Por Candela Duato
23 noviembre, 2014

Este artículo fue originalmente escrito por Patrice Bendig para Huffington Post.

Los servicios de citas en línea me hicieron sentirme más sola y rechazada que nunca.

Esta es mi cara de “soy una persona normal y feliz” ¿Estoy haciendo mucho esfuerzo?

Siempre supuse que la vida después de la universidad iba a ser difícil. Unirme al mercado laboral durante uno de los momentos económicos más turbulentos de la historia de nuestra nación, significaba que tendría que trabajar mucho más para entrar a la industria de las comunicaciones. Irme de la casa de mis papás significaba que tendría que aprender a vivir bajo un presupuesto muy limitado, lo que resultaría en muchas comidas de fideos instantáneo la semana antes del día de pago. Lo que no esperé es que mi vida romántica sería así de difícil.

Si mi vida dependiera de ello, aún así no podría conseguir una cita. Sólo con escribir esta oración me dolió. Siendo una mujer heterosexual y soltera en un área metropolitana, uno pensaría que es bastante simple conocer hombres. No me gusta beber mucho, así que la escena de los bares no es mi tipo de plan de viernes noche. Y, aunque creo que no hay nada de malo con el sexo casual, no es para mí.
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Aunque soy introvertida y prefiero pasar tiempo con mi gato mirando Netflix, salí de mi zona de comodidad y me uní a un equipo mixto de fútbol y me registré a una clase de comedia. Fue una pérdida de tiempo. La mayoría de los tipos ya tenían una relación y, el resto, mostró cero interés en mis torpes intentos de coqueteo. Cuando nada fructiferó, recurrí a la única salida que nunca me había defraudado: Internet. 

“Me fascina crear listas de cosas que debo hacer antes de morir y obligarme a hacer actividades nuevas, como cocinar (¿esa es una actividad, no?). Soy adicta a los frapé de café, a mi sobrino de cuatro años, a la música de los noventa y a los batidos de mantequilla de maní. La mayoría del tiempo prefiero ver una serie en mi cama con mi súper inteligente gato, pero me he estado obligando a jugar fútbol, tratar de comer sano, correr 5k y a escribir sobre lo rara que es la vida. Estoy en busca de un hombre que también crea que la vida es extraña y que me obligue a subirme a una montaña rusa por primera vez“.

Esta es la biografía que mi amiga Erica escribió para mí en el portal de citas online. Dio en el clavo.

Las citas online parecían ser una alternativa ideal y estaba segura que iba a ser una entrada para ampliar mis horizontes amorosos. Como escritora, me hubiese sido bien fácil crear un perfil despampanante. Sin frases de conquista torpes o la necesidad de leer entre líneas. En este panorama de citas, tenía la opción de resaltar mis mejores características.

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En el transcurso de una semana, me acerqué a 10 hombres diferentes, con mensajes cortos pero cuidadosamente diseñados. El silencio que los siguió fue absoluto.

Seleccioné otras sugerencias, me contacté con ellos y esperé a que uno de ellos mordiera el anzuelo.

No, resultó en otra seguidilla de rechazos. Así que, en realidad, fue como ser rechazada 20 veces consecutivas. Veinte hombres que parecían ser perfectos para mí en cuanto a personalidad e intereses, no estaban interesados, a pesar que me “veía” y “sonaba” como mi mejor yo. Incluso la mejor versión de mí misma no era deseable. Para alguien que a cada hora lucha con asuntos de autoestima, esto fue como una patada en el estómago.

Después de 40 rechazos, pensé que era hora de cambiar mi perfil, como cuando en las películas la chica se da vuelta después de salir del salón de belleza. Pensé que ese nuevo maquillaje digital de mi perfil atraería la atención de un chico.

Pero, no pasó nada. Mi bandeja de entrada permaneció vacía y, con cada click, mis inseguridades incrementaron.

Decidí borrar todos mis cinco perfiles de las páginas citas. La triste vergüenza de una bandeja vacía.

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