Por Laura Silva
20 mayo, 2015

Mis inseguridades crecieron totalmente, pero logré superarlo.

Sé que no soy la primera, por todas las experiencias que había oído ya antes y porque al vivirlo me encontraba con casos similares. Pero no dejo de pensar en que debo hablar por todas las mujeres que están pasando por esto por primera vez, tal como me pasó a mí, que solo necesitaba oír algo como “lo vas a superar, yo también estuve ahí“.

Y es que hoy quiero hablar de mi embarazo. No tanto del proceso y qué sentí en cada mes, la conexión que sabía que tenía con mi hijo desde antes que naciera… sino que de cómo me sentí como mujer, cómo se vio afectada mi vanidad y la parte más superficial de mi ser salió a flote, dejando de pensar en lo maravilloso que era cargar a una vida en gestación en mi vientre.

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Siempre fui muy delgada. Más que delgada, estilizada. Mi cuerpo estaba marcado por la buena genética, porque no puedo decir que era una gran deportista ni fanática de la actividad física. Hacía lo que tenía que hacer, caminaba harto, comía adecuadamente, pero nunca me estresé por mantener mi figura. Y era de eso de lo que me jactaba.

Pero cuando decidí tener un hijo y por fin tuve la excelente noticia de que estaba esperando uno, no sabía aún qué era exactamente lo que me esperaba, físicamente hablando.

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Al quedar embarazada y pasar los meses, comencé a ver lo que se aproximaba. Si bien excedí solo en un poco el peso que tenía promediado y recomendado por mes  – de lo que estaba altamente pendiente, anotando cada cosa que ingresaba a mi cuerpo – mi piel no estaba lista para esto. Tal como muchas personas, comencé a generar estrías en mi piel. No tenía el tipo de piel para soportarlo, aún usando todas las cremas y trucos que tenía a mi alcance.

Pero eso fue solo una parte. El mirarme al espejo al pasar los meses se me hacía imposible. Y, por sobre todo, surgió la inseguridad. Desde la perspectiva de otros, me veía muy similar a sin estar embarazada, solo que cuando estaba de lado o frente podías ver esta hermosa protuberancia en medio de mí. Pero estaba cansada, mis hormonas me tenían agotada y me sentía poco atractiva para mi esposo.

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Ese fue el mayor desafío, pensar que nunca me volvería a ver de la misma manera. Sentía que era un monstruo y que él lo estaba comenzando a notar. A pesar de que ante sus ojos pudiera ser la mujer más bella del mundo, que tenía dentro de mí a su hijo y era el plan que quería llevar a cabo. Pero mi cuerpo me pesaba, las ideas se me atragantaban y estaba segura de que ya no me querría besar, ni tocar, ni hacer más que abrazarse conmigo en las noches. Si quiera.

Fue difícil mientras lo estaba viviendo. Esta inseguridad… ni siquiera por ser de tal o cual manera, sino por sentir y saber que mi cuerpo parecía el de una mujer extraña. Peor me tuve que enfocar en lo que realmente estaba pasando: aunque fuese así, indeseable para mi esposo, realmente eso no tenía valor comparado con lo que estaba pasando dentro de mí. Me centré en ese pensamiento, y todo cambió. Y para qué decir mis otros embarazos… dieron un vuelco total.

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