Por Laura Silva
28 mayo, 2015

No encuentro las fuerzas suficientes para dar ese paso.

Por más que sepamos que estás en una etapa que ya tenía que llegar a su fin, porque no estaba haciéndote nada de bien, es difícil. No puedes pronunciar las palabras adecuadas, y te cuesta demasiado dar el paso de tener que finalmente decir lo que ambos saben. Es el final de la relación, pero no logras que tenga el mismo gusto que un final.

Todo se siente demasiado complicado, pero a la vez te gusta cerrar los ciclos. Te gusta saber que verbalizaste que ya no tendrían ninguna posibilidad juntos, y no debía ser una idea en la cabeza de ninguno de los dos. Pero temes perderlo del todo. Sabes que en cuando los dos decidan que ya es demasiado y hay que decir el temido “adiós”, no podrás volver a sus brazos, a sus caricias, a su compañía…

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Pero no es más que una ilusión, que una gran excusa que te inventas porque no eres lo suficientemente valiente. No puedes dar el cierre de esta etapa con todas sus letras, peor tampoco da para más. No crees tener la fuerza para hacer lo que has estado pensando y decidiendo en todo este tiempo. No te sale la voz, llevas la corriente en cada paso. Y en tu cabeza resuena un “ya estoy harta, esto no da para más, no puedo mentirme así a mí misma“. Y no deberías hacerlo, es una sola palabra: adiós.

Ni siquiera tienes que pronunciarla. Quítate esa idea de que solo con palabras, conversando, y un beso o quizás un abrazo, todo se acabará. Sabes que ya todo está acabado hace mucho tiempo, pero lo alargas con la intención de no dejar de soñar. Aún si no han tampoco tratado de arreglar lo rotos que están. Son ilusiones infantiles de que despertarás y este solo ha sido un trago amargo dentro de su relación, y que durarán muchos años más. Te pones a contar el tiempo y sabes que ha pasado mucho; que lo más sabio es sí o sí alejarse y tomar otro camino.

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Entonces, mientras espera que te conteste el celular, mientras estás sentada en la banca cerca de su casa para ver si pasa por ahí y pueden hablar, te rindes. Cedes tu supuesto derecho a una despedida formal aunque sea de palabra. Es solo un capricho, tu corazón no necesita de eso para darle fin a esta relación. Ya está acabada antes de que pronuncies las palabras.

Cuando sientes al otro lado del teléfono que al fin contestan, simplemente cortas. Apagas el celular. Ya no quieres más, y esto está metros bajo tierra. “¡Qué cobarde!“, piensas, porque no te atreviste a decir esa única palabra que acabaría todo… pero lo más necesario era que te pudieras marchar. Y al fin lo has logrado.

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