Por Augusto Catoia
8 noviembre, 2017

“Mi primera caza fue una zarigüeya, y no se moría. Me miró temeroso, y yo temblaba de miedo”, recuerda.

Hace algunos siglos, vivir así era lo más normal del mundo: lo que cada uno comía era cazado por uno mismo o su familia, el pelo no era lavado con champú y de poco servía el dinero, pues muchas veces lo más importante era cambiar carne o verdura con otro cazador o nómade. Y ser vegetariano era muy difícil, pues no es que hubiera soya y productos similares por todos lados.

Pero Miriam Lancewood escapa de lo normal en el siglo XXI hace ya siete años, cuando decidió vivir en los bosques de Nueva Zelanda junto a Peter, su pareja.

Daily Mirror

Según el medio británico Daily Mirror, desde entonces sólo ha visto su familia dos veces porque no tiene teléfono, computador ni otro medio de comunicación que no sean cartas enviadas muy de vez en cuando, para decir que están bien.

Y eso se hace más difícil sin acceso a hospitales (muchas veces, ella misma debe ser su propia doctora) y teniendo que comer animales silvestres. Un gran cambio para una persona que era vegetariana y que nunca pensó que un día debería matar para comer.

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“Mi primera caza fue una zarigüeya y tuve que golpearle en la cabeza, pero no lo hacía bien y no se moría. El animal me miraba con ojos temerosos. Yo sentí pánico, temblaba de miedo. Pensé que nunca lo podría hacer”, recuerda Lancewood, quien después practicó y aprendió a cazar con arco y flecha.

Y como Katniss Everdeen en Los Juegos del Hambre, hoy vive de matar y comer animales. Algo de lo cual no se arrepiente.

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La comida y las enfermedades pueden volverse grandes preocupaciones en algunas ocasiones. Miriam y Peter no pueden llamar a servicios de emergencia y a veces deben aguardar días o semanas para alcanzar un servicio de asistencia médica. Y apenas llevan consigo un botiquín de primeros auxilios y medicamentos contra la malaria…

“Debemos cuidarnos mucho. Si me fracturara una pierna, sería terrible”, cuenta.

 

 

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Pero a pesar de esos puntos bajos en su nuevo estilo de vida, ella dice que no cambiaría el vivir que lleva por volver al cotidiano de la ciudad y sentirse estresada en ese ambiente.

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“Seguramente no volvería a la vida que llevaba antes, con un trabajo en la ciudad y una ‘vida normal’. Odiaría llevar una vida monótono en la cual sepa qué haré en la próxima semana, en la cual el reloj gobierna tu vida” (Miriam Lancewood)

Me ha sorprendido mucho cuánta energía sientes al vivir en la naturaleza. Creo que este es en realidad nuestro estado natural. Nuestros ancestros vivían de esta manera. Y ante las montañas alrededor, soy muy pequeña. Tus miedos y preocupaciones se vuelven aún menores“, concluye, casi como una filósofa 100% natural.

Y quizás ella tenga razón. Talvez quienes vivamos en la ciudad nos escapamos de lo que la naturaleza nos preparaba para vivir…

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