Por Maximiliano Díaz
20 mayo, 2018

Trabajan como amas de casa. Muchas son analfabetas y no saben nada de leyes. En más de alguna ocasión, la ignorancia y el aprovechamiento han sido su perdición.

Casi siempre comienzan jóvenes. Muchas de ellas terminan siendo viejas. A otras las obligan a retirarse antes por las irregularidades de sus jefes. Las más desafortunadas, mueren en el anonimato. Todas deben hacerlo afuera. Actualmente, cifras recientes han arrojado que más de 2 millones y medio de ellas se desempeñan en esta labor que, a pesar de ser algo perfectamente seguro, normal, regulado y protegido en algunos países, no goza de la certeza del regreso en ese lado del mundo. Son las mujeres indonesias que deciden irse a trabajar al extranjero. 

Isah tiene 42 años. Asegura que su cuerpo ya no funciona para esa labor. Las articulaciones y las extremidades ya no responden ni funcionan como antes. Pero hoy ella ya no está interesada en continuar barriendo ni lavando la ropa. Ahora, según cuenta, se gana la vida buscando a mujeres jóvenes que quieran ser empleadas domésticas en el extranjero. Sin ningún pudor, cuenta, se pasea por Sukabumi, un distrito del suroeste de la isla de Java buscando candidatas.

Isah capta a mujeres jóvenes para irse a ser empleadas domésticas al extranjero (Foto: Zigor Aldama/El País)

Antes de ponerse a reclutar, Isah fue primero una experta en la ardua labor doméstica. Durante casi 13 años vivió en Arabia Saudí. Ahora, asegura, está orgullosa de poder ayudar a otras mujeres a labrar su propio futuro en las estridencias de un panorama económico tan difícil. Sobre todo para las mujeres. Ella es concisa y directa para describir la labor:

“En el extranjero pueden hacer dinero y ayudar a sus familias”.

La realidad de una vida laboral precaria

Pero la promesa de la prosperidad en el trabajo no siempre se cumple. De acuerdo a las cifras oficiales que maneja The Asia Pacific Knowledge Network on Migration, 39 mujeres indonesias fallecieron trabajando como empleadas domésticas en Medio Oriente y África entre enero y julio del año pasado. A pesar de que no registran informes oficiales sobre las condiciones de cada una de ellas en particular, se desprende que las principales causas de sus muertes fueron la explotación laboral y el abuso sexual. Los casos terminaron saliéndose tanto de las manos que, en 2015, el gobierno indonesio se vio obligado a prohibir temporalmente la migración con estos fines. 

Pero, casi como si la ley, los números y las advertencias no importaran, un enorme número de “agencias” continúa reclutando a mujeres jóvenes (e incluso niñas) con la promesa de un empleo por una buena paga en lados que para ellos son desconocidos. En Yakarta, mediante papeleos sospechosos consiguen rodear la ley, y envían a las mujeres a los países restringidos. Según la ONU, para principios del 2017, más de 500.000 mujeres trabajaban de forma irregular en Arabia Saudí, el país que más casos de abuso concentra. Y la ONU no es la única que tiene números para respaldar: un estudio de la ONG Migrant Care reveló que 2.644 mujeres viajaron a los países vetados desde el aeropuesto de Yakarta entre marzo de 2015 y mayo del 2016, sumando casi 190 mujeres cada mes.

Pero la cifra realmente preocupante viene cuando se intenta revisar en un nivel macro la situación de las mujeres indonesias, que se pudo visibilizar apenas en el 2013, cuando la Organización Internacional del Trabajo publicó un informe en el que hacía un estimado de las mujeres indonesias empleadas como sirvientas en el mundo: 2,55 millones. Más de un tercio de todos los indonesios emigrados, y cerca de un 2,5% de toda la población activa del archipiélago. 

Sukabumi, un enorme e inhóspito distrito que se extiende por más de 4 millones de kilómetros cuadrados, y que para el 2015 sumaba casi dos millones y medio de habitantes, es el lugar que más mujeres envía a trabajar al extranjero en todo el país. 

Los periodistas del medio español El País que se decidieron a investigar y armar cifras y un panorama general sobre estas mujeres, regresan con Isah. Ella, con tranquilidad y seguridad, pasa por encima de todos los argumentos y las dudas de los periodistas:

“Yo nunca trato de saltarme la legalidad. Los destinos que ofrezco están siempre autorizados. Lo que más les importa a las trabajadoras es el salario, pero también afectan otros factores.

