Por Carolina Mila
8 enero, 2015

Este artículo fue escrito por Jasmin Singer para Mind Body Green.

No fue una sorpresa para mí el que, al perder 45 kilos, el mundo, y su relación conmigo cambiara drásticamente.

Lo que si me conmocionó, sin embargo, fue el hecho de que muchos de estos cambios fueron profundamente inquietantes.

No me malentiendan. El perder el peso que había estado forzando mis rodillas y mi espíritu por tanto tiempo fue un logro importante para mí, algo que había deseado desesperadamente desde que era una niña.

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Y por una buena razón. Rozando los 31, midiendo 1.62m, pesaba 100 kilos. Mis triglicéridos estaban altos, en 208, y sufría innumerables problemas de salud—desde depresión y ansiedad, a fatigas y jaquecas. Mi doctor me dijo que estaba camino a esas tan comunes enfermedades cardíacas.

Fue durante un viaje a San Francisco con mi pareja en el 2010—durante una reunión amistosa con los editores de una revista para la que yo escribía de manera independiente—que la trayectoria de mis hábitos alimenticios cambió de rumbo.

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Mientras todos devorábamos una comida del Medio Oriente, nuestros comensales prácticamente me endosaron una copia adelantada de un nuevo documental, animándome enfáticamente a tomarlo prestado. Recordando su vehemencia al decirme que lo viera, a veces coqueteo con la idea de sentirme realmente ofendida, pero la verdad es que el documental salvó mi vida.

Gordo, Enfermo, y Casi Muerto cuenta la historia del viaje de un hombre hacia la salud, luego de no tomar nada más que jugos por 60 días. A pesar de que fue difícil para mí admitirlo en ese punto, la historia me afectó de manera muy profunda. Harta hasta las lágrimas de no poder ver mis pies debajo de mi estómago, y cansada de sentirme tan enferma todo el tiempo, mi momento de la verdad se resumió en un simple gesto de desdén.

Luego de ver el video más tarde esa noche en nuestra pieza de hotel, y ser envalentonada por la facilidad y los rápidos resultados de solo consumir jugos de frutas y verduras, miré a mi pareja, Mariann, y dije, “qué rayos, ¿por qué no?”

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Tan pronto como llegamos a nuestro hogar en Nueva York, comenzamos nuestro primer ayuno, de muchos, de 10 días de solo jugos. Fue el 1 de septiembre del 2010. El 10 de septiembre, ya había bajado cinco kilos, y ya estaba convencida. Mariann y yo comenzamos a hacer ayunos de jugos regulares, y entre medio comíamos comidas integrales abundantes, de dietas veganas, recomendadas por Joel Fuhrman, autor de Comer para Vivir. (Yo ya había sido vegana por un largo tiempo, motivada en ese entonces y ahora por razones éticas, evitando productos animales.)

Este enfoque funcionó para mí, a pesar de que tantos otros intentos para perder peso habían fallado. No era que me hubiese vuelto más determinada que en otros intentos; simplemente había encontrado algo que para mí, no era tan difícil.

De hecho, la parte más difícil fue, y aún es, el costo—ya que—contrario a los productos acomodados que se utilizan para la comida chatarra, y son utilizadas en la industria agrícola—las frutas y verduras no son subsidiadas por el gobierno. Así que reconozco que el ayuno de jugos es una manera bastante privilegiada de consumir alimentos.

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Pero fuera de mirar mi dinero volar, los problemas típicos de las dietas no parecían ser grandes obstáculos. Nunca tuve demasiada hambre, a pesar de lo que puedan pensar sobre los jugos. No tuve que contar calorías, o tomar decisiones sobre lo que comer. Estaba llena de energía, y los jugos eran sustanciosos, y la mayoría de las veces, también deliciosos. Obviamente, hacerlo junto con Mariann lo hizo mucho más fácil, y los resultados rápidos fueron realmente motivantes.

Dos años después, luego de perder casi 45 kilos, incluso terminé en The Dr. Oz Show, junto con el doctor Fuhrman, en donde hablamos sobre por qué Comer para Vivir, el plan alimenticio que mayormente había seguido cuando no estaba ayunando, era (y aún es) un elemento clave en mi salud. Y recientemente, fui grabada para la secuela de Gordo, Enfermo y Casi Muerto. Yo era lo que se llamaba una “historia de éxito.”

A medida en que mi peso bajaba, comencé a ver que el mundo a mi alrededor estaba cambiando. Los hombres sujetaban puertas para mí de manera entusiasta. Las mujeres, reventando un globo de chicle y tocándose el pelo, me halagarían por mi “¡presssiooosssa chaqueta!” Los empleados en las cafeterías me sonreían, y hacían contacto visual. Algunos de mis amigos bien intencionados, pero vulgares amigos decían que me veía “mucho mejor.” Mi (siempre delgada) madre me dijo que estaba orgullosa de mí; tenía el mismo brillo en los ojos que cuando me gradué de la escuela.

