Por Candela Duato
19 octubre, 2014

Brittany Maynard ha elegido valientemente el terminar con su vida el 1 de Noviembre de 2014. Sufre de glioblastoma –cáncer de cerebro terminal– y viajará a Oregón con su esposo y su madre para concluir su vida bajo la Ley de Muerte Digna del estado.

A sus solo 29 años, Brittany se vio frente a una gran decisión: ¿Permitiría que su diagnóstico terminal acabara con ella o utilizaría el poco tiempo que le quedaba para vivir su vida de una forma dulce, con menos terapias y sin arrepentimientos?

En los días que siguieron a la amplia cobertura de la decisión de Brittany (ya que solo cinco estados en los Estados Unidos ofrecen a los pacientes opciones de muerte digna), Brittany ha usado su pronóstico para abogar por el acceso a una muerte digna para todos a través de su fundación The Brittany Fund y la organización Compassion & Choices.

Brittany decidió compartir la historia de su enfermedad, su vida y su derecho a elegir con Elite Daily:

«Durante los últimos dos años, he visto a doctores que me decían una y otra vez que los debilitantes dolores de cabeza y migrañas que tanto he sufrido eran simplemente ‘cefaleas de mujeres’ y que desaparecerían una vez que me quedara embarazada.

Nunca me embaracé. A pesar de que mi esposo y yo estuvimos intentándolo.

Tras varios meses de consejos médicos equivocados, finalmente me realicé un escáner CT. Los resultados cambiaron mi vida para siempre.

Como muchos de ustedes sabrán, fui diagnosticada con cáncer de cerebro terminal al día siguiente. Todo lo que siguió a ese fatídico día fue el comienzo de una realidad completamente nueva.

A los nueve días de mi diagnóstico inicial, estuve en tres hospitales y me sometí a una craneotomía parcial  para intentar remover el tumor y quitarle presión a mi cráneo.

La craneotomía fue exitosa en aliviar algo de la presión y dolor. No obstante, 70 días después descubrimos que mi tumor había aumentado su tamaño, lo que indicaba un cambio en su clasificación.

Los doctores me dijeron que me quedaban seis meses de vida.

Tengo 29 años.

Cuando descubrí que tenía tan poco tiempo, mi primer pensamiento fue acerca de todo lo que necesitaba decirle a mi familia y amigos. Inmediatamente quise decirles cuanto los amo.

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Mi diagnóstico también reafirmó mi filosofía sobre cómo quiero vivir mi vida: valorando a las personas, no a las cosas.

Viajar, ver el mundo.

Al terminar la universidad, fui lo suficientemente afortunada para lograr hacer un voluntariado en un país en desarrollo. Los niños con los que trabajé habían experimentado mucho sufrimiento, pero aún así seguían de pie. Resistiendo profundamente.

Al ayudarles, aprendí mucho sobre la fuerza del espíritu humano.

Así que cuando los doctores me dijeron que mi cáncer era incurable, pero que había opciones de tratamiento que prolongarían mi vida, exponiéndome a dolor y sufrimiento, escogí un camino distinto. Elegí tiempo con mi esposo y mi madre. Elegí viajar. Elegí aventuras.

Mi desafío más grande ha sido el aceptar que la muerte es parte de mi historia. Que terminaré mi camino demasiado pronto. Y no es que ahora no tenga miedo, pero he vivido un proceso intelectual y emocional tan grande en los últimos siete meses que me ha traído mucha aceptación.

Aceptar que moriré se volvió notablemente más fácil una vez que tuve acceso a una muerte digna.

No puedo expresarles el alivio que siento al saber que no tengo que soportar un dolor ni sufrimiento prolongado.  Debido a que mi cuerpo es joven y sano, el fin de mi vida iba a ser especialmente horrendo al avanzar mi cáncer de cerebro y entrar en guerra con mi cuerpo.

No solo quiero salvarme de ese destino, sino que además amo demasiado a mi familia como para hacerles vivir con la memoria de mi deterioración por el resto de sus vidas.

Tomé una decisión. No es la decisión correcta para todos, pero sí creo –profunda y honestamente– que cada enfermo terminal de los Estados Unidos merece acceso a ella. Ellos merecen decidir por sí mismos.

La mayoría del tiempo ni siquiera pienso en tomar esas pastillas. Pero sé que cuando llegué el día, tendré el coraje y la convicción para elegir lo que es correcto para mi familia y lo haré. Moriré de forma tranquila, rodeada de las personas que me son más cercanas.

Decidí hacer algo muy público en un momento en mi vida en el cual ansiaba pasar tiempo de calidad con mi familia porque quiero que mi historia –y mi legado– impulsen un cambio específico: quiero que la muerte digna sea accesible a todos los estadounidenses con enfermedades terminales. No viviré para alcanzar a ver este sueño hecho realidad, pero espero que todos ustedes sean parte de esta batalla».

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