Por Maximiliano Díaz
11 junio, 2018

“Me ponía el hocico de perrito y me veía tan linda. Me frustraba verme al espejo”, dice Kacie, quien padece de “Dismorfia de Snapchat”.

Crystal tiene 26 años, es asistente médica, y ama su teléfono. Es una fanática de las redes sociales y las selfies (¿quién no?) Y, por supuesto, las usa en su vida diaria: actualiza sus cuentas, envía selfies a sus amigos, sube historias, prueba nuevos filtros cada vez que salen. Cosas así. Hasta hace algún tiempo, muchas veces antes de enviar una foto, la miraba y se sentía triste. Sentía que los filtros la hacían ver mucho mejor. Que su imagen virtual superaba a la real:

“Me definía el mentón, delineaba mis pómulos y me hacía la nariz más recta, que era algo de lo que yo siempre me había sentido un poco insegura”.

Pasear por su natal San Diego, en California, comenzaba a volverse un desafío cada vez más fuerte: le molestaba mirarse en espejos, vitrinas y reflejos de las ventanas del transporte público. En algunas ocasiones, asegura que lograba sentirse mejor. Si se maquillaba lo suficiente, podía conseguir un aspecto parecido al que le daban los filtros, pero no tenía tiempo de pintarse así todos los días.

Entonces, Crystal se dio cuenta de que la solución a su problema estaba en la ciencia. Fue a ver a un médico cirujano y se inyectó rellenos faciales en la nariz y bajo los ojos. Hoy, ella habla sobre lo feliz que se siente de haber tomado esa decisión:

“La gente no se da cuenta de que me hice algo; solo creen que perdí peso o algo”.

BBC Three

Ya no se toma fotos con filtros. Y pasó a conformar una nueva cifra en lo que actualmente se conoce como “Dismorfia de Snapchat”.

Las expectativas de una legión de Crystal’s

Según muchos expertos, esto es algo generacional. Hay un gran número de jóvenes yendo a los cirujanos plásticos para poder parecerse más a sus selfies. Según la Academia Estadounidense de Cirugía facial, plástica y reconstructiva, el 55% de los cirujanos plásticos de los Estados Unidos vio en 2017 a pacientes que querían operarse para ser como en sus fotos con filtro. 4 años antes, esa cifra era de apenas un 13%.

Más de la mitad de los cirujanos también aseguraba que el número de pacientes menores de 30 años había aumentado considerablemente.

Al parecer, antes era mucho más sencillo para los cirujanos dar un no por respuesta. Hace unos 20 años, si alguien quería hacerse un procedimiento estético, solía llegar a la consulta médica con fotos de celebridades. En esos casos, era mucho más fácil para los profesionales dar un pronóstico poco alentador: no podían hacer que uno se pareciese a los famosos. Pero ahora, cuenta el doctor David Mabrie, de San Francisco, la gente llega con sus propias fotos. A pesar de que esto aumenta la demanda y demuestra la insatisfacción de las personas con su aspecto, él asegura que es un gran avance para los pacientes y potenciales pacientes:

“Yo prefiero trabajar sobre una foto de alguien, porque tienen una idea mejor de cómo se verán con fillers o Botox. Así, no tienen una expectativa poco realista de que se van a transformar por arte de magia en una Kylie Jenner. Por ejemplo, algunos filtros agrandan los ojos, algo que no se puede hacer con cirugía. Es importante que tu cirujano sea realista contigo y no se limite a hacer una lista de lo que quieres”.

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El celular me hace sentir feo

Las estadísticas no muestran un buen panorama sobre la imagen que los teléfonos nos dan de nosotros mismos. Y esto no refiere solo al acto de estar expuesto al celular durante largas horas al día: si lo pensamos, vivimos en una sociedad sobreestimulada al momento de hablar de las imágenes (propias y ajenas): en la televisión, los famosos hablan abiertamente de los “retoques” que se realizan cada cierto tiempo. Cosas pequeñas: acabar con arrugas, estirarse la piel, ponerse implantes o cabello, comenzar a tratamientos para no envejecer. Por otro lado, la variación de nuestras propias imágenes que nos ofrecen las redes sociales, también parece ser algo bastante dañino. Según un estudio que hizo la Oficina Nacional de Estadística de Reino Unido en 2015, el 27% de los adolescentes que están más de 3 horas al día en redes sociales, presentan síntomas de problemas de salud mental.

Según Tijon Esho, dueño de muchas clínicas cosméticas en el Reino Unido, e inventor del término “Dismorfia de Snapchat”, la combinación de esos factores es lo que hace caer a la gente en ese fenómeno.

BBC Three

Esho, quien contó a la BBC que varias veces ha tenido que rechazar a pacientes que lo buscaban a él porque estaban demasiado obsesionados con parecerse a sus filtros, cuenta que esto no es una enfermedad formal. Es, más bien, el nombre que él supo darle a un fenómeno. Sin embargo, el término se ha expandido con velocidad entre los trabajadores del mundo de la salud, y muchos aseguran estar bastante preocupados. Esho habla sobre su percepción del fenómeno y las fotografías:

“Ahora vemos fotos de nosotros mismos a diario a través de las plataformas sociales que usamos, algo que puede hacernos más críticos con nosotros mismos. El problema está cuando se vuelven más que una referencia: se convierten en cómo los pacientes se ven a sí mismos o cuando quieren verse exactamente como en esas imágenes. No solo son poco realistas, sino potencialmente un síntoma de otros problemas subyacentes.

