Por Andrés Cortés
24 enero, 2018

“Me arrepiento de la mitad de mi vida, desde el día que nací hasta que me enderecé”, cuenta el hombre de ahora 60 años.

Los tatuajes son adictivos y eso lo sabemos todos. Aunque no hayamos dejado que una aguja toque nuestra piel y nos inyecte tinta, de seguro tenemos un familiar, amigo o cercano que sí lo ha hecho y en más de una vez te ha comentado que se ha hecho “adicto” a los tatuajes.

Pues esta extraña y dolorosa adicción es real y John Kenney, un hombre de 60 años, lo sabe bien.

Daily Mail Australia

Pero para llegar a este estado como lo vemos hoy, Kenney no tuvo una vida normal. Los primeros años de John estuvieron marcados por el crimen, siendo todo un gánster en Melbourne, Australia.

Sus tatuajes, de cierta forma, son un recordatorio de la compleja vida que llevó luego de que huyera de su hogar los cortos 7 años.

Sus primeros tatuajes los adquirió ilícitamente luego de obtener dinero vaciando botellas de leche en las puertas. Desde los 12 años tuvo gran interés por las drogas y no faltó mucho para que comenzara con los robos, poco antes de convertirse en proxeneta, cuenta el sitio Daily Mail Australia.

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Pero esta vida de oscuras aventuras tiene un lado que las películas de gánster no enseñan. Kenney generalmente dormía en contenedores de basura. Vivir en la calle lo convirtió en un joven enojado y a los 9 años lo llevaron a prisión por primera vez.

“No tenía una vida familiar muy buena, no había amor allí, solo ocultaciones de mis ambos padres.

Me violaron cuando entré a la correccional por primera vez. A veces traían muchachos mayores a jugar baloncesto con niños más pequeños. Muchos resultaron ser abusadores”.

-John Kenney

Durante su juventud fue tan adicto a las drogas que incluso se llegó a cortar un dedo con un cuchillo de carne con el fin de cobrar dinero de compensación y, sin remordimiento, lo explica: “lo hice porque lo necesitaba para las drogas“, agrega.

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Kenney revela además que en varias ocasiones ha intentado suicidarse. Narró que una vez tomó medio frasco de Valium y una botella de Whisky. No funcionó.

Me arrepiento de la mitad de mi vida, desde el día que nací hasta que me enderecé… Pienso en las víctimas que dejé atrás, lo siento mucho, especialmente en los allanamientos de las casas”.

-John Kenney

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Actualmente tiene un hogar permanente en una institución para personas. Frecuentemente habla con estudiantes para comentarles los peligros de las drogas y de los tatuajes, pero comenta que es una persona muy solitaria.

Tengo problemas para hacer amigos o mantener amigos. Pero tengo algunos y me hice una identidad ahora que me tatué toda la cara. Todos sienten curiosidad“, cuenta Kenney.

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Aún así, su vida no ha sido nada fácil y Kenney no quiere olvidarlo. Para eso, su cuerpo le recuerda constantemente su pasado y lo difícil que ha sido reestructurar su vida.

“Como una vez a la semana, no tengo hambre. Pero he dejado de beber y fumar. No tengo emociones, no tengo las herramientas adecuadas para la vida“.

-John Kenney

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