Por Carolina Mila
14 Enero, 2015

Este artículo fue escrito por Mandy Len Catron para New York Times.

Hace más de 20 años, el sicólogo Arthur Aron logró que dos extraños se enamoraran en su laboratorio. El verano pasado, apliqué su técnica en mi propia vida, y así es como de repente me encontré de pie en un puente a medianoche, mirando a los ojos de un hombre por exactamente cuatro minutos.

Me explico. Más temprano esa noche, aquel hombre había dicho: “Sospecho que, teniendo ciertas cosas en común, uno se podría enamorar de cualquier persona. Si es así, ¿cómo podríamos elegir a alguien? ”

Él era un conocido de la universidad con el que de vez en cuando me encontraba en el gimnasio. Algunas veces me preguntaba, “¿qué pasaría si…?” Y lo seguía en Instagram, pero esta era la primera vez que compartíamos tiempo a solas.

“En realidad, los sicólogos han tratado de hacer que las personas se enamoren,” dije, recordando el estudio del Dr. Aron. “Es fascinante. Siempre he querido probarlo.”

Leí por primera vez sobre el estudio cuando estaba en medio de una ruptura amorosa. Cada vez que pensaba en salir, mi corazón paralizaba mi cerebro. Me sentía atrapada. Así que, como buena académica, me refugié en la ciencia con la esperanza de encontrar una manera de amar más inteligente.

Le expliqué sobre el estudio a mi conocido de la universidad. Una mujer y un hombre heterosexual entran en el laboratorio a través de puertas separadas. Se sientan frente a frente y responden a una serie de preguntas cada vez más personales. Luego se miran en silencio a los ojos durante cuatro minutos. El detalle más tentador: seis meses más tarde, los dos participantes se casaron. Invitaron a todo el laboratorio a la ceremonia.

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“Vamos a intentarlo”, dijo.

Permítanme admitir por qué nuestro experimento ya no se alineaba con el estudio. En primer lugar, estábamos en un bar, no un laboratorio. En segundo lugar, nosotros no éramos extraños. No sólo eso, sino que ahora me doy cuenta que una persona no sugeriría ni se comprometería a realizar un experimento diseñado para crear amor romántico si no estuviera abierto a la posibilidad de que eso ocurriera.

Busqué en Google las preguntas del Dr. Aron; eran 36. Pasamos las próximas dos horas leyendo de mi iPhone, y respondiendo alternativamente cada pregunta.

Comenzaron de forma inocua: “¿Te gustaría ser famoso? ¿De qué manera?” Y “¿Cuándo fue la última vez que cantaste para ti mismo? ¿y para alguien más? ”

Pero rápidamente se convirtieron en un sondeo.

En respuesta a la pregunta, “nombra tres cosas que tú y tu pareja parecieran tener en común”, me miró y me dijo: “yo creo que ambos estamos interesados en el otro.”

Sonreí y bebí de mi cerveza mientras él decía las otras dos cosas que podríamos tener en común, luego me olvidé rápidamente. Intercambiamos historias acerca de la última vez que habíamos llorado, y confesamos qué cosa nos gustaría preguntarle a un adivino. También explicamos la relación que teníamos con nuestras madres.

Las preguntas me recordaron el infame experimento de la rana en ebullición, en el cual la rana no siente el agua caliente hasta que ya es demasiado tarde. En el caso de nosotros, el nivel de vulnerabilidad de las preguntas aumentaba gradualmente, y no me di cuenta que había entrado en territorio íntimo hasta que ya estábamos allí, un proceso que normalmente puede llevar semanas o meses.

Sin embargo, me gustó aprender sobre mí a través de mis respuestas, pero me gustó más aprender cosas acerca de él. El bar, que estaba vacío cuando llegamos, se había llenado por completo cuando decidimos parar para ir al baño.

Me senté sola en nuestra mesa, consciente de mi entorno por primera vez en una hora, y me pregunté si alguien había estado escuchando nuestra conversación. Si hubiera sido así, no me habría dado cuenta. Así como tampoco me di cuenta cuando la mayoría del público se fue retirando y la noche se hizo tarde.

Todos tenemos una versión de nosotros mismos que ofrecemos a los extraños y conocidos, pero las preguntas del Dr. Aron hacen que sea imposible contar esa versión. La nuestra era esa clase de intimidad acelerada que me recordaba a los campamentos de verano, cuando uno se quedaba despierto toda la noche conversando con un nuevo amigo, e intercambiando los detalles de nuestras cortas vidas. A los 13 años, lejos de casa por primera vez, se sentía natural conocer a alguien tan rápidamente. Pero rara vez en la vida adulta se nos presentan tales circunstancias.

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Los momentos que más me incomodaron no fueron aquellos en los que tenía que hacer confesiones acerca de mí misma, sino cuando tuve que aventurar opiniones sobre mi compañero. Por ejemplo: “comparte algo sobre el otro que consideres que es una característica positiva, un total de cinco cosas” (Pregunta 22), y “dile a tu pareja lo que te gusta de ella; se muy honesto esta vez diciendo cosas que no podrías decirle a alguien que acabas de conocer “(Pregunta 28).

