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La felicidad ha sido enseñada a nosotros como una meta: si pierdo 10 kilos voy a ser feliz, si mi cabello crece mas largo voy a ser feliz, si compro ropa nueva voy a ser feliz, cuando consiga un novio voy a ser feliz. Sin embargo, la felicidad no es algo a lo que tenemos que llegar. La felicidad está en las cosas, en las personas, en los recuerdos, en los instantes. Es imposible que una persona se sienta feliz todo el día, todos los días.

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La felicidad son esos momentos que hablamos con nuestros padres, esos recuerdos que tenemos con nuestros amigos, esos juegos compartidos con nuestros hermanos, esa flor que demostraba el afecto, ese beso que demostraba el cariño, ese abrazo que demostraba cuanto te extrañaban, esa mirada que te decía todo lo que querías escuchar.

Incluso la felicidad puede venir junto a un momento difícil, como la primera vez que terminaste una relación, al principio sentías que no lo ibas a superar jamás, pero con el tiempo volviste a ser tú mismo y te sentiste feliz. Tal vez el día en el que un ser querido falleció, probablemente fue una de las mayores perdidas de tu vida pero ese acto tal vez unió más a tu familia, y eso te hizo feliz.  O igual tuviste que despedirte de alguien por un tiempo y lo ibas a extrañar mucho, pero cuando lo volviste a ver, nunca te habías sentido tan feliz de verlo.

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Con el tiempo nos trastornan muchas palabras en cosas que no so, y nos hacen pensar que debemos sufrir para gozar, pero no. La felicidad no es una meta, no es algo que se logra, es algo que se vive. Se puede vivir la felicidad por un año, por un mes, por un día, por una hora, por un minuto, por un segundo. La felicidad son instantes, esos instantes en los que te das cuenta porque vale tanto la vida, y porque a pear de todo, vale la pena vivirla.