Por Andrea Araya Moya
9 abril, 2015

“¿Qué puedo hacer para que tu vida sea mejor?” Eso es amor.

Este artículo fue originalmente escrito por Richard Paul Evans para Huffington Post

Mi hija mayor, Jenna, me dijo hace poco, “mi mayor miedo cuando era pequeña era que mamá y tú se divorciaran. Luego, cuando tenía 12 años, decidí que como ustedes peleaban mucho, tal vez sería mejor que sí lo hicieran”. Después añadió con una sonrisa, “estoy feliz de que ustedes pudieran solucionar sus diferencias”.

Durante años mi esposa Keri y yo peleamos. Mirando atrás, no estoy seguro de qué fue lo que inicialmente nos unió, porque nuestras personalidades no encajan del todo bien. Y mientras más tiempo pasaba estando casados, las diferencias entre nosotros parecían ser peor. El encuentro con “la fama y la fortuna” no hacía más fácil nuestro matrimonio, de hecho, exacerbaba nuestros problemas.

La tensión entre nosotros era tan mala, que irme de gira por el libro era un alivio. Nuestra lucha se hizo tan constante, que incluso era difícil imaginar una relación pacífica. Estábamos permanentemente a la defensiva, construyendo una fortaleza emocional alrededor de nuestros corazones. Estábamos al borde del divorcio y más de una vez lo discutimos.

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Yo estaba en la gira del libro cuando las cosas llegaron a un punto crítico. Habíamos recién tenido una gran pelea por teléfono y Keri me había colgado. Estaba solo y solitario, frustrado y enojado. Había llegado a mi límite.

Ahí es cuando fui con Dios o, mejor dicho, me fui contra Dios. No sé si se le puede llama oración, gritarle a Dios no es orar, capaz sí, pero yo estaba comprometido y nunca lo olvidaré. No podía entender por qué el matrimonio con Keri era tan difícil. En el fondo sabía que Keri era una buena persona, pero, ¿por qué no nos podíamos llevar bien?, ¿por qué me había casado con alguien tan distinto a mí?, ¿por qué ella no estaba dispuesta a cambiar?

Finalmente, destruido me senté en la ducha y comencé a llorar. En lo más profundo de mi desesperación, llegó a mí una poderosa inspiración. No puedes cambiarla. Sólo puedes cambiar tú mismo. En ese momento comencé a rezar. Si yo no la puedo cambiar, entonces Dios cámbiame a mí. Recé durante la noche y recé durante el siguiente día en el vuelo a casa. Recé mientras entraba en la casa con una esposa fría que apenas me reconocía. Esa noche mientras nos acostamos en la cama, a centímetros de sí, sin embargo, kilómetros de distancia, la inspiración vino. Sabía lo que tenía que hacer.

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La mañana siguiente me di la vuelta en la cama junto a Keri y le pregunté, “¿Qué puedo hacer para que tu día sea mejor?”

Keri se veía furiosa: “¿Qué?”

– “¿Qué puedo hacer para que tu día sea mejor?”

“No puedes”, dijo. “¿Por qué me estás preguntando eso?”

– “Porque lo siento”, dije. “Yo sólo quería saber qué puedo hacer para que tengas un día mejor”. 

Ella me miró con cinismo.

– “¿Quieres hacer algo? Anda a limpiar la cocina”.

Ella esperaba que yo me enojara, en cambio, sólo asentí. Me levanté y limpié la cocina.

Al día siguiente le pregunté lo mismo. “¿Que puedo hacer para que tu día sea mejor?”. Sus ojos se estrecharon. “Limpia el garaje.”

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Respiré profundamente. Yo ya tenía un día ocupado y sabía que ella había hecho la petición a pesar de eso. Tuve la tentación de explotar. En cambio le dije, “Está bien”. Me levanté y durante las siguientes dos horas limpié el garaje. Keri no estaba segura que pensar. Llegó la mañana siguiente.

“¿Que puedo hacer para que tu día sea mejor?”.

– “Nada”, dijo. “No puedes hacer nada. Por favor deja de decir eso”.

– “Lo siento”, dije, “pero no puedo”. “Hice un compromiso conmigo mismo. ¿Qué puedo hacer para que tu día sea mejor?”

