Por Nicole Lavanchy
4 mayo, 2015

A veces pensamos que estamos haciendo lo mejor para ellos, cuando en realidad les estamos haciendo un daño que les pesará a futuro. 

Unos amigos nos invitaron a su campo durante las vacaciones de verano. Fui junto a mi marido y mis dos pequeños. Allá estaban los tres hijos de nuestros amigos que tenían más o menos la misma edad que los míos.

La diversión principal de la que gozarían nuestros pequeños sería de los paseos a caballo. Sin embargo, una vez que estuvimos ahí todo cambió. Mi hijo se subió fascinado a su caballo, al igual que los hijos de nuestros amigos, sin embargo, mi hija más pequeña se rehusaba a hacerlo.

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Por más que tratábamos de convencerla seguía insistiendo que no quería hacerlo, lo que era lamentable ya que sabíamos lo que se perdía, además todos irían.

Su padre le dijo una y otra vez que él la podía acompañar durante todo el trayecto, que no le pasaría nada, que confiara en él. Sin embargo ella no quería y comenzó a llorar.

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En ese minuto tomé consciencia de lo que estábamos haciendo. Me di cuenta que en unos años más habría otro hombre que le diría lo mismo, o quizás un jefe o una amiga, y, en realidad, no estábamos desarrollando en ella esa capacidad de poder decir que no. Y aunque el día de mañana esas palabras vengan de alguien con buenas intenciones, no podemos promover que nuestros pequeños hagan algo con lo que no se sientan cómodos, incluso si significa decepcionar a alguien.

Porque aunque les digamos que pueden decir que no cuando no quieran hacer algo, no podrán entenderlo sino con actos. Debemos enseñarles la importancia del no, y el respeto hacia él, sino las consecuencias el día de mañana pueden ser costosas tanto para ellos como para nosotros.

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