Por Carolina Mila
6 enero, 2015

Un cuerpo grande también tiene sus ventajas. Así lo explica Kelly Coffey, quien perdió más de 60 kilos hace 10 años.

Yo solía pesar más de 130 kilos. Fumaba como preso, tomaba como un guitarrista de blues, comía lo que quería cuando quería, y nunca, jamás hacía ejercicio.

El 2003 perdí más de la mitad de mi peso corporal. El 2007 comencé una muy exitosa carrera de entrenadora personal. Hoy, estoy lo suficientemente en forma como para correr (aunque suelo preferir no hacerlo), y lo suficientemente delgada como para entrar cómodamente en un par de jeans talla 36 (aunque en general uso ropa deportiva muy elástica).

portada

Podrían pensar que cuando reflexiono acerca de mis anteriores 130 kilos, lo hago con desprecio, o compasión. Claro que no. Mientras más tiempo pasa y me mantengo delgada, cada vez más extraño las ventajas de tener un cuerpo tan grande que hacía que las personas a veces miraran hacia otro lado. Puede sonar extraño para algunos, pero aquí hay cinco cosas que extraño de mi obeso cuerpo anterior:

1. Poder

iStock_000054337792_Large

El ser gorda me daba una fuerza física natural. Como persona delgada, tengo que salirme de mi camino para ser fuerte. A pesar de que entreno mi fuerza diariamente, no estoy ni cerca de lo poderosa que solía ser. Había un tiempo en el que podía levantar fácilmente un sillón para subirlo y bajarlo de un camión de mudanza (no uno en movimiento, el ser gorda nunca me dio superpoderes). Hoy, me cuesta trabajar con cosas pesadas. Extraño la fuerza natural, orgánica que solía dar por sentada, el auténtico poder proveniente de moverme bajo el peso de mi grasa cada día.


2. Comodidad

iStock_000054642434_Large

A la hora de dormir, me acuesto en un mar de almohadas. Mi marido se ríe de mi, pero necesito todas esas almohadas porque pasé la mayor parte de mi vida en un cuerpo grande y suave. Cuando me acuesto de lado, el hueso de mi rodilla chocando con el de la otra rodilla es suficiente para mantenerme despierta toda la noche; abrazo una almohada para compensar por la gran expansión de estómago en donde mi brazo solía descansar. No he dormido sobre mi estómago hace más de una década porque perdí mi vientre redondo que suavizaba el espacio entre mi espina dorsal y la cama. También, podría escribir un artículo completo sobre lo horrible que se siente sentarse en una superficie dura con un trasero huesudo. El coxis y los asientos duros: nunca deberían encontrarse.


3. Perspectiva

iStock_000052187802_Large

Cuando era gorda, entendía que la mayoría de los cambios de peso son breves e insignificantes. Al pesar 130 kilos, usaba ropa lo suficientemente indulgentes para acomodar 5 kilos más o 5 kilos menos, así que no pensaba mucho al respecto. Tristemente, ahora el pasar de una talla 34 a una 36 me vuelve loca de una manera que nunca me pasó cuando pasaba de talla 56 a una 58. Extraño la libertad que tenía antes, de ser capaz de no notar cada kilo, y no obsesionarme al respecto.

Como una mujer obesa, experimentaba el mundo cada día en un cuerpo que era juzgado, subestimado, demonizado, ridiculizado, temido, despreciado y evitado. Estas horribles experiencias me dieron más empatía, más carácter, más personalidad, y una perspectiva más amplia y rica de lo que una vida de delgadez me habría podido dar (no me salten encima mujeres delgadas e interesantes, estoy hablando por mi misma). También tengo una mayor y más significativa apreciación por mi salud y el cuerpo que tengo hoy, y por ningún motivo lo daría por sentado. Sin mencionar el profundo respeto que automáticamente siento hacia cada persona que no calza en el molde típico (blanca, heterosexual, de clase media, de cuerpo capaz).


4. Amistades

iStock_000051358282_Large-(1)

Comenzar y mantener amistades era más fácil cuando era gorda. Las mujeres rara vez me veían como una rival, y eran menos cohibidas de lo que son con mi cuerpo actual. My gran cuerpo hacía que fuera más fácil para mis pares el bajar la guardia, y ser ellos mismos. Porque me sentía menos cuando era gorda, era mucho más flexible y complaciente, y solía editarme al máximo para un mayor atractivo social.

Las amistades hoy tienden a estar más rociadas de inseguridades. Segura y cándida, fuerte y extrovertida, hoy puedo presentar a mi yo verdadero, y a veces, irritar al tipo de personas a las cuales solía someterme antes. Las amistades que se han mantenido requieren conversaciones reales, a veces incómodas, de corazón a corazón, y una mente verdaderamente abierta; pueden ser agotadoras. Cuando he tenido un día largo y difícil, extraño las amistades comparativamente fáciles de los tiempos pasados.


5. Presencia

iStock_000054080632_Large

Finalmente, hay una extraña desconexión entre mi tamaño dentro de mi mente y mi tamaño—el tamaño de mi cuerpo—en el mundo. El “yo” dentro de mi cerebro es grande. Mi voz es grande. Mis emociones son grandes. Mi actitud es grande. Hace 10 años, toda esa ‘grandeza’ se reflejaba en mi cuerpo gordo, redondo, imposible de pasar por alto. Ahora mi personalidad y mi cuerpo se sienten disparejos, como si mi mente estuviese caminando en zapatos demasiado pequeños. Extraño sentirme como total cohesionado. Extraño ocupar de gran espacio que solía necesitar.

Mientras más tiempo soy delgada, más me enamoro el cuerpo gordo que solía tener, y con la mujer que era antes de perder peso. Soy la persona más afortunada que conozco, en gran parte porque mi personalidad y perspectiva se desarrollaron en el contexto de ser una mujer gorda.

Hoy, puedo trabajar con mujeres y hombres de todos los tamaños, y todo tipo de habilidades. Los amo, a cada uno de ellos, por dentro y por fuera, y amo ayudarlos, a veces más rápido, a veces más lento, a enamorarse de cada uno de sus cuerpos, perfectamente imperfectos.

Visto en Strong Coffee.

Puede interesarte