Taiwán es el país que mejor paga: unos nueve millones de rupías (cerca de 600 dólares) al mes, pero también es el que más exige. Allí, la mayoría es contratada para cuidar de ancianos, eso quiere decir que las empleadas deben tener algunas nociones de mandarín, y es también el único territorio que tiene una exigencia física. Deben medir más de 1.53 m.”.

Pero no todas las mujeres pueden llegar hasta el soñado Taiwán. Allá, las exigencias, la barrera idiomática, y la alta competencia, elevan la vara para poder alcanzar el objetivo. Desprovistas de destinos, y motivadas por la cercanía, las indonesas han comenzado a llegar a Hong Kong. En esa región administrativa de China, cerca de un 95% de las empleadas domésticas han asegurado haber sufrido algún tipo de abuso. Pero, a pesar de la preocupante cifra, Isah asegura que muchas mujeres vuelven a Indonesia con ganas de regresar a Hong Kong. Afirma que las condiciones laborales han cambiado para bien en los últimos años. El salario mínimo está llegando a los 560 dólares, y casos anteriores de brutales abusos (como el controversial caso de Erwiana, quien demandó a sus empleadores por tortura y ganó el caso) han concientizado bastante a las personas que buscan este servicio. 

Isah no es la única que piensa así. Jejen Nurjanah también estudia de cerca el fenómeno migratorio de las empleadas domésticas. Fundó una ONG llamada Serikat Buruh Migran Indonesia, y dice que la captadora está en lo correcto:

“En Hong Kong la situación ha mejorado. Las autoridades han actuado y ahora las agencias respetan la legalidad. Pero este cambio se ha producido solo después de que se hayan registrado casos de abuso muy graves que han indignado a la sociedad, y se circunscribe únicamente a esta ciudad”.

Antes de fundar su ONG, Nurjanah también fue una empleada doméstica (Foto: Zigor Aldama/El País)

La ONG de Nurjanah se dedica a ayudar a las mujeres que no han tenido tanta suerte como aquellas que vivieron el recambio hongkonés. Sabe que la lista de abusos, vejaciones y problemas de las mujeres en el extranjero es bastante larga:

“Sus principales problemas son la violencia física, la exploración laboral (muchas ni siquiera tienen un día libre a la semana y están obligadas a trabajar en jornadas de 18 horas), el pago tardío, el confinamiento, y las dificultades burocráticas relacionadas con visados y permisos”.

Los rostros

El pequeño recuadro del pasaporte de Susilawati apartado para la firma dice “analfabeta“. Según esta mujer de 38 años, jamás supo que decía el contrato laboral que una mujer de la agencia firmó por ella. No sabe de leyes, permisos de residencia ni visas, “pero soy buena trabajadora” y con eso, a ella le basta. Cuando llegó a Malasia, solo buscaba una vida digna para su familia. Trabajó 18 años en el extranjero.

El pasaporte de Susilawati (Foto: Zigor Aldama/El País)

Al principio las cosas funcionaron bien. Fue contratada por un hombre malasio de origen chino. Después de unos pocos años, lograron entablar una relación muy respetuosa, y él incluso le subió el sueldo. Era un sujeto exigente, eso sí. Susilawati comenta que:

“No tenía ningún día libre, pero ahorraba. En 2005 no me dio permiso para volver a casa por la muerte de mi madre, pero me repuse”.

Muy de a poco, un historial de abusos laborales comenzó a sumar situaciones. Aprovechándose de su ingenuidad, y dándola por sentado, su empleador comenzó a ponerle encima cada vez más tareas que no le correspondían. En 2016, terminó siendo arrestada por vender pollos en el mercado (una de las tantas tareas que su “patrón” había dispuesto para ella) sin tener ningún permiso. Finalmente, lleno de nervios y de cara a un juicio, el hombre terminó pagándole un boleto de avión para que regresara, y le pidió que abriera una cuenta bancaria al lugar donde llegase. Allí depositaría los 8 meses de salario que le debía. Eran casi 3.000 dólares. Nunca lo hizo.

Hoy, ella ya no tiene ninguna intención de volver. Aún tiene un esposo y a sus hijos. Se las arreglan con una vaca y una plantación de arroz. 

Pero a pesar de la urgencia que se desarrolla entre abusos laborales y sexuales, las víctimas también sufren en silencio su sacrificio familiar. Yiyin da fe de esto con su historia.

