Por Candela Duato
18 diciembre, 2014

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Este artículo fue originalmente escrito por Lauren Casper para Huffington Post.

Estaba cansada, apurada, frustrada y lista para irme a casa. John estaba llevando a mi hijo Mareto en el carrito lo más rápido posible antes de que la crisis se pusiera peor. Estábamos desesperados intentando abrir una barra de cereal en un esfuerzo para contener las lágrimas. Arsema, mi hija, estaba colgada en mi pecho. Gotas de sudor se estaban formando en mi frente, en parte causadas por mi vergüenza, pero mayoritariamente debido al calor y la cantidad de energía que estaba ocupando corriendo a través de Trader Joe’s con mi bebé amarrada al pecho, y mi hijo pequeño gritando detrás de mí.

Definitivamente no me sentía como para competir para los premios de mamá del año. Me sentía como un desastre acalorado. De hecho, estaba sinceramente rogando que nadie nos mirara demasiado detenidamente…que de alguna manera fuésemos invisibles a las personas dando vueltas alrededor de nosotros. Era caótico, agotador, y desafortunadamente, una experiencia bastante común para nosotros.

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Nuestra familia no pasa realmente desapercibida. No solo somos dos padres blancos con una hija y un hijo cafés (algo que la gente no puede dejar de observa), sino que nuestro hijo tiene notables retrasos de desarrollo y diferentes comportamientos causados por su autismo, y nuestra hija tiene diferencias físicas con sus dedos faltantes y palmeados. En otras palabras, cuando salimos todos juntos, llamamos la atención. En general esto no me molesta, y usualmente me encanta. Mis niños son maravillosos, y nuestra historia también lo es.

Sin embargo, a veces, en esos días en donde estamos lejos de tener todo bajo control, sí me importa. Esos días en los que sólo quiero poder mezclarme con la multitud y esconderme muy lejos de esas miradas curiosas. Algunos días me canso de todo, y quiero ser simplemente una familia. No la familia adoptiva. No la familia con niños que tienen necesidades especiales. No la familia única…sólo una familia. Este era un día de esos.

Estaba cerca de las lágrimas mientras John se llevaba a Mareto para guardar el carrito. Me apuré hacia las puertas con Arsema en mi pecho para llegar al auto lo más rápido posible, cuando una voz detrás de mí hizo que redujera mis pasos.

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«¡Señora!» Me llamó. Fui un poco más lento, esperando y rogando que no me estuviese hablando a mí.

«¡Señora!» Dejé de caminar y me di la vuelta para encontrarme con una joven mujer corriendo hacia mí. Una gran sonrisa cruzaba su rostro, e inmediatamente noté sus increíbles rizos negros, iguales a los rizos negros apretados contra mi pecho, haciéndome cosquillas en la barbilla. Reconociendo su polera, me di cuenta de que ella trabajaba ahí, y asumí que se me había caído algo. La miré aguantándome las lágrimas, esperando.

«Sólo quería entregarle este ramo de flores….» La miré bien y vi las flores en sus manos. Rápidamente siguió explicando…

«Fui adoptada de bebé, y ha sido increíblemente maravilloso. Necesitamos más familias como la suya”. La miré fijamente, aturdida. ¿No había visto el desastre que éramos en la tienda? ¿No había visto que apenas podíamos mantenernos en pié? ¿No podía ver todas esas cosas que yo veía como fallos maternales?

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Mientras me pasaba las flores, me las arreglé para darle las gracias, y traté de explicarle lo mucho que esto significaba para mí. Me palmoteó el hombro, me dijo que mi familia era preciosa y caminó de vuelta a la tienda.

Mis pasos fueron mucho más lentos al caminar hacia el auto con mis brazos llenos de flores y lágrimas que se habían derramado de mis mejillas. En un día en el que me sentía como el peor ejemplo de familia…un día en el cual lo único que esperaba era que nadie nos viese… ella lo hizo. Pero ella no vio lo que yo asumía que todos estaban pensando. Ella no pensó que yo asumía que todos estaban pensando. Ella vio belleza, y amor, y esperanza y familia. Ella pensó que éramos maravillosos. Y eso la hizo sonreír.

Desearía haber anotado su nombre. Desearía poder volver y decirle, dos años después, lo que su regalo continúa siendo para mí el día de hoy. Para la bellísima joven mujer que nos vio: gracias, desde el fondo de mi corazón. Eres un tesoro.

Visto en Huffington Post. 

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