“¿Por qué estás haciendo esto?”

– “Porque me importas”, dije. “Y nuestro matrimonio”.

La mañana siguiente le pregunté nuevamente, y la siguiente. Luego, durante la segunda semana, ocurrió un milagro. Cuando le hice la pregunta, los ojos de Keri se llenaron de lágrimas. Luego se puso a llorar. Cuando pudo hablar dijo, “por favor deja de preguntarme eso. Tú no eres el problema, soy yo. Es difícil convivir conmigo. No entiendo por qué sigues conmigo”. 

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Levanté suavemente su mentón hasta que ella estaba mirándome a los ojos. “Es porque te amo”, le dije. “¿Qué puedo hacer para que tu día sea mejor?” “Yo debería preguntarte eso”. “Sí, deberías”, dije. “Pero no ahora, ahora mismo yo soy el que necesita hacer un cambio. Tú necesitas saber lo que significas para mí”. Ella puso su cabeza en mi pecho. “Lo siento por haber sido tan mala”. “Te amo”, le dije. “Y yo te amo a ti”, respondió. “¿Qué puedo hacer para que tu día sea mejor?” Me miró dulcemente y dijo, “¿podemos tan solo pasar un tiempo juntos?” Sonreí. “Me gustaría eso”.

Continué preguntando por más de un mes, y las cosas cambiaron. Las peleas cesaron. Luego Keri comenzó a preguntarme, ¿Qué necesitas de mí? ¿Cómo puedo ser una mejor esposa? Las murallas entre los dos cayeron. Comenzamos a tener conversaciones con sentido, de qué queríamos de la vida y cómo podíamos hacer al otro más feliz. No, no resolvimos nuestro problemas. Tampoco podría decir que nunca más peleamos. Pero la naturaleza de nuestras peleas cambió. No sólo eran cada vez más raras, además, carecían de la energía que alguna vez tuvieron. Las privamos de oxígeno. Simplemente ya no estaba en nosotros el hacerle daño al otro.

Keri y yo ahora llevamos más de treinta años casados. No sólo amo a mi señora, me gusta. Me encanta estar con ella. La deseo. La necesito. Muchas de nuestras diferencias se han transformado en fortalezas y otras ya realmente no importan. Aprendimos cómo cuidar del otro, más importante, hemos ganado el deseo de hacerlo. El matrimonio es difícil, pero al igual que la paternidad, o mantenerse en forma, o escribir libros, o como cualquier otra cosa importante que valga la pena en la vida. Tener una pareja en la vida es un regalo notable. También he aprendido que la institución del matrimonio puede ayudarnos a sanarnos de nuestros peores defectos. Y todos los tenemos.

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Con el tiempo he aprendido que nuestra experiencia fue una muestra de una lección mucho mayor del matrimonio. La pregunta que todos en una relación comprometida debieran hacerse es, “¿qué puedo hacer para que tu vida sea mejor?” Eso es amor. Las novelas de romance son todas de deseo y felices para siempre, pero el “felices para siempre” no nace del deseo, al menos no en el tipo representado en los romances de ficción. El verdadero amor no es desear a una persona, sino que realmente desearles las felicidad, incluso a costa de la propia felicidad. El amor verdadero no es hacer del otro una copia de uno mismo. Es expandir nuestras propias capacidades de tolerancia y preocupación por buscar el bienestar del otro. Todo lo demás es una farsa de interés propio.

No estoy diciendo que lo que nos pasó a Keri y a mí va a funcionar para todos. Ni siquiera estoy diciendo que todos los matrimonios deben ser salvados. Pero para mí, estoy increíblemente agradecido por la inspiración que me llegó ese día tanto tiempo atrás. Estoy agradecido de que mi familia esté intacta y que todavía tengo a mi esposa, mi mejor amiga, en la cama junto a mí cuando despierto en la mañana. Y estoy agradecido de que, incluso ahora, décadas después, de vez en cuando uno de los dos se da vuelta en la cama y dice, “¿qué puedo hacer para que tu día sea mejor?”. Tanto oír como decir esa pregunta es algo por lo cual vale la pena levantarse en la mañana.

Visto en Huffington Post & Imágenes de We Heart It

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