Por Nicole Lavanchy
27 febrero, 2015

«Porque nadie te trae la cena cuando tu hija es una adicta».

Este artículo fue originalmente escrito por Larry M. Lake para Slate.

Cuando mi esposa fue diagnosticada de cáncer de mamas, comíamos bien. Mary Beth y yo habíamos leído juntos el atemorizador reporte patológico del tumor del porte de una aceituna. La excavación quirúrgica de ganglios linfáticos fue seguida por meses de radiación. Comíamos muy bien.

Amigos de Mary Beth la llevaban a sus sesiones de radiación y a veces a su tienda de helados favorita en la media hora que tomaba volver del hospital. Siempre pedía una malteada de chocolate. Súper espesa.

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Nuestra familia se dio festines por meses con los amorosos platillos preparados y traídos por nuestros amigos del trabajo, la iglesia y el vecindario: Pechugas de pollo cubiertas de crujiente queso parmesano recubiertas con plástico para mantenerlas, ollas de espesas sopas con un buen pan, ollas burbujeantes de lasaña y macarrones con queso. Habían rollitos horneados en casa cubiertos con paños, jamón con oscuros anillos horneados de piña, papas gratinadas y tibios pies rebalsándose en los jugos de sus guindas y manzanas.

Las sobras se apilaban en el refrigerador, y pronto el refrigerador también se llenó, este tsunami de ofrendas de comida parte del símbolo comestible de la abundante generosidad de nuestra comunidad.

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Aunque pocos decían la palabra mama o pechuga, a menos que le perteneciera a un pollo, muchos amigos eran familiares con la palabra cáncer, y la decían a menudo sin vacilar. Nos preguntaban cómo estábamos, nos enviaban notas y cartas, nos pasaban cosas que habían leído sobre ciertos tratamientos y medicaciones, nos enviaban correos electrónicos con links a sitios webs que ayudaban en la recuperación y títulos de libros que nos podían servir, nos llamaban frecuentemente, ponían sus manos tentativa y gentilmente en nuestros hombros, nos hablaban en voz baja y suave y se preguntaban si acaso estábamos comiendo lo suficiente. La frase que más escuchábamos era: «Si hay algo que pueda hacer… «

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En los meses que se vinieron después, luego de que Mary Beth hubiese comenzado a hablar oraciones completas nuevamente y que le fuese posible mantenerse despierta por la duración de una comida entera; se nos acabó la comida que habíamos guardado en el refrigerador, y comenzamos a cocinar nuevamente. Nuestros hijos, Nick y Maggie, a veces se quejaban riendo de nuestra comida. «Alguien debería enfermarse de cáncer para que podamos comer mejor», solían decir. Y todos nos reíamos.

Casi una década después, nuestra hija Maggie había entrado a un hospital psiquiátrico y había sido diagnosticada con un trastorno bipolar, siguiéndole a esto años de abuso de drogas y alcohol.

Ya no había ollas tibias.

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A los 19, la arrestaron por encontrarse en posesión de drogas, se enfrentó al juez y fue derivada a un programa de libertad condicional. Antes de su audiencia, comimos panes de queso grillado y sopa en un restaurant cercano al tribunal; muy cerca de los abogados, oficiales de policía y secretarios de corte a los que se enfrentaría más tarde.

Ya no había papas gratinadas en ollas cubiertas con papel aluminio.

Esta pregunta es rara vez hecha: «¿Que tal va tu depresión?»

Maggie fue castigada por su colegio al romper las reglas de consumo de alcohol y drogas. Comenzó un programa de rehabilitación ambulatorio. Le dieron licencia en el colegio. Ingresó a un hospital psiquiátrico, fue diagnosticada y dada de alta. Comenzó años de orientación, reuniones de recuperación y una rehabilitación ambulatoria intensiva. Vivía en una casa de recuperación pero tuvo una recaída y luego volvió al centro de tratamiento de adicción a las drogas y el alcohol por 7 semanas.

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No había ni sopa ni pan casero.

Maggie progresó en el centro de tratamiento. Cuando la cobertura del seguro para el tratamiento ambulatorio se acabó para ese año, fue transferida a una ‘casa parcial’ donde junto a otras mujeres dormía durante las noches y desde donde las llevaban en una van a las instalaciones durante el día para sesiones de recuperación, comidas, juegos de volleyball, orientación y terapia de horticultura. Mi hija, quien alguna vez se había mantenido lo más alejada posible de mi jardín sobre todo si le sentía olor a mi whisky en el aliento, estaba hora plantando un jardín por sí misma, poniendo rocas pintadas alrededor de la estatua de un ángel que había sido donada por un orientador, cargando baldes de agua para nutrir flores de la impaciencia, petunias, delfiniums y geranios.