Se deberían hacer más preguntas para descartar elementos de dismorfia corporal. Tratar a pacientes que muestran estas señales de alarma no solo no es ético, sino que además es perjudicial para el paciente, ya que se necesita algo que ninguna aguja ni bisturí podrá nunca corregir”.

Las declaraciones de Esho se corroboran cuando alguien conoce la historia de Kacie, una mujer de 29 años que llegó a pabellón por su obsesión de parecerse más a sus selfies con filtro. A diario, Kacie subía cerca de 10 o 15 fotos a su cuentas de Instagram. Se sentía hermosa en cada imagen que podía ver en la pantalla. Pero inmediatamente después, venían unos nervios enormes y una fuerte sensación de no estar a la altura. Kacie, entonces, pensaba en su novio y en lo decepcionado que se sentiría cuando la viera en persona. Ninguna de las decenas de selfies que ella le enviaba al día lo arreglarían. Ningún teléfono puede (al menos aún) alterar nuestra imagen estando frente a alguien. Kacie da su propio testimonio:

“Me ponía las coronas de flores y el hocico de perrito y me veía tan linda en las fotos… y después me miraba al espejo y pensaba ‘ah, esta no es la persona que él ve todo el día en su pantalla’. Me frustraba cuando me miraba al espejo, sentía que no era como la persona que yo le presentaba al mundo. Con los filtros de Snapchat, yo sentía que era bella. Solo necesitaba un empujón para llegar a ese punto”.

Entonces, tomó la misma decisión que Crystal. Fue donde un cirujano plástico y le explicó su situación. Terminó inyectándose y rellenándose los labios, el mentón y las mejillas. Todo le costó más de 1.700 dólares. Y, como los rellenos duran de 6 a 18 meses en el cuerpo, Kacie planea hacerlo una vez al año. Según ella, es su cara, su dinero, y si los procedimientos le entregan el resultado que ella esperaba, y le brindan más confianza en sí misma, no hay ningún daño.

¿Tiene razón Kacie?

A pesar de que no hay respuestas correctas o equivocadas al momento de hablar sobre procedimientos médicos para poder vernos como más nos gustaría, la sicóloga Ellen Kenner sugiere pensárselo dos veces antes de hacer razonamientos del estilo: “es mi cuerpo, y si puedo pagar para que se vea mejor, lo haré”: asegura que, a pesar de hacer que algunas personas se sientan mejor consigo mismas, es un error creer en ellas como una solución rápida ante un problema mucho más profundo que los pacientes se niegan a enfrentar:

“La verdadera autoestima tiene que ver con la confianza en tu propia mente para conseguir tus metas personales. Esto requiere honestidad, pensamiento independiente y la convicción de que eres capaz y merecedor de lograr tu propia felicidad”.

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Kenner llama a hacer revisiones de nosotros mismos a la hora de revisar nuestra propia disconformidad con la imagen que entregamos al mundo. No parece descabellado. Es importante considerar que vivimos en una época en la que somos constantemente bombardeados por lo que no logramos ser. ¿Quién no sigue a sus celebridades favoritas o a personas hermosas en Instagram? Compararnos se hace cada vez más fácil gracias a las redes sociales, y hasta pareciera que estas nos invitan a hacerlo. Lo más esperable en el corto plazo, es que nos sintamos poco útiles o bellos.

Es cierto que los filtros pueden ser un sucedáneo de la mejora de nuestra autoestima, pero lo más importante en estos contextos, es considerar que ni la boquita de perro, las coronas de flores, los aclarados de piel, ni los ojos más grandes y brillantes, son los responsables de mejorar esto. Es un problema mucho más profundo, que se vuelve completamente necesario revisar.

La salud mental no es la única que peligra

Shirin Lakhani es una doctora especialista en estética. Y según ella, el peligro no es solo social. Sino también sanitario. Muchas veces, ha tenido que atender a personas que, por ahorrarse algunos dólares, decidieron hacerse un procedimiento médico con alguien que no es un profesional de la salud, y todo terminó saliendo mal y con ellos pagando mucho más dinero. Según ella, es común que haya personas que deban hacerse correcciones después de retocarse para ser como sus fotos:

“Las redes sociales y las celebridades sacan todos estos procedimientos a la luz pública. Más y más gente los conoce, gente que no necesariamente puede pagárselos y encuentran personas dispuestas a hacérselos por un precio más bajo”.

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A pesar de parecer procedimientos inofensivos, y ambulatorios, la gente suele olvidar que lo que está entrando en su cuerpo, son sustancias químicas que, como todo lo desmedido, podría llegar a ser perjudicial para la salud. El Botox, por ejemplo, puede causar dificultades respiratorias y visión borrosa; los rellenos suelen moverse de los lugares donde fueron inyectados, y terminan yendo a parar a otras zonas del rostro. En el peor de los casos, el relleno termina obstruyendo vasos sanguíneos.

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