Gran parte de la investigación del Dr. Aron se centra en la creación de una cercanía interpersonal. En particular, varios estudios investigan las formas en que incorporamos a los demás a nuestro sentido del yo. Es fácil ver cómo las preguntas fomentan lo que ellos llaman la “auto-expansión.” Decir cosas como: “Me gusta su voz, su gusto por la cerveza, la forma en que todos sus amigos parecen admirarlo,” convierten ciertas cualidades positivas de una persona explícitamente valiosas para otra.

Es realmente asombroso escuchar lo que alguien admira de ti. No sé por qué no vamos por la vida felicitándonos unos a otros todo el tiempo.

Terminamos a la medianoche, nos llevó mucho más tiempo que los 90 minutos del estudio original. Mirando alrededor del bar, sentía como si acabara de despertar. “Esto no fue tan malo”, le dije. “Definitivamente menos incómodo de lo que va ser la parte de mirarnos a los ojos por 4 minutos.”

Él dudó y me preguntó. “¿Crees que deberíamos hacer eso, también?”

“¿Aquí?” Miré a mí alrededor. Parecía ser demasiado extraño, demasiado público.

“Podríamos estar de pie en el puente,” dijo, volviéndose hacia la ventana.

La noche era cálida y yo estaba despierta. Caminamos hasta el punto más alto del puente, y luego busqué en mi teléfono cómo configurar el temporizador.

“Ok.”, le dije, inhalando bruscamente.

“Ok.”, dijo, sonriendo.

He esquiado laderas empinadas y colgado de una pared de rocas, pero fijar la mirada en los ojos de alguien durante cuatro minutos en silencio era una de las experiencias más emocionantes y terribles de mi vida. Pasé el primer par de minutos tratando de respirar correctamente. Hubo un montón de sonrisas nerviosas hasta que, finalmente, nos tranquilizamos.

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Ya sé que los ojos son las ventanas del alma, pero la verdadera gracia del momento no era sólo que yo estaba viendo realmente a alguien, sino que esa persona me estaba viendo realmente a mí. Una vez que acepté el terror de este conocimiento y me di el tiempo para encontrar la calma, llegué a un lugar inesperado.

Me sentí valiente y en un estado de asombro. Parte de esa maravillosa sensación era mi propia vulnerabilidad y se parecía mucho a esa sensación extraña que tienes cuando repites una palabra una y otra vez hasta que pierde su significado y se convierte en lo que realmente es: un conjunto de sonidos.

Lo mismo ocurrió con el ojo, que no es una ventana de nada sino un grupo de células muy útiles. El sentimiento asociado con el ojo desapareció y me llamó la atención su asombrosa realidad biológica: la naturaleza esférica del globo ocular, la musculatura visible del iris y el vidrio mojado suave de la córnea. Era extraño y exquisito.

Cuando el cronómetro sonó, me sorprendió bastante y sentí un poco de alivio. Pero también sentí una sensación de pérdida. Ya estaba empezando a ver nuestra noche a través del lente surrealista y poco fiable de la retrospectiva.

La mayoría de nosotros piensa en el amor como algo que nos pasa. Nos enamora. Nos destruye.

Pero lo que más me gusta de este estudio es cómo supone que el amor es una acción. Asume que lo que le importa a mi pareja me importa a mí también, porque tenemos al menos tres cosas en común, porque tenemos una estrecha relación con nuestras madres y porque me dejó mirarlo por 4 minutos.

Me preguntaba que resultaría de nuestra interacción. Si nada ocurría, pensé que tendría una buena historia. Pero ahora veo que la historia no es sobre nosotros; se trata de lo que significa darse el trabajo de conocer a alguien, sobre lo que significa ser conocido por alguien.

Es cierto que no puedes elegir quién te ama, aunque he pasado años esperando que así sea, y no se pueden crear sentimientos románticos basándose sólo en la conveniencia. La ciencia nos dice que es un asunto de biología; que nuestras feromonas y hormonas llevan a cabo un montón de trabajo detrás de cámaras.

Pero a pesar de todo esto, he empezado a pensar en el amor como una cosa más flexible. El estudio de Arthur Aron me enseñó que es posible –incluso simple– generar confianza e intimidad, y que eso es lo único que se necesita para que los sentimientos de amor prosperen.

Probablemente te estés preguntando si nosotros nos enamoramos. Bueno, sí lo hicimos. Aunque es difícil darle todo el crédito al estudio (puede haber ocurrido de todos modos.) El estudio sí nos llevó un paso dentro de la relación que se sintió deliberado. Pasamos semanas en aquel espacio íntimo que creamos esa noche, esperando a ver lo que podía llegar a ser.

Finalmente, el amor no nos sucedió. Nos enamoramos, porque cada uno de nosotros decidimos hacerlo.

Visto en New York Times y Weheartit

 

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