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Los amigos suelen hablar sobre el cáncer y otras enfermedades de manera mucho más fácil que a la hora de hablar de problemas psicológicos. Los senos pueden sonrojar a las personas, pero los cerebros son un tema que no se menciona. Estas preguntas casi nunca se escuchan: «¿Cómo va tu depresión?» «¿Qué mejoras has encontrado en tu tratamiento para tu Déficit Atencional?» «¿Sientes que los episodios maníacos son menos intensos ahora que te estás medicando?» «¿Cómo se siente la depresión?» «¿Te ayuda la terapia?» Un grupo mucho más pequeño de amigos que quienes previamente nos habían alimentado durante el cáncer nos hacían preguntas cuidadosas. Nadie nunca apareció en nuestra puerta con comida.

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Manejábamos casi 5 horas cada domingo para nuestra visita semanal de una hora. Regalar cosas como comida, dulces o ficción a los pacientes del centro estaba prohibido. En vez de esas cosas, le traíamos a Maggie cigarros, libretas de dibujo, lápices de colores y tarjetas de teléfono. Cualquier cena que contuviera asado o spaghetti la cocinábamos o comprábamos nosotros mismos en algún restaurant en nuestro largo recorrido al centro.

Luego, una tarde noche de junio, Maggie y otro paciente se encontraban en la van del centro siendo llevados a casa luego de un día movido y lleno de trabajo para superar la adicción. El número de pacientes en la ‘casa parcial’ había bajado de 6 hacía unos días luego de un escándalo en el que se involucraban pequeñas bolsas de café molida que eran ingresadas al centro y vendidas como si fueran cocaína de verdad a quienes eran adictos al café. (El centro, como muchos otros, servía sólo café descafeinado) Quedándose dormida y sintiéndose cómoda en el asiento detrás del conductor, puede que Maggie haya estado pensando en los traficantes de café que habían sido devueltos a la sede central o sacados del programa. O quizás estaba pensando en el matrimonio de su hermano Nick que sería celebrado pronto. Un vestido de dama de honor de color rosado claro esperaba por ella en el clóset de la casa. Su alta del centro estaba programada para dos días antes que ella y Mary Beth volaran a Wisconsin para el matrimonio.

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Esa noche, un auto que venía a gran velocidad chocó la van de frente.

Los médicos llamaron helicópteros por radio, y pronto el cielo de Chester County estaba lleno de ellos; 4 venían desde Filadelfia, Coatesville y Wilmington, uno para cada paciente. El sitio del accidente pronto se convirtió en un llamativo camino de tablas de rescate, cuellos, tubos intravenosos, tanques de oxígeno, camillas, luces estroboscópicas, el ruido de las hélices de los helicópteros y el rugido de las turbinas.

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Una fotografía de un diario luego mostraría a 5 bomberos, todos con uniforme completo, sacando a una mujer de una van; sólo su pie y parte de la camilla visibles. El techo de la van que en la foto se veía oscuro, roto e irregular, había sido sacado con unos cortadores hidráulicos mientras que el grupo de víctimas, Maggie inconsciente entre ellos, eran cubiertos cuidadosamente con mantas. Uno de sus dientes frontales estaba en el piso en una posa de sangre.

Cuando la vimos en el hospital, su cara estaba hinchada, llena de puntos, moretones y piel dañada. Aun había sangre seca y café en sus oídos. Mary Beth se las limpió cuidadosamente con un pedazo de papel humedecido con su saliva, como si estuviese quitándole mermelada o restos de donas de la cara antes de la escuela dominical. Al principio Maggie sólo recordaba algunas partes, pero pronto mencionaría recordar un ‘lindo paramédico que me despertó’ y el ruido de los helicópteros.

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El día que Maggie fue dada de alta del hospital, insistió en que la lleváramos de vuelta al centro de rehabilitación para completar su tratamiento: una heroína en una silla de ruedas entre los adictos al alcohol y la heroína. Mientras la llevábamos allá, pasamos a un restaurant a almorzar. Maggie comió puré de papas, un poco de sopa y tomó un batido de mango a través de una bombilla que sujetó cuidadosamente en el lugar donde su diente debiese haber estado. De vuelta en el centro, la llevamos a ver su jardín.

Mientras Maggie había estado en el hospital, nuestro buzón se había llenado de tarjetas y cartas. Durante las dos semanas que Maggie se quedó en rehabilitación, e incluso cuando viajó a Midwest y luego usó su vestido rosado en el matrimonio de Nick y bailó triunfante con sus primos; ofertas de comida no cabían ni en nuestro correo ni en nuestra máquina contestadora. «Si hay algo que pueda hacer… »

 Visto en Slate & Imágenes de We Heart It

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