Tendrás nuevas experiencias que no sabrás con quién compartir, pero tus amigas de siempre estarán ahí.

Este artículo fue originalmente escrito por Meaghan O’Connell en The Cut.

Cuando apenas tenía ocho semanas, mis amigas comenzaron a preocuparse por mí e intentar presentarme a otras nuevas mamás. Gente desconocida de alguna clase de yoga o colega de trabajo, o aquella prima lejana que no recuerdas, que estaba pasando por lo mismo que yo. Entendía la amabilidad del gesto, pero estaba asustada. Muchas cosas en mi vida cambiarían por siempre, no quería pasar esos preciosos meses en que aún no era mamá con personas desconocidas.

De todas formas, estaba segura de que cuando el momento llegara, haría todo tipo de amigas sabias y relajadas de manera natural. Nuestras miradas se cruzarían en el patio de juegos y pronto estaríamos bebiendo té en la mesa de su cocina y turnándonos para consolarnos. Nuestros hijos, por supuesto, estarían tomando una siesta en la habitación de al lado.

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En el mundo real, mi hijo tiene seis meses y no tengo amigas mamás. Este es un problema que preocupa a otros en mi nombre, ya que se supone que debo tener un pequeño grupo de amigas con bebés nacidos recientemente y que compartamos datos, ropas, niñeras y más. Pero en la práctica, he descubierto que soy demasiado orgullosa y que estoy un muy sobrecogida por todo como para poder abrirme y hacer nuevas amistades. Además, ya tengo amigas reales, que entienden mis bromas y con quienes tengo cosas en común distintas a simplemente estar lactando al mismo tiempo. Amigas con quienes no paso tiempo suficiente de por sí.

Cuando llegó el bebé, ansié el poder tener a alguien que comprendiera todo lo que me pasaba y no tenía idea de cómo hacerlo con mis amigas reales. Ellas querían venir a visitarme y tomar al bebé en brazos y escuchar sobre el milagro de la maternidad, y yo quería llorar y gritarles que corrieran por sus vidas. Me preguntaron cómo era el dar a luz, cómo era el ser mamá, cómo era el cuidar de un recién nacido. Simplemente me senté en el sofá y les dije que las cosas eran “alocadas.” Preguntaron si ya había hecho amigas mamás. Negué con mi cabeza, me encogí de hombros y miré hacia otro lado.

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Pronto después de eso, un día observaba pañales en la tienda de bebés, cuando una mujer de mi clase de yoga prenatal me llamó por mi nombre. Después de la sorpresa inicial, sonreímos y hablamos de lo que era tener un recién nacido. Miré a su hijo en un coche. Se veía pequeño, y no muy lindo.

– “Es… más difícil de lo que pensé,” me dijo.

– “Sí,” respondí. Nos miramos a los ojos, asintiendo con la cabeza.

– “Hay mucho llanto”, me dijo.

– “¡!” Dije, sin saber si ella se refería a nosotras o a nuestros hijos. De cualquier forma, es cierto.

– “No habría imaginado nunca lo mucho que estaría simplemente sentada en el sofá.”

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Intercambiamos más experiencias en un breve momento de las que podría explicarles a mis amigas reales. Me sentía tan insegura y traumatizada; había sido demasiado difícil para mí el sentarme y articularles el cómo me sentía, y no estaba segura de que ellas quisieran oírlo.

Después, me encontré con una mujer de mi clase de parto en la tienda de café de mi barrio. Había tenido la intención de enviarle un correo electrónico pero nunca lo hice, y me alegré mucho de verla. Era como encontrarse con un chico que te gusta en el centro comercial.

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“¿Irás a la hora de los cuentos en la biblioteca hoy?” me preguntó. Le dije que nunca había ido, pues me sentía intimidada. Se rió de mí. “¿Pero a los niños les gusta?” Pregunté. Desconcertada, me dijo que a su hija parecía gustarle. Que al menos no lloraba. “Simplemente, es agradable salir de la casa. ¿Me entiendes?” dijo.

Fui a la hora de los cuentos de la biblioteca y fue maravilloso y terrible en igual medida. Reconocí a algunas de las madres que había conocido en otras partes, y las que no reconocí me saludaron inmediatamente. Avergonzada, murmuré y tomé una silla para acercarme al grupo de mujeres con bebés de la edad de mi hijo. Senté a mi hijo sobre mi regazo y me pregunté si realmente debía hacer los gestos correspondientes a cada historia. No estaba feliz, y yo lo sabía. Mi rostro se enrojeció con vergüenza, por no querer saltar ni gritar hurra.

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“¿Tenemos que ponernos de pie?” Le pregunté a la madre que estaba sentada a mi lado. Ella se encogió de hombros. “¡No tienes que hacer nada!” me dijo y ella saltó, lanzando a su hijo al aire. Me senté ahí intentando fingir un rostro de emoción para mi hijo, quién estaba demasiado estimulado para tomar nota de mí. Me sentí como una adolescente de nuevo, o un niño en una clase de gimnasia. Me sentí nueva. Todas las mujeres, todas las mamás, habían estado yendo a la hora de los cuentos desde hace semanas. Hablaban de la hora de la siesta y de sus esposos y de las cenas que compartían entre ellas. Me hicieron sentir un poco incómoda y amenazada y, como con todas las cosas que son así, rápidamente decidí odiarlas.

Cuando vi a mis amigas reales esa noche para cenar, me senté y me quejé. Nos reímos de todo eso y volví a sentirme como yo misma. Una odiosa, no alguien que se une a otras. Les conté sobre los nombres de algunos de los bebés y describí algunos de sus atuendos con dichos ridículos y bebí la media copa de vino permitida para el periodo de amamanto. Amaba a mis amigas.

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Me preguntaron por las mamás que me habían recomendado. Me sentí acorralada y avergonzada. “Bueno, ¿es alguna de ellas genial?”.

Dije que, de hecho, sí. La mayoría de ellas eran agradables de forma individual. Pero de forma colectiva, son todas mamás. Estacionan sus coches en cualquier parte. También están perdidas, buscando reafirmar que están haciendo las cosas del modo correcto, que sus hijos estarán bien. Están cansadas, su ropa no les queda y extrañan trabajar, extrañan a las personas, extrañan salir a beber. No tienen idea de qué es lo que están haciendo y pasan demasiado tiempo leyendo sobre ello en internet. Son, y me apena decirlo, iguales a mí.

Visto en New York Magazine & Imágenes de We Heart It.

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