sus primeros calzados en 2017; hoy trabaja con cinco personas más —incluido su padre— produciendo zapatos, en jornadas de trabajo sin descanso que podrían durar hasta 10 días. 

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¿Y cuál es la gracia de la piel de pata de gallina? Su durabilidad. La piel tiene una textura y patrón similar a la de la serpiente o el cocodrilo, ambas pieles reconocidas por ser firmes y de alto costo. Esta versión es igual de lujosa, pero mucho menos costosa: los zapatos van desde los 35 a los 140 dólares.

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Ramdhany comenta que su motivación principal era usar un producto que generalmente se desecha y se pierde para darle una nueva utilidad, esta vez en forma de zapatos. El artesano dice que los clientes quedan muy satisfechos con su trabajo, señalando que «nuestros productos son cómodos de usar. Hasta el minuto, la respuesta del mercado ha sido positiva».

Y la verdad es que los zapatos se ven muy bonitos, a lo que se le suma la técnica ecológica y de reutilización que Ramdhany estableció como prioridad en su negocio.

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Según las cifras, los desechos de comida podrían alcanzar la abismal cifra de 2 billones de toneladas para 2030, e iniciativas como la de Ramdhany contribuyen a que esa cifra sea menor. ¡Es hora de tomar acción!

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