Por Florencia Sanchez
18 marzo, 2015

«Así fue mi fin de semana sentándome como ellos».

Este artículo fue originalmente escrito por Gabrielle Moss para Bustle.

Este problema es tan molesto como misterioso. El hombre que ocupa múltiples asientos extendiendo sus piernas hacia los costados, hace que el resto de los pasajeros se haga ciertas preguntas: ¿Está el hombre ejerciendo sus derechos masculinos, o como algunos defensores lo llamarían, solo atiende la necesidad espacial de sus testículos? ¿Está bloqueando asientos vacíos tanto a su derecha como a su izquierda con sus rodillas sin darse cuenta?

Probablemente no soy la primera persona en escribir un artículo acerca de este fenómeno; de hecho ha sido foco para campañas feministas en Turquía, y muchos otros casos a nivel mundial.

Y aun así, a pesar de haber investigado acerca del tema, todavía me quedaba la duda sobre los hombres que se encuentran ocupando el espacio de todos diariamente. ¿Las personas se enojarían al ver a una mujer con sus piernas separadas de la misma forma en la que lo hacen los hombres?

Decidí que en el transcurso de una semana, me convertiría en una mujer relajada. Para entender este fenómeno, decidí que me comportaría como los peores ejemplos con los que me he encontrado: no me movería por algún codazo o expresión de disgusto. Mantendría mi posición. Trataría de imaginar que tengo testículos, y que éstos están desesperados por aire.

A medida que iba avanzando el fin de semana, algo gracioso ocurría: Me fijaba y afectaba cada vez menos la disconformidad y el miedo a los extraños. Pasé de fingir estar muy ensimismada en la lectura de mi libro, a encontrarme realmente absorbida por lo que ocurría en mi libro, olvidando por completo que tenía las piernas muy separadas.

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Cuando me enfrenté a la situación de tener a una mujer dándome un codazo para poder sentarse a mi lado, como yo ya lo había hecho en situaciones anteriores, reaccioné de manera automática cerrando mis piernas. Fue entonces cuando recordé mi importante y a la vez horrible experimento, y volví a separar mis piernas. Mi compañera de asiento, al darse cuenta que no iba a llegar a ninguna parte a golpes, procedió a continuar el resto del viaje arrinconada, como yo ya lo había tenido que hacer en múltiples ocasiones, mientras pretendía estar demasiado concentrada en un juego de Candy Crush.

La tónica siguió repitiéndose de manera similar el resto del fin de semana. Por supuesto, hubo algunas excepciones: una mujer, aproximadamente de mi edad, me confrontó directamente, parándose de manera histérica frente a mi mientras gesticulaba con un Frapuccino en la mano. (De inmediato cedí y me moví).

Pero de las alrededor de 20 personas que se sentaron a mi lado, la mayoría de ellos intentaron acomodarse sin decir una palabra y sin siquiera expresar su frustración. Aunque la mayoría de las mujeres alejaron su cuerpo del mío , algunos hombres intentaron obtener mayor espacio esparciendo sus piernas queriendo mostrarse de la manera más sutil posible, aún así yo gané esas batallas.

¿Por qué no eran tanto hombres como mujeres por igual los que me confrontaban? Me costó darme cuenta que era porque la gente tendía a pensar que yo podía estar loca.

Mientras un hombre grande de contextura gruesa me miraba de manera nerviosa, me di cuenta que yo me había convertido en ese supuesto loco. No se sentía bien. Comenzaba a sentirme como una persona terrible.

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Por primera vez en todo el tiempo que llevaba viajando en metro, dejé de preocuparme acerca de lo que los demás me iban a decir por ocupar demasiado espacio. No me sentía más poderosa. Simplemente me sentía relajada. ¿Era esto lo que los hombres con sus piernas abiertas siente todo el tiempo? ¿Relajados, seguros, arrogantes? Siempre había pensado que no había manera que estos hombres “no notaran” a las demás personas que querían sentarse. Pero ya para la novena vez en el día que estaba haciendo este ejercicio, me di cuenta que yo también no solo no lo notaba, si no que no me importaba.

Ahora me doy cuenta que algunos de los hombres a quienes confronté en el pasado probablemente no se dieron cuenta de todo el espacio que estaban acaparando. Esa es la cosa acerca de los privilegios: puedes no notar que lo tienes.

Si, la gente teme que aquellas personas que ocupan demasiado espacio en el metro puedan responder de manera agresiva. Para progresar en este asunto, no podemos esperar que aquellas personas que son parte del problema den una solución; necesitamos que el mismo metro confronte el tema promoviendo campañas que concienticen acerca del uso del espacio.

El transporte público, tal y como todo espacio público, es una zona de batalla cultural, y lo que sucede aquí da pie para estándares de otras situaciones culturales. Vale la pena hacer que este espacio sea lo más cómodo y acogedor posible para nuestro diario vivir.

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El lunes siguiente, camino a mi trabajo tras el experimento, me detuve a mirar al grupo de hombres que iban sentados con sus piernas abiertas ocupando múltiples asientos en el metro. Tras mi fin de semana de prueba sentía que entendía mejor cómo éstos hombres tomaban espacio extra al sentarse, pero aún me sentía perdida sobre qué debía hacer yo al respecto. Debía simplemente acercarme y decirles: “Escucha amigo, sé lo entretenido que esto es, pero debes parar de ser un idiota” o ¿debería sentarme a su lado y empujarlos hasta reducir su espacio hasta sus propios asientos?

Al final, lamento decirles que solo me quedé ahí parada silenciosamente.

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