Colaboración por Al.lòdia García Ferrer
Todo se reduce al empeño que deposites en tus sueños, el trabajo y el amor por lo que haces es lo que te llevará donde quieres estar.

“Cuando la vi, comprendí que aquella era una de esas mujeres a las que se va, pero de las que no se vuelve”.

Sí, somos los soñadores empedernidos, los suicidas emocionales, traficantes de sensaciones. Creemos en todo aquello que nos hace vibrar. Somos capaces de encontrar belleza en la más triste estación de tren. Anclados en esa risa que escuchamos, sin saber cuándo ni cómo, pero esa risa. O esa canción que alumbraba como el sol que menguaba aquella mañana. Nos enamoramos de una voz, sentimos con palabras.

Cuando me hablaron de ella, me pidieron poesía, y sentí su tacto al comparar sus caricias con la magia que ejerce la brisa sobre el mar. Sentí su pelo en mi cara al hablar de los celos del viento, cuando con un suave susurro, la hacía estremecer. Esto no va sobre las despedidas, son encuentros.

Captura-de-pantalla-2015-04-09-a-las-18.50.29

Entré en aquel antro despojado de cualquier atisbo de salvación y pedí una cerveza. Al girarme para ver por dónde andaban mis amigos, descubrí un dulce rostro entre la gente. Bebí un trago. Miré otra vez esperando que mi imaginación la hubiese hecho desaparecer como por arte de magia. Magia. Y ahí seguía. Bebí otro sorbo y creo que fue justo cuando sonrió. Entonces comprendí que aquella era una de esas mujeres a las que se va, pero de las que no se vuelve.

Pedí otra cerveza, y en la siguiente ronda ya éramos dos. Dos desconocidos que jugaban a conocerse demasiado bien. Dos desconocidos que jugaban. Nos enzarzamos en batallas por ver quién sacaba la pregunta más sorprendente y quién sorprendía con la respuesta más alucinante. Les confesaré un secreto. Ella jugaba con un as en la manga, tenía todas las respuestas. Sentí tanta conexión con el mundo que escondía que deseé arroparla entre mis brazos para ser parte de él.

Captura-de-pantalla-2015-04-09-a-las-18.50.44

Habíamos bebido un poco más de lo necesario pero un poco menos de lo que deseábamos. Entonces fue cuando se humedeció los labios, y sonrió, mientras yo, implacable, me congelé en sus ojos. Entendí aquello de que hay noches en las que puedes proclamarte el rey del mundo. Y la besé, la besé como se besa al amor entre dos mentes que se atraen, como se besa el amor fugaz de una noche que no terminarás de olvidar, como se besa a esa chica que sabes que ha venido y que no es para quedarse.

Y en ese besó yo escondí algo más que mis ganas de volverla a ver. Y ella, en ese beso entregó una parte de ella que sólo podía tener yo, esa noche.

Lejos de la cortesía no nos despedimos, ¿cómo puedes decir adiós a alguien con quien desearías vivir todas tus noches? Aún así, le prometí que la buscaría. Ella quiso desearme suerte, y me dedicó su última sonrisa. La que me ha llevado hoy a esta playa, a escribir de ella. Y quién sabe, quizá en otro lugar, no muy lejos de aquí se encuentra ella, sorprendida, pensando en mí.

Resulta irónico.