Por Maximiliano Díaz
29 mayo, 2018

Sus autoridades lo niegan y la política internacional hace como si nada pasara, pero algunos internos cuentan sus historias. Y son desgarradoras.

Las historias de los prisioneros de guerra siempre nos impresionan y nos tocan el corazón. En ellas, los presos políticos narran llenos de dolor, desgarro y resentimiento cómo fueron encarcelados, y las precarias condiciones en las que debieron vivir por orden de otros con más poder militar. Las bases casi siempre están sucias, pasan hambre, frío y temor de ser constantemente asesinados por el puro capricho de los gendarmes. Para algunos, es lo que se podría conocer como una suerte de “infierno en la tierra”. El estereotipo de las penas más duras que deben ser vividas a costa de salvar la propia vida.

Algo parecido es lo que asegura casi el millón de ex reclusos musulmanes que estuvieron apresados en China, encerrados en campos de adoctrinamiento donde fueron física y mentalmente torturados, una práctica que ha expandido con fuerza el gobierno chino desde el año pasado. Cientos de miles de musulmanes chinos y extranjeros fueron trasladados en masa.

Cada mañana, el campo de reeducación en Xinjiang, un territorio que se extiende por un área equivalente a la mitad de toda India, levanta temprano a sus reclusos. Allí algunos sujetos como Bekali, son obligados a desatender a sus necesidades espirituales, y a quebrantar los dogmas que su fe les impuso, y que ellos decidieron seguir libremente. Aquí, la creencia islámica no es ninguna opción. Son constantemente cuestionados y criticados. Todos los días, los presos y sus familias deben dar las gracias al Partido Comunista.

Cuando Bekali, un devoto musulmán de Kazajistán llegó al centro de reeducación, se negaba a seguir las órdenes que le daban. Por supuesto, sus castigos no distaban mucho de lo que proponían las normas básicas de los que un recinto de este tipo podría ofrecer: se paraba frente a un muro por tandas de cinco horas; estuvo en confinamiento solitario; estuvo privado de alimentos y agua. Después de 20 días ahí, intentó acabar con su vida. Según sus propias palabras:

“La presión psicológica es enorme, cuando tienes que criticarte a ti mismo, denunciar tu propio pensamiento, al grupo con el que compartes una formación ética… aún pienso en esto cada noche, hasta que el sol sale. No puedo dormir. Lo pensamientos están conmigo todo el tiempo”.

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La comisión estadounidense en China calificó a este suceso como “el encarcelamiento más grande de una población minoritaria en el mundo actual”. Al momento de preguntarles a oficiales de estado y militares chinos, ellos hacen lo posible por evadir el tema de los campos, sin embargo, algunos han comentado para la prensa local, partidaria de esta medida, que los cambios son necesarios para enfrentar a los separatistas y extremistas islámicos. Según ellos, la situación entre la República China y la región de Uigur (donde vive la etnia musulmana con el mismo nombre) se está haciendo insostenible, y la amenaza uigur se ha agravado durante los últimos años.

Para los chinos, este programa de internación no voluntaria, “ayudaría” a los musulmanes a cambiar su forma de pensar en el corto plazo. Su único objetivo es borrar de sus cerebros la identidad musulmana. Ahora, los campos han comenzado a expandirse rápidamente.

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Las autoridades

La agencia de noticias Associated Press se las arregló para localizar y entrevistar a tres ex reclusos y un instructor de otro centro. Todos ellos corroboraron las declaraciones de Bekali. En su mayoría, prefirieron hablar de forma anónima. Solo así protegen a sus familias del peligro político.

El caso de Bekali destaca, en particular, por ser un preso político extranjero. Él llegó desde Kazajistán. Una vez en China, fue perseguido por agencias de seguridad chinas, y lo detuvieron durante ocho meses sin capacidad alguna de apelar a la decisión. A pesar de que haya detalles de las historias de Bekali que son difíciles (por no decir imposibles) de corroborar, dos diplomáticos de su país de origen confirmaron que efectivamente estuvo 7 meses internado en un centro de reeducación.

Los programas de reeducación chinos están basados en una vieja tradición nacional que propone la transformación mediante el “conocimiento”. A pesar de que esté embellecido por la teoría, el sistema propone duros lineamientos nacionalistas. Según Rian Thum, profesor de la universidad de Loyola, en Nueva Orleans, los sistemas chinos de reeducación, hacen eco a algunas de las violaciones más terribles a los derechos humanos a lo largo de la historia, y es capaz de generar un trauma multigeneracional del que muchos podrían no recuperarse jamás. Cuando le preguntaron al Ministro de Exterior por los campos de concentración, aseguró “jamás haber oído” de la situación. Sin embargo, los periodistas insistieron, y al momento de ser consultado sobre por qué habían detenido a ciudadanos no nacidos en China, él aseguró que el gobierno chino protege los derechos de los extranjeros en el país.

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El principal fiscal de China, Zhang Jun, advirtió a las autoridades de Xinjiang que muy pronto deberían expandir la “transformación mediante la educación”, para así poder combatir el separatismo y el extremismo, pero es extraño hablar de reeducación bajo este contexto, ya que 588 ex convictos de estos campos aseguran no saber qué hicieron para ser enviados a reeducación. Sin embargo, según una publicación que justifica la existencia de los mismos, se dice que más de un 92% de los “reeducados” aprendieron de sus errores.

Bekali

Si miramos detenidamente el caso de Bekali, sabremos que no es diferente al del resto de los anónimos que aseguran haber sido detenidos bajo circunstancias extrañas. La mañana del 25 de marzo del 2017, Bekali condujo desde los límites de Almaty, en Kazajistán, hasta la frontera con China. Iba a hacerle una visita a sus padres. Los funcionarios de la frontera le pusieron un sticker en su pasaporte, y cruzó. A pesar de haber nacido en China, había decidido mudarse definitivamente de ahí en el 2016, por temas políticos y religiosos.

