Por Candela Duato
23 noviembre, 2014

Este artículo fue originalmente escrito por Noemí Carnicero Sans. Para ver más, visita su blog La Subasta de la Vida.

Te necesito.

Te necesito, precisamente, porque no te conozco. Te necesito porque aún resiste en mí la última pieza de un puzzle que hasta ahora ha parecido no encajar en ninguno. Te necesito, porque estoy a punto de dejar de creer en ti.

Ya ni si quiera hablo de amor. No, no. Hablo de algo más. Porque he aprendido a no conformarme. Ni si quiera hablo de una emoción pasajera que nazca con un atardecer y muera durante el alba. No. Porque estoy cansada.

Estoy cansada de los moldes que cada historia ha ido poniéndole al corazón. Y es que le han puesto tantos, que ya se ha quedado sin forma. Estoy cansada de promesas tan eternas como lo que dura una vuelta entera al reloj de pared del comedor. Cansada de no sentir lo que debería, de no sentir lo que podría.

Por eso, te necesito. Y no debes ser un cualquiera.  Ni el primero que se cruce conmigo con un piropo entre los labios, ni el que se quede a mi lado acompañándome en mi penúltima copa, ni el que intente robarme el último baile. No.

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Porque debes ser TÚ. El que no se parezca a nada ni nadie. El que marque precedente, antecedente, huella y cualquier otra palabra o expresión que se refiera a un antes y un después. El que multiplique el sentido de mi vida, el que nunca reste mi existencia ni divida mi forma de ser. Tú, la aguja que aún no ha aparecido entre todo el pajar que ya he encontrado.

El que entienda la felicidad desde mis ojos, el que busque mi dulzura con cada gesto. El que se quede sin palabras al describirme, el que se esfuerce en convertirlo en lo más parecido a ideal.

Porque no quiero una mano que me coja con flojera, ni dos besos seguros a cambio de 8 con sabor a dudas, ni romances que lo único que entienden de comprometerse, son los verbos comprar y meter. Y es que no quiero si quiera tener que disipar dudas, tener que convencerme de que somos lo que nunca llegaremos a ser.

Porque te quiero a ti. El que sabe que se ha metido en una compra “compro-metida”, y que ha comprado mi amor sin pensar en la garantía.  Un amor con el único sabor a libertad que ofrece la que te permite ser tú mismo a su lado, y no aquella libertad que se prueba en otros labios.

Quiero al que meta mi capacidad de querer en su caja fuerte, rescatándola cuando me puedan los nervios, cuando se transformen en enfado. Porque quiero al que no tira la toalla, el que no se rinde, el que no flaquea.

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Y, además, quiero un amor que no valga demasiadas penas. Un amor que intente transformar todas las penas en alegrías.

Por eso, te necesito.

Para volver a recuperar partes de mí en las que estoy a punto de dejar de creer. Porque no tengo más fuerzas para volver a equivocarme. Por eso te digo, chico, que si no eres TÚ, no aparezcas. Porque sola, soy mucho más capaz de conservar mi esperanza.

Así que, cuando llegue el momento, cuando por fin seas TÚ, no es necesario ni que me avises. Ya he dejado mi corazón preparado en el congelador. En el mismo donde guardo todas las partes de mí que se resisten a abandonarme. Sí, ahí, en el congelador de las esperanzas casi rotas.

Por eso, hasta que no seas TÚ, no voy a sacar nada, no sea que termine por estropearse definitivamente.

Cuando llegues, abre el congelador, saca el corazón deforme que veas y deja que se descongele poco a poco. Tendrás que ayudarme a hacerlo. Y es que su proceso de descongelado dura un “para siempre”.

No habrá vuelta atrás.

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