Por Candela Duato
12 enero, 2015

Este artículo fue originalmente escrito por una lectora anónima de Hello Giggles que perdió a su madre cuando tenía 19 años.

Cuando hablamos del dolor, siempre sacamos todos los clichés. Nos recordamos que “la vida cambia en un momento”, que “pestañeas y todo lo que es conocido y familiar simplemente se te escapa de las manos”.

La verdad es que la muerte nunca se nos presenta como se hace en la ficción. Cuando me dijeron que mi mamá había muerto, al principio ni siquiera lloré. Simplemente me dediqué a vestirme con sweaters negros, faldas negras y tacos negros. No me pregunté cómo viviría el resto de mi vida sin una madre, porque no estaba lista para la respuesta. Tenía 19 años y repentinamente ya no tenía que preguntarme cómo sería ser adulto. La línea que separaba mi niñez de mi adultez acababa de ser dibujada en la arena.

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“No puedo vivir sin ti” puede parecer la letra perfecta de una canción, o una trama perfecta para una película nominada a premios de la academia, pero la verdad es que incluso con lo intermitente que es el dolor, podemos vivir sin estas personas. Nuestra biología nos ha programado para ser capaces de reír, llorar, para centrarnos en la muerte y distraernos de todo al mismo tiempo. Pero cuando se trata de nuestra propia capacidad de aguante, parece que tenemos un problema de amnesia. Basar las decisiones que tomes a lo largo de tu vida en el miedo que sientes a perder a alguien es como pasar cada viaje en auto esperando que se active el sistema del airbag.  La vida es horrible y hermosa al mismo tiempo, así que quizás sería una buena idea asomarte por la ventana y disfrutar el paisaje.

La escritora Anne Lamott compara el dolor con lo que se experimenta al romperse una pierna que luego se cura pero que nunca vuelve a estar como antes. “Te sigue doliendo cuando el clima se pone frío, pero aprendes a bailar con esta incomodidad”. A medida que me acerco a los 30, estoy segura de algunas cosas. Estoy segura que nadie me amará tanto como me amó mi madre. Pero también estoy segura de que el dolor genera un espacio para recibir y entregar amor de una manera que nada más puede generar y me siento agradecida de esto.

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Enterramos a mi madre dos días después de haber recibido la llamada que me contaba la triste noticia. Ese viernes ha vuelto a mi cabeza muchos días, haciendo que llegue a casa con dolor de estómago. Pero cuando pienso en los otros 364 días del año, veo como el dolor le ha traído cosas buenas a mi vida. Hay amistades que podría haber dejado atrás y amabilidades que podría haber ignorado si mi vida no hubiese cambiado su rumbo cuando aún era una adolescente.

Si has perdido a tu madre o a alguien que amas, no tengo ninguna receta mágica para ti. Simplemente quiero decirte que aunque parezca que sólo hay oscuridad, el sol saldrá.  

Te lo prometo.

 Visto en Hello Giggles.

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