Por Laura Silva
17 junio, 2015

Todos los temores que tenía, estaban solo en mí.

Las mujeres tenemos muchas particularidades. En general, los humanos, pero creo que nosotras aún más. Nos aferramos a todo tipo de cosas que no deberíamos tener como pilar. Y el mío, era mi cabello.

Toda mi vida había tenido una larga cabellera. Trataba de cuidarla al máximo, algunas veces teniendo más éxito que otras. Pero siempre lo mantenía unos dedos bajo el hombro. Lo cortaba como ritual para cuidarlo y eliminar las puntas más descuidadas, lo normal, no más que eso. La única vez que recordaba, o más bien sabía que tenía el cabello corto fue cuando era bebé. Después de eso siempre tenía a tenerlo largo, con un poco de ondas, y nada más. Siempre suelto.

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De alguna manera transformé en mi cabello en algo que me identificaba. A todos nos pasa esto, pero hay algunas personas que se expresan más a través del cabello que otras. Mi cabello no tenía un color ni corte especial, pero era tal como yo me sentía. Era algo mío, que me hacía resaltar por su largo. Y así es como lo fui transformando en algo de valor para mí. Mi cabello era mi escudo emocional.

Mientras crecía y comenzaba la etapa de la universidad, comencé a ganar bastante peso. Y es ahí cuando mi cabello se volvió más importante que nunca. Al cuidarlo y lucirlo, hacía que la atención se desviara a otra parte de mí que no fuera mi cuerpo, con el que me sentía contenta, pero insegura. No pretendía cambiar esa situación, y menos la de mi pelo. Al momento de salir especialmente, lo arreglaba más y me preocupaba de que me cubriera. Como era largo, podía usarlo como un accesorio más, uno que disimulara los kilos que no quería aceptar, me hacían sentir incómoda.

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Pero, ya que la vida nos quiere dar lecciones, algo tenía que pasar. Parece de caricatura, pero un día estaba haciendo una receta, y mientras me encargaba de preparar un caramelo, olvidé que tenía mis manos llenas de la mezcla, y acudí sin pensarlo a tocar mi cabello para asegurarme de que mi coleta estaba en su lugar. Luego me lavé las manos, seguimos cocinando, disfrutamos la tarde. Pero cuando llegué a mi casa y solté mi cabello, estaba todo muy pegajoso, con la mezcla casi seca en él. Había pasado mucho tiempo y era mejor cortar ciertas partes. Fue terrible, al menos la mitad de mi pelo se tenía que ir por un descuido estúpido. Fuimos al salón de belleza y no sé de dónde tuve la fuerza de decir «haga lo que quiera con él». Creo que realmente estaba muy mal, para que diera ese permiso.

Pues mi cabello quedó con suerte hasta mi hombro. Sí. No me había dado cuenta de la importancia que le daba, pero cuando lo corté, no quería salir de la casa. Sentía que me estaría exponiendo a que todos vieran quien era en verdad, cuando en verdad era yo la que no lo aceptaba. Mi familia se burlaba un poco de mí y mi madre me decía que no podía seguir escondiéndome por un corte de cabello. Pues es cierto, no era terrible, solo que había perdido a lo que más me aferraba.

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Al salir y tomar confianza que sentía necesaria, fue que me pude despejar finalmente del peso que sentía emocionalmente, por algo como el cabello. Me hizo sentir mejor que era solo yo la que me criticaba. O sea, no es bueno, pero me sentí aceptada, y tuve que tener la seguridad que creía necesitar. Y eso me hizo confiar mucho más en mí.

Las mujeres nos cortamos el cabello todo el tiempo, por razones emocionales también. Quizás mi caso no es tan fuerte. Pero me enseñó a despojarme de aquello que no es esencial, algo que volverá a crecer, y que debo creer en mí misma.

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