Por Carolina Mila
30 diciembre, 2014

Los mensajes de texto han reemplazado las conversaciones cara a cara. Cada vez tecleamos y leemos más, y hablamos y escuchamos menos. Hemos aprendido a  ser eficientes y concretos con nuestras palabras, y a estandarizar las emociones en las conversaciones por medio de emoticones. La verdad es que la comunicación por mensajes de texto se queda corta en muchos sentidos. ¿Te has preguntado alguna vez cómo influyen los mensajes de texto en las relaciones con tus amigos? La periodista Natalia Lusinski hizo el ejercicio de dejar los mensajes por 40 días, como en una especie de ayuno espiritual, y como resultado obtuvo el redescubrimiento de una parte de su vida de la que había aprendido a prescindir. Hasta el momento lleva 4 años libre de mensajes de texto: 

«Cuando la gente descubre el por qué no mando mensajes, me miran con una mezcla de impresión y lástima como si algo malo me pasara, como si viviera en una tierra desconocida para ellos. La cosa es que yo solía enviar mensajes de textos. Y bastantes. No sabía que tan terrible era mi adicción hasta el día en que con mi novio de ese momento me quejé de una amiga que no me escribía de vuelta.

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“¿Por qué no la llamas?”, me dijo.

“¿Qué?”, respondí. “Ella no contestaría si lo hiciera. Además, todo el mundo manda mensajes, nadie me llama”.

Inmediatamente después de decirlo, me di cuenta lo triste que era: nadie me llamaba. Y no tenía sentido. Tenía amigos, ¿dónde estaban todos? ¿Por qué no me llamaban?” Me detuve a pensar en eso, ¿cuándo fue la última vez que los llamé? Y ahí se me ocurrió: era adicta a los mensajes.

Mi yo pre-adicta-a-los-mensajes solo enviaba un par de mensajes por aquí y por allá. Pero pronto eso aumentó a 20, 50, 100, 200 mensajes al día. Para mí, mandar mensajes era como el walkie-talkie moderno: comunicación corta, no natural e instantánea. En el trabajo, podías enviarle sonidos con mensajes cortos: “¡Ahhh! ¡Mi jefe está loco!” o “¡Llegó un chico guapo!” Pronto, mis mensajes súper cortos se convirtiendo en novelas cortas, substituyendo las conversaciones reales. Me sentía más conectada a mis amigos que nunca, redefiniendo “el contacto cercano” sin realmente ser cercanos en lo que uno entiende como proximidad.

Sin embargo, pronto mandar mensajes comenzó a ponerme en problemas. Casi me despiden de mi trabajo cuando me pillaron escribiendo mensajes en lugar de escribir para el trabajo.

“Natalia, la vida es más que solo enviar mensajes”, me dijo mi jefe, cuando me pilló nuevamente.

Desde ese punto en adelante, dejé mi teléfono en mi cartera todo el día, para sacar la tentación del camino.

La combinación de las palabras de mi jefe haciendo eco en mi cabeza, mis amigos retándome por no llamarlos nunca y el día en que me quedé pensando en por qué mi amiga no me había escrito de vuelta me hizo pensar, ¿era tan adicta a mandar mensajes que había perdido de vista otras formas de comunicación? ¿Era una mala amiga? ¿Acaso sabía cómo tener una conversación?

Justo en esa época se estaba acercando la Pascua lo que significaba Cuaresma: 40 días y 40 noches de sacrificar algo. La gente generalmente deja sus mayores vicios, cosas como la cafeína, el chocolate, el sexo. Claramente yo podría dejar de mandar textos por tanto tiempo, ¿o no? Para obligarme a hacerlo, lo puse en Facebook: “¡Es Cuaresma! ¡Dejaré de escribir mensajes! (¡Lo sé!) Sólo llamadas por teléfono”. También le recordé a la gente en mi buzón de voz. “Recuerden, ¡sin mensajes!”, además de que le informé a algunos en persona y por teléfono, y también envié un mensaje final masivo para anunciarlo.

