El azúcar era mi vicio más grande, hasta el punto que era dependiente. Por eso tomé este desafío.

He tenido varios vicios en mi vida: las copas, retener emocionalmente a hombres, comprar muchos productos en eBay, entre otras cosas. Pero hay sólo una cosa que me hizo sentir que si no lo conseguía, moriría: azúcar refinada y procesada. Durante décadas, pensaba en azúcar todo el día: dónde la conseguiría, cuánta cantidad sería adecuada, qué haría si comía demasiado.

Me gustaba pretender que era de las que podían rechazar el ocasional pedazo de torta cuando se celebraba un cumpleaños en la oficina. Pero por dentro, sabía que no existían suficientes dulces en el mundo para saciarme. Podría comerlos todos, pensaba, hasta que mi sangre se convirtiera en bavarois y muriera. Sería trágico, pero al menos hubiese dejado este mundo haciendo algo que amaba. Devolvía el pedazo de torta sabiendo que, en vez de eso, conseguiría una bolsa de M&Ms de regreso a casa.

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Mi historia con el azúcar

Mi adicción por el azúcar se dio por las circunstancias. Cuando era una niña, la estabilidad de mi hogar no salía de lo hostil y a menudo estaba a cargo de escoger mi propia comida, por lo que siempre decidía consumir azúcar. Lo que me daba el azúcar era lo único que era consistente en mi vida, lo único en lo que podía confiar, lo único en mi pequeño mundo que funcionaba siempre de la misma forma.

Mis abuelos paternos habían desarrollado diabetes tipo 2 debido a su estilo de vida azucarado, pero nunca nadie intentó hacer algo con mi obsesión por el azúcar, y cuando llegué a la adolescencia, ya parte de mi identidad. Las chicas que conocía estaban obsesionadas con las dietas y las calorías, pero decidí que el azúcar tenía algo desafiante. No intentaría empequeñecer mi cuerpo para obtener lo que el mundo creía que yo quería. Yo quería comprarle una Coca Cola al mundo, y si no les gustaba, entonces todos podían irse al demonio.

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Pensarás que cambié mientras pasaban los años, pero estás equivocado. Cuando era una veinteañera afirmé aun más mi identidad con esta alimentación poco saludable, tomando el tipo de decisiones nutricionales que esperarías de un niño de 9 años. Comía azúcar en todos sus tipos cada vez que se me antojaba. Soy el tipo de amiga que te dice que quiere ser enterrada con una barra de chocolate.

Todos los años, luego de mi visita al doctor, me preguntaba si este sería el día en el que me dijeran que, inevitablemente, tenia pre-diabetes. Me preparaba cada año para esta noticia. Pero estaba resignada. No podía imaginar que las cosas fueran de otra forma.

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Mi momento de despertar

Una mañana del pasado diciembre desperté antes que mi novio. No quería molestarlo con ruido, así que decidí comerme una galleta para llenar un poco mi estómago hasta que él despertara. En la hora siguiente me comí la caja entera. Ni siquiera lo hice de forma consciente. Era como una fiesta de esas en las que no te das cuenta que las cosas están fuera de control hasta que alguien salta por la ventana. Fue en ese momento que me di cuenta: tenía que parar.

Dejar el azúcar es un tema siempre está de moda, pero últimamente se ve más en los medios debido a programas de desintoxicación donde aseguran que el azúcar es más adictivo que la cocaína, y que incluso los azúcares ‘saludables’ como la miel, pueden provocar problemas de salud serios. Pero este no era el método para mí.

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Existía sólo una cosa que me ayudaría a dejar de comer azúcar, lo único que me había ayudado a cumplir mis metas: rencor. Todos mis amigos conocían mi adicción al azúcar, y esperaban que no fuese capaz de hacerlo. Debido a que la venganza es el único idioma en el que puedo hablar realmente fluido, me comprometí inmediatamente a no consumir azúcar. No comería ningún tipo de azúcar que no viniese de forma natural en las frutas o vegetales. Justo desde el comienzo decidí que jugaría a ganadora.

No quería tener una piel más limpia o una mente más clara. Sólo quería demostrarles a todos lo que podía hacer, y esta era la única sensación más dulce. Y así, el 5 de enero decidí que ningún tipo de alimento con azúcar añadida tocaría mis labios durante una semana.

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DÍA 1

Claro que tuve problemas el primer día, porque no comprendía que mi yogurt tenía azúcar añadida. ¿Entonces qué otras cosas tenían? La respuesta: TODO. Luego de ir al supermercado descubrí que todos estos alimentos estaban llenos de azúcar añadida. Comía zanahorias y almendras hasta que me sentía satisfecha y luego intentaba comprender como sobreviviría.

