Por Emilia García
24 diciembre, 2014

Este artículo fue originalmente escrito por Lauren Cormier para el Huffington Post

Tus hijos perciben todas tus actitudes. Cuida la manera como le prestas atención antes de que ellos dejen de contar contigo sin que te des cuenta.

Desde que nuestros hijos comenzaron a compartir el mismo cuarto, su rutina para irse a la cama ha sido la misma: bañarse, ponerse pijama, lavarse los dientes, escuchan una historia y luego nos acurrucamos; y todas las noches, cuando salgo de su cuarto, Eli siempre dice, “¡recuerda volver, acurrucarte un rato más con nosotros y traer agua!”

Bajo las escaleras y le respondo “¡ok!” sabiendo muy bien que la posibilidad de hacer todo lo anterior es casi nula. Los días son largos, y cuando llega la hora de que se vayan a la cama estoy lista para descansar un rato, pero incluso en ese momento aún tengo que terminar de limpiar la cocina, recoger juguetes que hayan quedado en el living y guardar el almuerzo de mi hijo que va al kínder antes de si quiera considerar descansar.

Ocasionalmente, luego de varios minutos de silencio, empieza a llamarme. Al principio es un llamado bajo, pero pronto gana volumen y frecuencia. “Mami. Maaaamiiiiiii. ¡¡¡MAAAAMIIIII!!!”

Así que paro al principio de la escalera y molesta grito de vuelta, “¿Qué?”

“¿Me puedes traer agua?”

“Subiré en un rato.”

Termino de hacer lo que estoy haciendo, lleno un par de botellas con agua y de mala gana subo las escaleras, molesta de que mi tiempo para mí misma haya sido interrumpido. Rápidamente les paso las botellas y les doy un par de besos. Luego me voy lo más rápido posible, diciéndome a mi misma que mis hijos necesitan dormir. Simplemente quiero lo mejor para ellos.

Durante dos años algo parecido a esto ha pasado casi todas las noches, lo que hace aún más sorprendente que no me haya dado cuenta de cuando esto cambió.

Estaba acurrucada con Samuel, escuchando con un oído una de sus últimas historias de su superhéroe mientras que con el otro oído escuchaba partes de la conversación entre Eli y mi esposo. “Mami” y “gruñona” eran las dos palabras que más énfasis tenían. Bromeando, me acerqué a su cama para apretarlo o hacerle cosquillas mientras que le decía “oye, ¿a quién le estás diciendo gruñona?”

No mucho después, me desplomé en una de las sillas del living al lado de mi esposo. Mientras me acomodaba, me dijo: “¿Escuchaste lo que dijo Eli? ‘Mi mami siempre estaba de mal humor cuando le pedía que viniera a acurrucarse otro rato conmigo así que deje de pedírselo.’”

Inmediatamente, sentí el peso familiar de la culpa en mis hombros como una manta en un día caluroso. Me paré, subí las escaleras rápidamente y volví a la habitación de los chicos. Eli se acababa de dormir. Mientras me acostaba a su lado, se despertó y aproveché de susurrar en su oído: “Me encanta acurrucarme contigo.”

Murmuró algo y se volvió a dormir, con un brazo alrededor de mi cuello y su cara cerca de la mía, tal como le gusta. Todo estaba perdonado: la situación se había arreglado.

Pero mientras estaba ahí a su lado, comprendí el verdadero peso de sus palabras.

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“Dejé de pedírselo”

Nunca había pensado mucho sobre la manera en la que él percibía nuestro ritual de irse a la cama, siempre pensando que mis palabras y mis actos eran inconsecuentes. Sin embargo, sin saberlo, el apuro que sentía por estar en otro lugar era algo que él notaba, así como también notaba mi actitud. En algún momento, mi hijo había decidido que no valía la pena seguir pidiéndomelo. Me hace pensar en que otras cosas puede que deje de pedir eventualmente.

“Mami, ¿me lees algo?”
¿Puedes jugar conmigo?”
“Mami, ¡Escucha esta broma!”
“Adivina que pasó en el colegio hoy.”
“¿Me miras mientras tiro al aro?”
“¿Qué te parece esa niña?”
“¿Podemos hablar de algo importante?”

¿Y cuál será mi respuesta? ¿Cuál será mi actitud?

“En un minuto.” Eso se convertirá en tres, cuatro, diez, veinte minutos,
o un “No tengo tiempo ahora,” murmurado distraídamente y con frustración.
“Lo haremos más tarde,”  y la pila de promesas rotas crecerá y crecerá.

Puede que mis excusas sean válidas e incluso necesarias. Los niños necesitan aprender a ser pacientes y también deben aprender a que a veces hay otras cosas que tienen más prioridad, pero estas son las palabras que acompañan mi actitud semana a semana, mes a mes y año a año. Puede que en algún momento deje de pedir algo nuevamente, y puede que tenga que ver con algo mucho más importante que un vaso de agua o u abrazo extra.

Así que últimamente he estado dándole abrazos más largos en la noche y me he estado asegurando de que cuando digo ‘Dame un minuto,’ realmente sea sólo un minuto.

Mi hijo se dio por vencido conmigo, pero me di cuenta a tiempo para arreglarlo. Sólo tiemblo de pensar cómo podría haber llegado a ser todo si me hubiera dado cuenta demasiado tarde.

Visto en Huffington Post

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