Por Alex Miranda
2 julio, 2018

“Alto en azúcares”, “Alto en calorías”, son algunas de las etiquetas que han sido inscritas sobre los productos de mayor riesgo y a raíz de las cuales la ciudadanía cambió sus hábitos.

El pasado sábado, Perú aprobó el Manual de Advertencias Publicitarias, en cumplimiento de la Ley en Promoción de la Alimentación Saludable -como se conoce coloquialmente-. En ella, se plantea que los alimentos y bebidas procesadas que excedan los parámetros de sodio, azúcar, grasas saturadas y grasas trans, deben llevar un sello octagonal de color negro y blanco que informe sobre estos contenidos a los compradores. La idea es que sean notorios, feos y que digan claramente el elemento que contiene en exceso.

El caso más cercano a ese país que ha intentado algo parecido es Chile, que hace un par de años puso en marcha una medida similar -por no decir igual- a la que hará Perú, todo en pos de combatir ese gran problema que afecta a un tercio de la población mundial: la obesidad. La formula es una polémica ley de etiquetado de la comida, que fue aprobada en 2016 y que ha sido ampliamente aplaudida por el mundo de la nutrición.

La ley se ha impuesto de manera gradual en la comunidad chilena, las empresas de alimentos se han tenido que acostumbrar a poner estos sellos, a cambiar su publicidad dirigida a niños e incluso han tenido que limitar la venta de estos productos en recintos escolares del país. 

Primeros puestos en obesidad

Pero no fue casualidad que esta medida se implementara primero en Chile, y es que es uno de los países con más altos indices de obesidad de América Latina. El año pasado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reportó que el 63% de la población adulta chilena tiene sobrepeso. En cuanto a lo mismo, peor en niños de seis o menos años de edad, la tasa es del 50%. Según la misma OMS, Chile es el segundo país que más consume alimentos procesados en la región, con un promedio al año de 201 kilos por persona. en este ranking, Chile solo es superado por México.

Agencia Uno

Por lo mismo, senadores como Guido Girardi, que es graduado en medicina, se propusieron aprobar esta nueva ley, al contrario de lo que querían algunas empresas de alimentos. Este proceso duró aproximadamente una década, algunas protestas en las calles y peleas muy mediaticas. Dice que quieren lograr que la industria venda comida y no basura, que quiere recuperar la cultura de cocinar, después da un ejemplo apuntando a la información nutricional al costado de una caja de cereal, dice:

 “¿Tú qué entiendes de esto? Eso es lo que buscan, que la información de lo que es este producto sea tan confusa que tú no la puedas entender La gente no es obesa porque sí, sino porque ha habido publicidad engañosa, porque especialistas en neurointeligencia han manipulado a las personas para que cambien sus modelos de alimentación tradicional”

Proyectos como este se han intentado promover en países como Estados Unidos, México y Colombia, pero el lobby de las empresas de alimentos ha logrado detener estos proyectos con presión política y argumentos de que no hay real impacto en leyes como esta. Giradi está en desacuerdo: “El azúcar es el tabaco del siglo XXI”, dice antes de dejar claro que para él, tarde o temprano habrán más impuestos para este tipo de alimentos.

¿Realmente funciona la ley?

La verdad, nadie tiene claro si esta iniciativa funciona tan bien como debería, ya que para esos resultado se necesita más tiempo de muestra. Pero hay encuestas que muestran que el primer año desde que entró en vigencia la ley, la mayoría de los chilenos -entre el 50% y el 70%- aprueban la ley y dice que los ayudó a modificar sus hábitos. 

Una de las investigadoras de la Universidad de Chile que debe examinar el proceso de la legislación es Camila Corvalán. Según ella han visto como la gente entiende fácilmente las señaléticas y lo asocia a comida que menos saludable. También, mediante focus groups se ha logrado ver que muchos niños piden que no les compren alimentos con sellos, ya que no los dejan llevarlos al colegio. Por último, las compras de alimentos, cereales y bebidas con sellos han bajado.

“Nosotros nunca aludimos al tema económico del impacto, pero si me haces la pregunta, ha habido un costo importante en términos del cambio de la estructura de costos. Aunque fue solo en un principio, hubo una caídas de ventas“, dice Rodrigo Álvares, presidente de AB Chile -que reúne las empresas de comida- .

Ahora, si nos centramos en la pregunta de si ha logrado los indices de obesidad, la verdad es que nadie tiene una respuesta muy definida. Según el ministerio de Salud chileno, eso se podría saber en unos ocho o diez años, al menos para tener una respuesta clara. Pero si algo está claro es que nadie en ese país a quedado ajeno a la polémica que causó la ley.

TribuneFile / IST

La mejor forma de tratar de medir este efecto es ir y preguntar directo a las familias que compran en los supermercados. Por ejemplo, Leonor López, una niña de 10 años, cuenta -con el consentimiento de su madre- el porque no le gustan los productos con sellos:

“Es que tienen mucha grasa, guácala. Las compañeras de media (secundaria) venden unos suflés llenos de grasa y tampoco me gustan”.

Dice la niña, que deja claro que su cambio de comportamiento ya no es solamente por los sellos, si no que explícitamente por las grasas saturadas que tanto abundan en la comida que nos llevamos a la boca. ¿Y tú, cuidas lo que comes?

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