Teniendo 14 años, la casaron con un sujeto que tenía 21. Al cabo de muy poco tiempo, fue ella quien comenzó a llevar la casa con su trabajo, mientras su esposo descansaba indefinidamente. Motivada por esta ardua labor, la convencieron de irse a trabajar a Arabia Saudí. Ella no puso inconveniente. Sabía que necesitaba dinero, y allá podría ganar suficiente.

Allá, Yiyin lograba echarse a los bolsillos una suma considerable para el estilo de vida que se lleva en Sukabumi. Devota y sacrificada, enviaba todo a su marido. Él le aseguraba que también ahorraba por sus propios medios, y que todo se estaba yendo a un fondo común para que pudieran comprar una casa y un coche. Pero cuando pasó el tiempo, y Yiyin se encontró con la cuenta del banco vacía, su hermano la explicó que su marido se había encontrado una segunda esposa y lo gastaba todo en ella y sus amigos. 

Devastada, no se permitió dejar de trabajar. Decidió ahorrar por su cuenta, y comenzó a enviar 35 dólares mensuales para sus hijos. Cuando volvió, llevaba encima más de 1.200 dólares, pero todo se fue en sus gastos del divorcio. Ahora, Yiyin se ha vuelto a casar. Su esposo trabaja en una piscifactoría y juntos tuvieron otro hijo. Asegura que jamás volverá a trabajar fuera de su pueblo.

Yiyin y su bebé (Foto: Zigor Aldama/El País)

Aliyah es otra protagonista de un caso doloroso (pero no inverosímil en este contexto). Ella asegura tener entre 40 y 50 años, a pesar de no llevar una cuenta exacta. La primera vez que fue a Arabia Saudí fue en 1990. Era una muchacha huérfana. Dejó la escuela en tercero de primaria, y sabía que esa era la única forma de sobrevivir. Estuvo allá un período y regresó a Indonesia algunos años después. Asegura que con el dinero ahorrado se casó y tuvo un hijo. Muchas mujeres en su pueblo hablaban de ella como un ejemplo de éxito y superación de la adversidad. 

En búsqueda de poder seguir elevando su calidad de vida, y basada en su buena experiencia, volvió a Oriente Medio, ahora a Kuwait. Estuvo dos años fuera y, al volver, se encontró con que todo lo que había construido ahora estaba completamente desmoronado:

“Mi marido se había gastado los ahorros en apuestas y en fiestas y solía ir con prostitutas, así que me divorcié y volví a trabajar como empleada doméstica para sacar a mi hijo adelante”.

En Riad creyó encontrar el amor de nuevo. Un hombre filipino que trabajaba en construcción y ella se conocieron, salieron durante poco tiempo y decidieron casarse. Se mudaron juntos a un apartamento. Aliyah dio a luz a la primera hija del matrimonio, y comenzó a trabajar sin tener sus papeles de inmigración al día. Pedía a sus jefes que no le hicieran contrato. Sabía que con facilidad podía escapar de las autoridades; y así fue, durante cuatro años. 

Detenida y repatriada, fue obligada a regresar a Indonesia. Allá, solo descubrió más sufrimiento y decepción: su hermano había vendido su casa y se había gastado el dinero. Además, al poco tiempo perdió el contacto con su esposo:

“Un día lo llamé y el número había dejado de existir. Desde entonces no he vuelto a saber de él”.

Hoy, desde una pequeña casa de bambú en la que vive con su hija, cuenta que jamás pudo regresar al extranjero para ser empleada doméstica. Las pruebas médicas habían arrojado que era seropositiva. Asegura que no tiene idea de cómo llegó a infectarse. Está segura que debió ser el hombre filipino. Ahora, en medio de la enfermedad y el agotamiento, solo encuentra consuelo en que su hija no tenga el VIH.

Aliyah y su hija (Foto: Zigor Aldama/El País)

Ahora, parece ser que la labor principal del gobierno indonesio es frenar esta serie de abusos, irregularidades y descontentos que tienen que sufrir las afectadas. Todas mujeres, pobres y sin los conocimientos adecuados para reconocer la hostilidad de un mundo que se beneficia con ellas manteniéndose ignorantes.

Es cierto que no hay ni una pizca de indignidad en las labores de ama de casa. Es cierto que las empleadas domésticas ayudan a impulsar la economía local, y que sus trabajos son el sustento de hijos y familias enteras. Pero ahora, parece ser que la lucha que les sigue es la del trato. Ya pueden acceder al dinero, los costos reales han pasado a ser otros.  

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