Bekali pasó todas las pruebas de verificación en la frontera. No había problemas con su documento de identificación. Después de todo, llevaba más de una década renovándolo.

Al día siguiente, cinco policías armados llegaron hasta la puerta de la casa de los padres de Bekali. Se lo llevaron a la fuerza. Aseguraron que la orden de arresto estaba en Karamay, una ciudad frontera donde vivió algunos años antes. Pero al irse, no le permitieron llamar a sus padres ni pedir un abogado. Lo metieron a una celda, y lo mantuvieron incomunicado durante una semana. Solo entonces, lo alejaron otros 800 kilómetros hasta llegar a la oficina de seguridad pública de Karamay.

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En Karamay, fue atado a una silla; luego, lo colgaron de las muñecas a una pared. A pesar de no estar colgado a una distancia que resultase en lesiones graves o problemas respiratorios que pusieran en peligro su vida, sí alcanzaba a sentir una horrible presión en los brazos, que solo se aliviaba parándose en las puntas de sus pies descalzos. Lo interrogaron por su trabajo en una agencia de turismo. Creían que estaba ayudando a musulmanes chinos a escapar.

A pesar de que él aseguró que no había cometido crímenes, le preguntaron que sabía sobre reconocidos activistas uigures que se encontraban en Kazajistán. Cansado y abatido por la tortura, Bekali dio datos inconexos e inexactos sobre rumores que había oído.

Convencidos de que tenía algo que ver, lo enviaron a una celda de 10 por 10 metros en la prisión. Ahí, estaba con otros 17 hombres. Todos tenían sus pies encadenados a los fierros de la cama.

Tres meses después de haber pisado el centro por primera vez, diplomáticos kazajistanes lo visitaron. La noticia sobre la detención masiva de musulmanes en China había cobrado suficiente fuerza en su país natal. Ellos le aseguraron a Bekali que otros 10 ciudadanos de Kazajistán habían sido detenidos bajo las mismas circunstancias que él.

Gracias a la ayuda diplomática, cuatro meses después, Bekali fue sacado de su celda con un papel que le prometía la libertad. Sin embargo, tanto papeleo diplomático solo le sirvió para ser trasladado. En su nueva prisión, compuesta por tres edificios albergando a más de 1.000 internos, y ubicada al norte de Karamay, se volvió a encontrar con la dura reeducación. Lo metieron a una celda con 40 internos, incluyendo profesores, doctores y estudiantes.

Allá, asegura, los internos se levantaban antes del amanecer. De pie, cantaban el himno nacional chino, y colgaban la bandera nacional a las 7:30 am. Luego, pasaban a los salones de clases, donde debían entonar diversas canciones comunistas, y estudiar lenguaje e historia.

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Antes de cada actividad, debían agradecer al Partido Comunista y a la Madre Patria, y la disciplina, como en todos lados, era severa y los castigos duros. Habían cámaras monitoreando todo lo que hacían Bekali y los otros internos. Según él, lo más duro de estas largas sesiones de reeducación, eran las horas destinadas a la autocrítica. Eran obligados a ver y manifestar sus propias falencias, y las de su sistema de pensamiento durante dos horas como mínimo. Justo antes de estas largas jornadas, los instructores les hablaban del peligro de la religión, y de cómo el Islam ostentaba un increíble poder destructivo para la sociedad.

Entre amenazas, críticas, golpes y sentencias, Bekali comenzó a contemplar la posibilidad del suicidio apenas 20 días después de haber entrado a la nueva prisión. Poco tiempo después, por su intransigencia para aprender el mandarín, no le permitieron más salir al patio. En lugar de eso, pasaría las 24 horas del día en un salón con otros 8 internos. Una semana después de eso, se fue a su primer confinamiento solitario. La razón fue insultar a un guardia para obtener su atención. Cuando la obtuvo, pidió que lo asesinaran o volviera a prisión.

Esa no era vida para él.

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Pero después de 24 horas de estar encerrado sin contacto ni estímulos, la desgraciada aventura de Bekali terminó. Era el 24 de noviembre. Fue liberado de una manera tan repentina como cuando fue detenido. Un gendarme con quien había hecho buenas migas le aseguró que era demasiado fuerte mentalmente, y que lo que estaban haciendo era un error. Para el 4 de diciembre, Bekali ya tenía permiso para poder volver a salir de China.

Qué hacer con un secreto a voces

A pesar de que en muchos lugares de China y el mundo se está comenzando a esparcir este desdeñable rumor, buscar compensación de parte del gobierno está completamente fuera de las posibilidades, sin embargo, Bekali mantiene un montón de pruebas en casa que, espera, en algún momento puedan ser útiles para elaborar una acusación bien planeada.

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Los documentos, llenos de firmas, estampillas y sellos del gobierno chino, casi parecen acreditar que Bekali sufrió durante 8 meses bajo el yugo clandestino de la reeducación propuesta por un gobierno intransigente.

El último veredicto al que Bekali fue sometido, lo acredita como un ciudadano sin cargos.

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En un principio, Bekali no quería contar a Associated Press su experiencia. Tenía miedo de que pudiesen hacerle algo a su familia. Sin embargo, el 10 de marzo pasado, la policía se llevó a su hermana, Adila Bekali. Una semana después, el 19 de marzo, fue el turno de su madre, Amina Sakid. Poco más de un mes después, llegó el momento de su padre, Ebrayem. Fue la tarde del 24 de abril. Ahora, asegura Bekali, no tiene nada más que perder. Solo busca justicia.

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