Por Candela Duato
17 noviembre, 2014

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Estaba parada ahí, sin moverse, mirando fijamente la puerta cerrada.

Estaba parado detrás de ella, en el mismo estado de parálisis total. Me confundía el porqué de su falta de movimiento, tenía 7 años.

Luego lo entendí: Estaba esperando que yo le abriera la puerta. No me lo dijo con esas palabras, en vez de eso, me lo mostró. Esa era mi mamá.

En el hogar en el que crecí se le daba mucha importancia a los modales. Había maneras en las que las cosas funcionaban y no podías estropearlo. A mi hermana y a mí nos enseñaban todo sobre los codos y la mesa, señor y señora, el contacto visual, y por supuesto, abrirle la puerta a alguien. Aunque eran modales que servirían para todos, tenía más que ver con feminismo.

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Soy feminista. Lo he sido toda mi vida, aunque no me di cuenta hasta que tenía 11. Déjame explicarlo.

La casa en la que crecí, esa con los modales excelentes, era un hogar dirigido por una madre soltera, su nombre era Martha Lockwood.

Mi mamá se dedicó día a día a criarnos a mi hermana y a mí al mismo tiempo que trabajaba en una tienda de pantalones todo el día. Mis padres se separaron cuando tenía 7 años, momento en el que mi hermana y yo tuvimos que comenzar a ayudar con las tareas de la casa. Se me enseñó (sólo una vez) cómo lavar mi ropa. Sabía dónde se guardaba la aspiradora, porque la usaba con regularidad. El limpiador y yo nos conocíamos bien. Todos cooperábamos y hacíamos que las cosas funcionaran porque teníamos que hacerlo, porque cuando los padres trabajan, los niños tienen que asumir más responsabilidades y porque cuando un sólo padre trabaja los niños tienen que aprender a cocinar.

Si bien mi mamá me enseñó cosas importantes, sobre todo a la hora de criar niños, lo más importante que me enseñó es que no crías niños, crías adultos.

Así que fue con esta visión, a medida que me acercaba a mi cumpleaños número 11, que mi madre comenzó a hablarme de su vida y de la realidad que vivía en su trabajo. Aprendí que había hombres que de verdad hablaban haciendo como si mi mamá no estaba presente. Estas eran cosas que entendía que pasaban, y que le pasaban a mi mamá.

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Así que ahí estaba yo, a los 11 años, teniendo una conversación real con un adulto, lavando la ropa, cocinando; cuando de la nada me di cuenta que no era un niño común. No sé como llegué a esa idea. Quizás fue por ese niño Jayson que dijo algo como ‘¿Por qué estás haciendo eso? Eso lo hacen las mamás.’ Me confundía la razón por la cual esto fuese algo que las mujeres tenían que hacer. Para mí estas eran cosas que se hacían en la casa, algo necesario que existía entre yo, el tiempo y mi skate.

Creo que fue ahí cuando me volví feminista. No me estaba definiendo de acuerdo a Steinem o adhiriéndome a los postulados del feminismo radical, sólo pensaba que no era correcto que lo que mi hermana y yo hacíamos se considerara un ‘trabajo de mujeres.’ La mujer de nuestra casa estaba afuera, trabajando para conseguir dinero. Ese fue el momento inicial en el que apoyé los derechos humanos con respecto a la igualdad política, social y económica con los hombres.

Mi esposa y yo tenemos dos hijas. Estoy muy feliz de que hayan más mujeres en mi vida porque, francamente, considero que son más inteligentes y menos dadas a ser como Jayson. Nuestra hija mayor, Frieda, tiene 7 años. Está a punto de llegar a la edad donde, pronto, me pararé en frente de una puerta cerrada y esperaré compartir un momento en silencio con ella, y que ella tome la iniciativa para ayudarme.

Solía pensar que mi mamá me hacía pararme ahí cuando tenía 7 para enseñarme a ser un caballero, un concepto lleno de las trampas de la caballerosidad y que no calza muy bien con la igualdad que demanda el feminismo. Hoy me he dado cuenta que en realidad me estaba enseñando que era mi obligación ser respetuoso, mantener mi cabeza en alto y mirar el mundo a través de los ojos de los demás. Me estaba enseñando a ser un humano gentil y que lo que busca el feminismo es lograr la igualdad.

 Original.

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