Tenía planes para cenar con amigas mi primera noche. Se supone que este tipo de reuniones debiesen generar un espacio lejos de las demandas que imponen las mujeres. Por lo que esto se sella con azúcar: un trago con fruta, un pedazo de torta, y que esta noche nadie juzga a nadie. Pero mientras miraba el menú buscando algo que no tuviese azúcar, sentí que salía de las reglas de una reunión femenina. Estaba trayendo recordatorios de cómo se suponía que debíamos controlar constantemente nuestros cuerpos.

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Existimos en una sociedad que cree que el propósito de una mujer en la vida es ser sexualmente atractiva para todos los hombres, todo el tiempo; que su responsabilidad mayor es controlar su cuerpo para evitar la grasa y que dedicarse a este pasatiempo en la única forma en la que se creerá que merece hablar y ser escuchada. Comer cada vez que quería me había hecho sentir que me rebelaba contra eso.

Más tarde esa misma noche, fui a un concierto donde había mesas llenas de dulces. Tomé una pequeña barra de Hershey’s y la puse en mi cartera. Pensé: ‘Esta será mi prueba. La tendré conmigo, la llevaré a todos los lugares a los que vaya para recordar esto. Y si todo se vuelve demasiado insoportable, bueno, puedo comerla.’

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Días 2 y 3

Habiendo pasado tanto tiempo pensando que no tenía poder contra esta adicción, encontré que durante el inicio dejar el azúcar era bastante fácil. La verdad es que no me sentía débil. Había reemplazado lo que me daba el azúcar con la satisfacción que sentía ante mi triunfo.


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A medida que avanzaban los días me sentía genial. ¿Puede que tuviese más poder del que yo pensaba? Pero mientras transcurría la semana al final de la primera semana estaba convencida que el azúcar me hacía más boba

Al finalizar la primera semana, me sentía como una versión más tonta de mí misma. Pero lo que me motivaba a mí era más poderoso: el deseo de demostrarles a mis amigos lo equivocados que estaban. Así que, por supuesto que decidí extender el experimento otra semana más.

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Semana 2

Al comenzar esta, comencé a sentir los primeros deseos de consumir azúcar. Esa mañana número algo se rompió dentro de mí. Necesitaba azúcar. Me desesperaba comer algo delicioso. Al día siguiente estaba furiosa, ¡justo en el punto en el que estos deseos debiesen haber desaparecido! Hubiese arriesgado mi vida con tal de conseguir un dulce.

Al llegar el día 10, me di cuenta que la forma en la que me sentía tenía que ver con una falta de proteína, no una de azúcar. En mi obsesión lo había olvidado. Una vez que comí suficiente proteína, olvidé el azúcar. Ya no era por lo satisfecha que me sentía, era simplemente porque ya no me importaba.

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Cuando finalmente no pude más

Mi abstención de azúcar terminó en el lugar que las mejores versiones de nosotros mismos van a parar: la estación de trenes. Dando vueltas a las 9 de la mañana el día número de 12, donde parecía ser que todo lo que vendían era una variación de azúcar y manteca. Dándome por vencida, decidí comerme un chocolate, y con ese dulce que poco me satisfizo, terminó mi dieta sin azúcar.

Durante ese fin de semana, me permití enloquecer. Pero descubrí que no quería hacerlo realmente. Me comí un par de pretzels y eso fue todo. Mi cuerpo, el cual alguna vez había sido el templo de la azúcar añadida, ahora parecía prácticamente tener alergia a estos alimentos.

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Y esa es la razón por la cual, mientras escribo esto, estoy terminando otro día en el que no consumí azúcar. He decidido seguir evitando este tipo de alimentos mientras sea posible y no regañarme a mi misma si de vez en cuando como un poco. Me quedaré en este viaje para ver a dónde me lleva, porque quiero ver que sucederá. Cuando somos adultos no tenemos muchas oportunidades para reinventarnos o para ver de qué cosas somos capaces. Dejar el azúcar me dio esa oportunidad.

No tengo idea quién soy sin mi adicción al azúcar y es algo emocionante. Quizás llegaré a ser alguien totalmente diferente. Quizás me convertiré en una persona que nunca tendrá diabetes. Sin embargo, siendo alguien que ha probado (y fracasado) con cada programa de auto-ayuda del mundo, no puedo creer que finalmente me vea a mí misma de forma diferente sólo por haberle dicho que no a una pequeña barra de chocolate.

Este artículo fue originalmente escrito por Gabrielle Moss para Bustle & Imágenes de We Heart It.

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