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Mensajes todavía llegaban de algunos que no habían recibido mi memo de no-más-mensajes. No quería mirar, ¿qué pasa si me perdí de algo?, pero me resistí. Siempre he sido una persona de todo o nada. Si miraba un mensaje, me tentaría a escribir uno de vuelta. En lugar de eso solo apretaba “borrar”. Si era real y honestamente importante, pensaba que esa persona me llamaría. De todas formas, ya tenía el teléfono en la mano.

Pero, solo por si acaso, comencé a usar una respuesta automática que decía: “Este es un mensaje automático. El número al que usted mandó un mensaje no está aceptando mensajes de texto”.

Hola amiga, ¿qué haces?

El número al que usted mandó un mensaje no está aceptando mensajes de texto.

Lo copiaba y pegaba cada vez que alguien me escribía. Funcionaba perfecto. La gente entonces llamaba, o no (la mayoría no lo hacía entonces solo mandaba un e-mail). Una vez que ignoras los mensajes de texto, estás en buen camino para transformarte en alguien libre de los mensajes. Es como comer más sano y no comprar, o ni siquiera mirar, el pasillo de los helados.

Con los mensajes fuera de mi vida, era bueno no estar pendiente, por así decirlo, 24/7. Al no estar inmediatamente disponible, hizo del teléfono y el tiempo uno a uno con la gente mucho más significativo.

En los próximos meses, mientras menos mensajes enviaba, más se daba algo maravilloso: Llamaba a la gente. Cada vez más. Y cuando llamas a alguien, tienes más que solamente una conversación tipo “¿cómo estás?”. Hablas y escuchas. Y hablas nuevamente, entonces conversas. Escuchas sus entonaciones, que son tantas veces malinterpretadas en los mensajes. Y ellos escuchan tu entonación. Los escuchas reírse, no LOL. Los escuchas llorar, no L.

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No mandar mensajes fortaleció mi amistad. Cuando quería saber cómo estaba un amigo, lo llamaba. Cuando una amiga y su novio terminaban, la escuchaba llorar. Cuando una amiga era ascendida en su cargo, podía escuchar la emoción en su voz. En lugar de solo intercambiar fragmentos de pensamientos, era capaz de calmarme y realmente dedicarme a la persona como ningún mensaje puede hacerlo. Y cuando colgábamos, no podía creer la cantidad de tiempo que había pasado, pero casi ni me daba cuenta porque estaba tan metida en el momento, tan presente, de la forma que rara vez sucede cuando envías mensajes mientras haces otras diez cosas al mismo tiempo.

Pronto, esas llamadas por teléfono se convirtieron en más tiempo cara a cara con mis amigos; no del tipo que se da con el iPhone sentado frente a frente. Comprometerse con una llamada telefónica se convirtió en un almuerzo y salidas a cenar, algo que había dado por sentado en mi vida obsesionada con los mensajes. ¿Para qué vestirse y salir a ver a alguien si puedes escribirle con tu pijama puesto todavía media dormida? Ahora, salir a ver a alguien era algo que esperaba con ansias, una novedad. Es mucho más distinto escuchar y ver a alguien, enterarse de su vida, oírlo quejarse de su ex, y celebrar su nuevo trabajo, que escribir “¿cómo estás?” o “lo lamento” o “¡Felicitaciones!” Aprendes a ver a tu amigo en lugar de ver tu teléfono.

Ver a un amigo en persona conlleva a ver más amigos en persona. Me di cuenta de que enviar mensajes no era una conexión con la gente como yo pensaba; estaba abalando la desconexión.

Al finalizar la Cuaresma, volví a mandar mensajes. Pero después de unos días, me di cuenta que no lo extrañaba. Me había hecho tan bien no enviar mensajes, sin las oraciones cortas y los emoticones, que decidí eliminarlo para siempre.

Ahora llevo 4 años libre de mensajes (¡!) y me encanta mi mundo sin mensajes. Les recomiendo que lo prueben. Todos deberían. Si no es para siempre, al menos por un mes. O una semana. O un día. O una hora. Descontamínate y libérate de los mensajes, valdrá la pena, confía en mí.»

Visto en Hello Giggles

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