Como una persona gorda, estaba acostumbrada a que las personas se me adelantaran en el metro, no hicieran contacto visual en las tiendan, no sonrieran cuando me pasaban en los pasillos de mi edificio. Este era el comportamiento que yo consideraba normal.

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Luego de ser una niña intimidada, y una joven ignorada, cuando el mundo comenzó a comportarse de manera apropiada hacia mí (lo cual ocurrió cuando mi peso llegó a los 58 kilos, más o menos), quedé patitiesa.

Mi reacción inicial frente a esta repentina arremetida de calidez, dulzura y gratitud del mundo, fue una sospecha de que se estaban burlando de mí. Desde que pasé de una talla 46 a una 36, ha habido veces en las que me he encontrando cuestionando las motivaciones de las personas de manera irracional, como esperando a que las serpientes de papel salten de la lata.

Mi segunda reacción, luego de que me di cuenta de que no se estaban riendo de mí, sino que solo estaban siendo cordiales, fue enfurecerme. Como una persona gorda, reconocía que era una víctima de una sociedad injusta. Pero nunca me había dado cuenta de cuantas diferencias sutiles habrían negociando el mundo como un miembro del club, un “niño popular,” ya no más alguien para ser ignorado en los mejores casos, o como recuerdo de mi tiempo de adolescente, infinitamente torturado.

Cuando lo pensé un poco más, no pude realmente culpar a las personas que me estaban tratando con amabilidad. No era su culpa que la sociedad los hubiese adoctrinado tan profundamente con la noción de que delgado es lo mismo que amigo, y gordo es lo mismo que nada.

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Esto no les da precisamente una “tarjeta para salir de la cárcel”, pero a menos de que seas un completo misántropo, no pueden realmente culpar a alguien por ser cortés. Y la verdad es que, enojada como estaba, también estaba disfrutando de la nueva opinión que el mundo tenía de mí. Habían veces, lo admito, en las que me sentía lo suficientemente feliz como para tirar mi sobrero al aire, al estilo de Mary Tyler Moore. Finalmente, era algo.

Excepto que—esperen—¡antes también había sido algo! Había sido una escritora, una activista, un actriz. Me habían encantado los fritos de repollo, los colores de esmalte de uñas que eran “demasiado jóvenes” para mí. ¿Por qué nadie lo había notado? ¿Por qué a nadie le importaba? Y lo más importante, ¿Por qué les importaba ahora?

Vivimos en una sociedad que celebra y recompensa los atributos más ridículos y arbitrarios, la delgadez siendo una de las primeras en la lista. Es verdad que la delgadez tiene su encanto, no lo voy a negar.

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Pero lo que se me ha hecho tan vívido a mí, es la forma en que nuestra evaluación del cuerpo de una persona se ha convertido completamente en nuestra evaluación de la persona. No solo decidimos que ciertos tipos de cuerpo son más o menos atractivos, marginalizamos, y a veces abusamos de aquellos que no se conforman a nuestro ideal, y sexualizamos y consumimos a aquellos que se conforman demasiado. Se nos entregan o se nos quitan privilegios que solemos perder de vista una vez que se nos han entregado—privilegios que reconocemos tan solo si nosotros mismos los perdemos.

Obviamente, la delgadez no es el único privilegio por el cual las personas son juzgadas. Hay miles. En ocasiones —y mi ejemplo personal es tan infinitesimal al lado del sufrimiento inconmensurable que tantos otros individuos oprimidos experimentan—nos encontramos en la posición de haber saltado la reja. Por la razón que sea, nos hemos convertido en “dignos” para aquellos que previamente nos habían considerado como ajenos.

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En estos días, mis viejos amigos no me reconocen. Para empezar, soy delgada por primera vez en mi vida. En segundo lugar, estoy llena de tatuajes, los cuales son, diría, un intento de reclamar mi cuerpo, ya que a veces tengo problemas reconociéndolo como realmente mío.

Pero más que nada, creo que mi gran pérdida de peso me ha traído un cambio de personalidad, un nuevo nivel de confianza—no solo porque me siento mejor respecto de mí misma, sino tristemente, porque el mundo se siente tanto mejor respecto a mí. Y la verdad es que me gusta. Lo disfruto, y hasta el punto en que puedo salir con la mía, lo utilizo.

Pero dentro de mí, sigo siendo, y siempre seré una niña gorda, con la consciencia de niña gorda de que el mundo no es ni remotamente tan amable como lo que parece ser en este minuto.

Visto en Mind Body Green 

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